jueves, julio 10, 2008

Durmiendo con Kawabata

"Cuando se le ocurrieron estos pensamientos, el viejo Eguchi cerró lentamente los ojos. Parecía algo extraño que, de las tres «bellas durmientes» con quienes se había acostado, fuera la de esta noche, la más joven y pequeña, totalmente sin experiencia, la que los había inspirado. La tomó en sus brazos, envolviéndola. Hasta ahora había evitado tocarla. Carente de fuerzas, ella no se resistió. Su fragilidad era patética. Quizá sintió a Eguchi incluso desde las profundidades del sueño. Cerró la boca. Sus caderas, al adelantarse, chocaron bruscamente contra él.

Eguchi se preguntó qué clase de vida tendría. ¿Sería tranquila y apacible, aunque no alcanzara una gran eminencia? Esperaba que encontraría la felicidad por haber dado consuelo a los ancianos que venían aquí. Casi creía que, como en las antiguas leyendas, la muchacha era la encarnación de Buda. ¿No había relatos antiguos en que las prostitutas y cortesanas eran Budas encarnados?
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Tomó con delicadeza un mechón de cabellos sueltos. Trató de calmarse, buscando confesión y arrepentimiento para sus malas acciones; pero lo que flotaba en su mente eran las mujeres de su pasado. Y lo que recordaba con cariño no tenía nada que ver con la duración de sus relaciones con ellas, ni con su belleza, gracia o inteligen­cia. Tenía que ver con cosas parecidas a la observa­ción hecha por la mujer de Kobe: «He dormido co­mo si estuviera muerta. He dormido exactamente como si estuviera muerta.» Tenía que ver con aquellas mujeres que se habían perdido a sí mismas en sus caricias, que habían sentido un frenesí de placer. ¿Era el placer menos una cuestión de la magnitud de su afecto que de sus dotes físicas? ¿Cómo sería esta muchacha cuando se hubiera desarrollado del todo? Estiró el brazo que la rodeaba y le acarició la espalda. Pero, naturalmente, no tenía modo de saberlo. Cuando en la visita anterior durmió con la muchacha hechicera, se preguntó hasta qué punto había conocido la profundidad y el alcance del sexo a sus sesenta y siete años, y achacó este pensamiento a su propia senilidad; y era extraño que esta muchacha de hoy pareciera saber evocar el sexo del pasado. Posó suave­mente los labios sobre los labios cerrados de ella. No notó ningún sabor. Estaban secos. El hecho de que no tuvieran sabor pareció mejorarlos. Tal vez no volviera a verla jamás. Cuando sus labios pequeños estuvieran humedeci­dos por el sabor del sexo, Eguchi ya podía estar muerto. Este pensamiento no le entristeció. Separó los labios y rozó con ellos sus cejas y pestañas. Ella movió ligera­mente la cabeza, y colocó la frente contra los ojos de Eguchi. Éste los tenía cerrados, y ahora los cerró con más fuerza.
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Tras los ojos cerrados surgió y desapareció una inter­minable sucesión de fantasmas. Al cabo de un rato empezaron a adquirir cierta forma. Una serie de flechas doradas voló muy cerca y se alejó. Había en sus puntas jacintos de un profundo violeta. En los extremos había orquídeas de diversos colores. Parecía extraño que las flores no se cayeran a semejante velocidad. Eguchi abrió los ojos. Había empezado a adormecerse.
Aún no había tomado las píldoras sedantes. Dio una ojeada a su reloj, que estaba junto a ellas. Eran las doce y media. Las tomó en la mano. Pero parecía una lástima dormir esta noche, cuando no sentía nada de la melancolía y la soledad de la vejez. La muchacha respiraba pacífica­mente. Cualquiera que fuese la píldora o la inyección que la había dormido, no parecía sentir ningún dolor. Quizás era una gran dosis de somnífero, quizás un veneno ligero."

Yasunari Kawabata, La Casa de las Bellas Durmientes, Ediciones Orbis, S.A., Barcelona, 2002.