miércoles, julio 16, 2008

Heinrich Böll - Opiniones de un payaso

Un día como hoy murió el escritor alemán Heinrich Böll (Alemania 1917-1985), figura emblemática por su crítica frente a una hipócrita sociedad alemana de posguerra. Recuerdo que llegué a él gracias a una frase suya que me gustó mucho: Un soldado que comienza a pensar, casi ha dejado de serlo. De Böll he leído un par de libros y cuentos, pero destaco su novela Opiniones de un payaso (1963) con la que el autor (Premio Nobel de Literatura en 1972) expresa su rechazo al conformismo social, a la Iglesia Católica (siendo creyente) y a la utilización de la política en beneficio propio.
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La novela es narrada por un payaso de veintisiete años, Hans Schnnier, cuya vida no es precisamente una gozada. De hecho, abandonado por su novia, el payaso profesional se muestra incapaz de mantener su carrera y sólo consigue sucesivos fracasos artísticos. Consciente de su decadencia profesional y humana, arruinado económicamente y finalmente solo, el payaso regresa a su casa de Bonn, donde se dedicará a telefonear, una tras otra, a todas las personas que, desde la infancia hasta el momento, han guardado alguna relación con su vida.
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¡A tu memoria Heinrich, los payasos se multiplican!

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Me gustan también los auténticos films de prostitutas, pero hay pocos. La mayoría son tan sofisticados que no se notan las putas. Existe aún otra categoría de mujeres, ni prostitutas ni esposas; las mujeres compasivas, pero en las películas no se les presta atención. En las películas toleradas para menores de seis años abundan las prostitutas las más de las veces. Las mujeres en esos films, o bien son prostitutas por naturaleza o lo son en un sentido social; compasivas casi nunca lo son. Se ven chicas rubias bailando el can can en esos saloons del Far West, y rudos vaqueros, buscadores de oros o cazadores de pieles, pero en el momento en que estos vaqueros se dirigen hacia las chicas, la mayoría de veces se les cierra la puerta en sus narices, o les apalea sin piedad un cerdo hercúleo. Me imagino que con ello quiere simbolizarse algún principio de virtud: CRUELDAD, cuando la compasión sería lo único humano.
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Él no era realista, ni yo tampoco, y ambos sabíamos que los demás, con toda su vulgaridad, no eran más que realistas, estúpidos como las marionetas que se agarran por el cuello miles de veces y sin embargo no descubren jamás el hilo que las mueve.
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Heinrich Böll, Opiniones de un payaso, Ed, Seix Barral, 2004