martes, abril 10, 2012

Paul Bowles




(fragmentos)

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Siempre que visito  un lugar por primera vez espero que sea lo más diferente posible de los sitios que ya conozco. Supongo que es natural que un viajero busque la diversidad y que sea el elemento humano lo que contribuye más a esa impresión de diferencia. Si las gentes y su modo de vivir fueran iguales en todas partes no tendría mucho sentido desplazarse de un lugar a otro. Con escasas excepciones, el paisaje por sí mismo no posee el suficiente interés como para justificar el esfuerzo que exige verlo.

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Anoche me desperté y, al abrir los ojos, vi que no había luna. Era todavía de noche pero a través de la ventana sentía en la cara el brillo de una estrella, situado en la vertical del mar de Arabia. Me incorporé y lo estuve observando. La luz que emitía era tan fuerte como la que refleja la luna en los países septentrionales; al entrar por la ventana proyectaba un rectángulo en la pared opuesta, quebrado por la silueta de mi cabeza, que aparecía recortada.

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Llevo aquí en este hotel una semana. En ningún momento del día ni de la noche la temperatura ha descendido lo suficiente para que resultara confortable; fluctúa entre los 35 y los 41 grados, y la mayor parte del tiempo no hay la menor brisa, lo que sorprende estando al lado del mar. Todos los dormitorios y habitaciones de uso común tienen instalado un gran ventilador eléctrico en el techo como prescribe la ley, pero no hay electricidad; para la luz tenemos que usar lámparas de aceite.


Paul Bowles. Cabezas verdes, manos azules. Ed. Alfaguara. 1997
(M)