martes, junio 29, 2010

Evadir el vértigo (de días libres, visitas a cementerios y multiplicación de risas)




Mark me dio una gran sorpresa esta mañana. Me dijo que había sacado una semana de vacaciones y yo salté literalmente de alegría. Una semana totalmente libre. Y al ritmo que vivimos aquí es como si en realidad fueran muchos días más; sobretodo si tomamos en cuenta que -como él mismo dice- mi carácter es extremadamente cambiante, lo que hace que en un día vivamos experiencias intensas. 

Luego del café en Martha & Bros., dejamos Divisadero y fuimos directo a Presidio (los próximos días iremos a otros sitios como Haight & Ashbury, Richmond, Castro). Al principio me puse un poco loca y todo lo tomaba muy a pecho (estas dos últimas semanas he estado más paranoica que de costumbre, quizá sea porque se acerca la hora de mi regreso). Y como desde hace tiempo yo quería visitar la tumba de Don Guillermo, el padre de Mark, entramos derechito al cementerio naval de la zona. 


El día era soleado y las tumbas, que eran blancas y debidamente alineadas (no cabía duda que eran militares), parecían volverse casi doradas. Quise pasar un buen rato en ese lugar y que Mark me contara historias de su familia, por eso me molestó que le haya pedido al taxista que nos esperara a pocos metros.  Me exalté. M. dijo que no entendía por qué ponía mi "cara larga", que no veía cuál era el problema de que el taxista nos esperara allí, al fin y al cabo se quedaría el tiempo que nosotros decidiéramos. Pero yo no entendía nada. En mi cabeza había creado el escenario ideal para ese momento, y simple y llanamente no visualizaba ningún fuckin' taxi en medio del camposanto. No quise hacerlo pero me puse llorar, casi en silencio, junto a la tumba de un General gringo, hasta que finalmente vi de reojo que Mark le pidió al taxista que se fuera. Luego me preguntó que qué era lo que yo quería ¿saltar entre las lápidas o qué?. Y yo le dije que se podía largar si quería, que me dejara ahí, que ya vería como me regresaba (aunque no tenía una jodida idea de cómo hacerlo), luego se disculpó, y dijo que si le había pedido al taxista que nos esperara un rato era por nuestra seguridad, porque pronto atardecería y estaba seguro que nos demoraríamos mucho más en salir de allí. También dijo que no sabía que me gustaban los cementerios. Así que le confesé que, en un par de ocasiones, hasta había leído poesía para ellos. Entonces me abrazó muy fuerte y comenzamos a caminar entre las lápidas de los que habían muerto en las diferentes guerras.


Tuvimos un pequeño debate, él defendiendo a los "héroes caídos" y yo maldiciendo los combates. Acabamos riéndonos, besándonos y enterrando mi anillo que decía "veritas ilustrat", al pie de la tumba de Don Guillermo. Ahí mismo Mark me contó historias de su familia, y entre ellas me repitió la de cómo su padre sirvió a la armada por un año, cuando era joven, y de cómo terminó enterrado en este cementerio muchos años después por otras circunstancias (la anécdota de cómo terminó cumpliendo su voluntad es muy bonita, y la reservo para otro momento); el hecho es que acabó durmiendo allí, entre el cerro y el mar, y de fondo el puente Golden Gate iluminando la bahía.


Luego caminamos varios kilómetros por La Marina. Fack, Mark camina como 12 horas diarias cuando trabaja -más el peso de su uniforme- y hoy que está de vacaciones también lo puse a caminar bastante. Pero la pasamos muy bien (a pesar de esos pequeños lapsus). No hay duda que nuestros días están llenos de tensión y expectativa. Ya casi de regreso a North Beach me saqué una fotografía al pie de un letrero que anunciaba la calle Cervantes. -¿Por qué la quieres ahí, por Miguel de Cervantes?, me preguntó. Y en seguida acotó: te apuesto que no es por él que esta calle se llama así. -No importa, nomás sácala-, insistí. Tras el disparo seguimos caminando con las piernas que ya nos reclamaban descanso. Y mientras buscábamos un taxi que nos llevara a nuestro barrio, Mark me habló de cómo esa zona quedó devastada luego del terremoto de 1906.  

Cuando llegamos a Il Pollaio me comí medio pollo yo solita, y un vinito bien tinto que nunca cae mal. El resto de la tarde la pasamos en Caffe Trieste. Mark leyendo los libros viejos que le llegaron desde el otro continente, y yo empezando a escribir mi texto sobre la Beat Generation que debo enviar a España para el libro que está preparando Vicente. Por momentos Mark y yo nos dábamos pequeños recesos para llenar nuestras tazas de té y café  y dedicarnos a las tertulias con los viejos y los locos de siempre. Finalmente, ya en la noche, nuestro recorrido de rigor por City Lights Books para coquetear entre libros que quizá nunca lleguemos a leer, diciéndonos frases obscenamente tiernas y multiplicando risas que nos permitan olvidar, por un momento, que ya se acerca mi hora de regresar.