lunes, enero 11, 2010

El no-adiós de Viejo George

El poeta George Tsongas. Atrás, Mark y Leon
photo by C B C
Caffe Trieste, SF 2008

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George murió. Mark me lo confirmó esta mañana. Me siento triste. Pero más me siento estúpida por no haber hecho caso a mi intuición aquella mañana en Caffe Trieste en la que tuve la oportunidad de visitar a George en el hospital. Se supone que tomaríamos el tren el amigo de Mark, Grant y yo. Me contaron que ya nisiquiera hablaba. Ali Mongo me contó que se comunicaban por notas escritas. Era casi vísperas de mi regreso en otoño de 2009 y el tiempo apretaba. Aun así tenía muchas ganas de ir y saludar al poeta. Mark me dijo que a mi regreso lo visitaríamos juntos. Mark también lo quiere, lo quiere mucho (además de respetarlo como verdadero artista en North Beach). Y él tampoco había visitado a George desde que lo internaron. Acepté. Pero en mi interior supe que era un riesgo. Mucho riesgo. A veces jugamos con la suerte como si la vidamuerte estuviese a nuestros pies. Ilusos. No aprendemos que postergar despedidas es jugar con fuego. Hoy la muerte quema al vivo.

Poet George Tsongas & officer Mark Álvarez
Live Worms Gallery
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La primera vez que fui a San Francisco George fue muy amable conmigo. Mark me lo presentó en Caffe Trieste la segunda noche que salimos. George llevaba un cuello ortopédico y algunos remellones en el rostro a causa de una caída que había sufrido hace poco. Hablaba con dificultad y a mí me costaba un poco más entenderlo. Aun así nos dimos modos. George me mostró muy contento su último libro Wild Broccoli, junto a su editor y también junto a Mark (quien contribuyó economicamente para realizar su publicación, pues creía mucho en la escritura de George). En adelante nos encontrábamos casi a diario en nuestro querido Café. Y siempre era no sólo amable sino galante. Yo le decía: Hey George, cuéntame alguna de tus historias de amor cuando eras joven, y él sonreía y me decía que no había problema, que lo haría durante la cena. -¿Qué cena?, le preguntaba. "La que tendremos esta noche", respondía. Sí, George era muy galante. Pero tenía clase. No pretendía más que mi compañía y una buena conversación. Me llegó a confesar que quería mucho a Mark y que luego de vernos juntos algunos días, le gustaba la idea de que compartieramos nuestras vidas. "Hacen buena pareja", me decía. Siempre quedó nuestra cena pendiente, y eso también me pone triste. Sin embargo lo que pudimos compartir fue bueno. Me hablaba de su infancia, de cuando se trasladó a San Francisco en 1945, de sus vuajes, de su poesía, de sus buenos amigos (entre ellos Ali Mongo). También me contaba de que a pesar de estar en la misma época y lugar, a él no le hicieron nunca tanta gracia todo el movimiento de los beat, de hecho siempre se mantuvo al margen. Y así es como yo mantengo su imagen intacta, siendo él mismo. Sin miedo de estar solo. Tomándose un trago. Un café. Y garabateando un poema sobre la mesa del Trieste.
Con George y su editor. En mis manos su Wild Broccoli
photo by Mark
SF, 2008
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No aprendí la lección con la muerte de Adoum. No bastó nuestra no-despedida en Kitu. Adoum no me esperó. No tenía por qué hacerlo. Ángel le dijo a Beñat que los grandes no esperan, refiriéndose a su deseo de visitar a Mikel Laboa. Poco tiempo después el cantautor vasco murió. Ni Ángel ni Beñat pudieron despedirse. Los grandes no esperan. Es cierto. George fue grande. Es cierto. George no me esperó. Es cierto. Es cierto. Es cierto. Es cierto. Pero ahora escucho su voz en esta habitación. Me dice que esté tranquila, que ya nos reencontraremos. Que me tome un cognac en su nombre. Y que luego cante sus versos a solas (dice que en el más allá uno se entera de todo y que ya sabe que Mark me regaló su poemario). Que está feliz de que su amigo se haya enamorado de una poeta. Que la cena entre nosotros queda pendiente. Que lo recuerde con su sombrero negro. Que por ahora me centre en el presente. No te cuelgues del pasado, me dice. No te estrangules con el futuro, me dice. Y yo le ofrezco esta lágrima como única elegía.