lunes, octubre 19, 2009

Lectura en Jack Kerouac Alley

De todo el Festival, el último día fue mi favorito. Todas mis actividades en barrio propio. North Beach acogiendo la voz de su nómada sedentaria, guardándola entre sus muros. Por la mañana recital individual en Jack Kerouac Alley y por la noche mi danza en la fiesta de clausura en Washington Square. Día soleado y las sonrisas de mis locos brillando en cada esquina. Desde temprano fui a Live Worms Gallery para los últimos minutos de ensayo. Luego a Casa Melissa: ducha, vestido, libro. Nuevamente a la galería a recoger mis instrumentos. John Perino por el ventanal curioseando mis movimientos, capturándome con su cámara, diciéndome que le parezco una especie de Frida andina, llena de fajas, huipiles y fachalinas, que colores no me faltan.
Me dirijo al callejón entre City Lights y Vesuvio. La ruta de cada día. Y entre cuadra y cuadra encuentro a un par de conocidos "ni creas que nos perderemos tu lectura", dicen. Y yo sonrío de gusto y de sorpresa porque la mayoría de amigos suele aparecer ya tarde, animalitos nocturnos (en North Beach, la mañana es casi una exclusividad para turistas). Acelero el paso y curvo por Vallejo, paso por Cafe Trieste y desde afuera veo a Mark tomando un capuccino. No esperaba verlo tan puntual, él es otro de los que jamás madruga. Pero está ahí. Ahí ahí ahí. Y me alegro aún más. Me ofrece un café pero le digo que llevo prisa, me dice que espere a que termine el suyo para bajar juntos, pero le digo que necesito estar un poco antes para acordar con Jessica sus dudas de pronunciación de algunas palabras que no tienen traducción. De todas maneras acabo quedándome un rato (debilidad de jaguara enamorada) y saludando con los chicos detrás del mostrador. Pregunto la hora. Agarro mis cosas. Abrazo a M. y salgo flechada. El sol es intenso, más intenso que de costumbre.
Llego al callejón. Veo caras conocidas y ajenas. Andrew, el chileno y Justine en una esquina. Neeli sentado en el piso, cubriéndose del sol con su diario. Antonieta conversando con Jack frente a la tarima. Sylvio, Mel, y David abriéndose camino entre la gente. Byron dándome un esfero plateado para que firme una especie de cartelera donde consta mi nombre. Sensación extraña. Como si fuera una especie de Marylin teniendo que agacharse para colocar su huella en la estrella que encierra su nombre. Pero aquí no hay estrella ni boulevar hollywoodense, apenas una mujer con sombras y brillos particulares, inclinada en un callejón que lleva el nombre de otro que robó historias en el camino.
Aquí vivió, leyó, sufrió, rió, amó, murió y resucitó:
Carla Badillo Coronado.
David
Neeli Cherkovski
.
Me doy cuenta que mi nombre completo es uno de los más largos. Empiezo a jugar con letras en mi mente. John reaparece al mismo tiempo que Mark. John se ofrece a tomar fotos, pero cuando me di cuenta Mark ya estaba disparando con el obturador. Quise pedirle la cámara para que disfrutara tranquilamente la lectura, pero él insistió. Así que John se ocupó de la filmadora como adivinando que lo que quedaría allí registrado valdría mucho para mí: the old cop asistiendo por primera vez a un recital de su joven poeta.
Jessica Loos y Carla Badillo Coronado
John Perino
La poeta Jessica Loos leerá mis poemas en inglés luego de que yo lo haga en español. Me gusta que la hayan designado como mi compañera en el recital. Jessi y yo nos hemos vuelto muy cercanas. Ella es muy cariñosa conmigo. Jessica es otro de los personajes de North Beach, y aunque ahora vive en La Misión, no hay día que no se la vea hasta altas horas de la madrugada (absolutamente siempre termina borracha), especialmente por Trieste, Vesuvio y Specs. La primera vez que llegué a San Francisco la conocí como parte del grupo de Jack, Aggie, Shery y los demás. Neeli fue su profesor durante un tiempo y luego llegaron a ser muy buenos amigos. Él siempre está pendiente de ella. Mi primera impresión el año pasado fue la de una neurótica y hermética artista, más aún cuando Jack me dijo que Jessi era muy buena amiga de algunos de la generación beat como Gregory Corso, Jack Micheline y Ira Cohen. Pero cuando la conocí mejor nos llegamos a enetender muy bien. Incluso intercambiamos un par de poemas y ella se me acercó mucho más. Esta vez ha sido muy cercana la relación entre Jessi y yo. Siempre nos damos tiempo para conversar de muchas cosas, de su natal Nueva York, de sus raíces irlandesas (de ahí su cultura etílica), de su amigos muertos, de los que sobreviven, de sus diarios.
Sin haberlo planeado, Jessi apareció con vestido negro y yo con vestido blanco, equilibrio de las desequilibradas. Un Ying Yang muy particular. Me gusta la imagen de Jessi junto a mí en el callejón Jack Kerouac, entre City Lights y Vesuvio, frente al mural de resistencia de Chiapas. Ella con su pandereta y yo con mis chagchas. Jessi me dice que la mujer pintada en la pared parece alguna de mis ancianas. Quizá soy yo profetizada, respondo. Vestido blanco, piel canela, flores en el pecho, y tantos combates como canas.

Bobby hizo la presentación, y en seguida Jessi y yo entramos a escena. Había gente sentada sobre el suelo y unos asientos improvisados con cuadernos y chaquetas; y aunque el audio por momentos fue un tanto opaco debido al ruido de los autos que transitaban por Columbus, todos estaban muy atentos. Me sentí muy cómoda porque ésta vez yo decidí el orden de mis poemas. Jessi me sorprendió con una voz muy fuerte (si hay nuevos recitales me gustaría que ella siga siendo quien lea mis poemas en inglés). Como aquí la cosa era más informal y cercana con el público (lo cual prefiero mil veces más) tuve tiempo de interactuar con la gente y contarles un par de historias. Cuando leí 7 jugadas en blanco y negro y Midnight Blues mencioné a Mark. Y desde luego la mayoría de los asistentes lo conocen a él muy bien, y han sido testigos de nuestra historia; y los que no, estaban curiosos de saber cuál de esos hombres de entre el público era el solitario que cruzó en mi camino, generando tanto remolino y tanta calma al mismo tiempo. También mencioné el hecho de que jamás pensé enamorarme de un policía, pero que si hay una muestra de ecepción esa es Mark, un hombre del que todos en ese barrio pueden dar fe, incluyendo Jack Hirschman quien dijo que a partir de que conoció a Mark por mi intermedio cambió su criterio frente a muchas cosas, y muchos de los del público me dieron la razón. Mark estaba ahí, tan sencillo como siempre, escuchando atento a cada uno de mis versos, como secretos develados, pájaros saliendo de mi boca.

Jack escuchando a su shunguita

Jack Hirschman, Carla Badillo Coronado, Mark Álvarez, Neeli Cherkovski, M. y Antonieta Villamil

Acabo mi úlitmo poema. Bajo de la tarima. Mark me abraza fuerte. Muy fuerte. Cierro los ojos y soy únicamente este momento. Me siento feliz y satisfecha. Hoy no hay cabida para la melancolía. Al menos los que me rodean este momento no me lo permiten. Algunos se acercan con mi libro para firmarlo (Mark me comenta al oído que un par de personas lloraron. Y me parece casi irreal. Neeli me dice lo mismo. Me sigue pareciendo irreal). Todos se alejan de a poco y quedamos los de siempre. John nos toma una foto que cierra el cuadro. Necesito una cerveza helada y algo de comida para recargar fuerzas, pues bailaré en un par de horas. Finalmente nos quedamos solos Mark y yo, lejos de toda parafernalia, y ese sin duda es mi mejor momento, caminando de la mano con mi compañero. Levanto mi vista y observo como el sol baila en el cielo con los pájaros que expulsé de mi boca. Cuervos, quindes, cuvivíes y colibris juegan con los rayos como niños huérfanos recién adoptados. Hoy es de esos días que no deberían terminar nunca.

fotos by Mark Álvarez (excepto la última tomada por John Perino)