lunes, junio 09, 2008

T.L. de Tena - Los renglones torcidos de Dios

Empiezo la semana recordando el natalicio del escritor español Torcuato Luca de Tena (Madrid 1923-1999). Más allá de su vida (obviamente no es NI DE LEJOS santo de mi devoción), aprovecho esta fecha para recordar uno de mis libros favoritos y uno de mis personajes literarios más queridos: Los renglones torcidos de Dios y Alice Gould. Esta novela me trastocó desde la primera vez que la leí, y aunque ya han pasado algunos años, continúa entre mis predilectas.

Sí, me gusta. El tema central (la locura), los personajes (El hombre de Cera, Roberta, El Onírico, Adela, El de la Almohada Esquizofrénica, El caballero Llorón, El Fóbico al Agua, Rómulo y Remo, La Niña Péndulo, etc, etc, etc.), los diálogos, la intriga bien manejada. Incluso lo que el autor hizo para escribir esta novela (quizá porque siempre he tenido esa idea en mente) ingresar a un hospital psiquiátrico y convivir, como un loco más, entre los locos. Lo hizo con la ayuda del psiquiatra Vallejo-Nágera, quien además prologó su obra.

Casi todos los enfermos mentales cuyos avatares se relatan, fueron conocidos y tratados por el autor. No obstante, Luca de Tena aclara que su libro no es un tratado de psiquiatría sino simplemente una novela (aunque describe muy bien algunos trastornos y comportamientos, estableciendo diferencias entre ciertas patologías como la neurosis y la psicosis, etc.). Aclara también que si bien los tipos son retratos copiados de la realidad, sus historias son ficticias y producto de su imaginación.

La locura, la verdadera locura, aquella que quizá -como dijo Enrique Heine- no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca. Si para escribir su novela, el escritor entró a un manicomio simulando una psicosis depresiva, talvez yo también me anime algún día a hacer algo similar. Al menos no tendría que fingir.

Sinopsis:
Alice Gould es ingresada en un sanatorio mental. En su delirio, cree ser una investigadora privada a cargo de un equipo de detectives dedicados a esclarecer complicados casos. Según una carta de su médico particular, la realidad es otra: su paranoica obsesión es atentar contra la vida de su marido. La extrema inteligencia de esta mujer y su actitud aparentemente normal confundirán a los médicos hasta el punto de no saber a ciencia cierta si Alice ha sido ingresada injustamente o padece realmente un grave y peligroso trastorno psicológico.
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Fragmento:
—¿Conoce usted, señora, con exactitud las razones por las que se encuentra aquí?
—Sí, doctor. Estoy legalmente secuestrada.
—¿Por quién? —Por mi marido.
—¿Es cierto que intentó usted por tres veces envenenar a su esposo?
—Es falso.
—¿No reconoció usted ante el juez haberlo intentado?
—Le informaron a usted muy mal, doctor. No estoy aquí por sentencia judicial. Fui acusada de esa necedad no ante un tribunal sino ante un médico incompetente. Jamás acepté ante el doctor Donadío haber hecho lo que no hice. Del mismo modo que nunca confesaré estar enferma, sino "legalmente secuestrada".
—¿Fue usted misma quien preparó los venenos?
—Es usted tenaz, doctor. De haberlo querido hacer, tampoco hubiera podido. Pues lo ignoro todo acerca de los venenos.
—¡Realmente extraño en una licenciada en Químicas!
—Doctor, no sería imposible que durante mi estancia aquí tuvieran que operarme de los ovarios. ¿Sería usted mismo quien me interviniese?
—Imposible, señora. Yo no entiendo de eso.
—¿No entiende usted? ¡Realmente extraño en un doctor en Medicina!
—Mi especialización médica es otra, señora mía.
—Señor mío: mi especialización química es otra también. Rió la nueva reclusa, sin extremarse, y el doctor se vio forzado a imitarla, pues lo cierto es que lo había dejado sin habla. De tonta no tenía nada. Podría ser loca; pero estúpida, no.
—En el informe que he leído acerca de su personalidad —comentó Teodoro Ruipérez— se dice que es usted muy inteligente. Alice sonrió con sarcasmo, no exento de vanidad.
—Le aseguro, doctor, que es un defecto involuntario.

Torcuato Luca de Tena, Los renglones torcidos de Dios, Editorial Planeta, Barcelona, 1999.