viernes, junio 13, 2008

Fernando Pessoa

Un día como hoy nació el poeta portugués Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935). Comparto el fragmento 243 de su Libro del Desasociego (escrito por Bernardo Soares, uno de sus heterónimos). Pessoa sabe como retratar nuestro insomnio. Y digo nuestro porque yo también conozco esa grieta oscura que devela monstruos y gusanos nausebaundos. Si bien al principio era insomne por decisión propia, ya no. Al menos por ahora no. Últimamente mi ruta diaria consiste en ir de mi habitación al estudio y viceversa. Esto último, desde luego, a altas horas de la noche. Termino cansada y con intermitencias en los ojos. Llego por fin a mi cama... y es ahí cuando se jode el asunto. Todas las posiciones me resultan inútiles. Fetal. Boca arriba. Boca abajo. De ladito. Del otro ladito. Estirada (en este punto ya imagino sus mentes perversas). De rato en rato prendo el celular para ver cuantos minutos menos podré descansar. Ja! descansar es un decir, porque no sé si descanso más despierta o dormida. Pero esa es otra historia. En fin, ya he aprendido a acumular madrugadas en mis ojos.
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A su memoria, poeta.
...y que sus huellas me esperen en Lisboa.
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Fragmento 243
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Quien quiera hacer un catalogo de monstruos, no tendría más que fotografiar en palabras aquellas cosas que la noche trae a las almas soñolientas que no logran dormir. Todas esas cosas tienen la incoherencia del sueño, sin la disculpa incógnita de que se está durmiendo. Sobrevuelan como murciélagos la pasividad del alma o chupan como vampiros la sangre de la sumisión. Son larvas de lo que declina y del desperdicio, sombras que cubren el valle, vestigios que quedan del destino. Unas veces son gusanos, nauseabundos hasta para la propia alma que los abriga y cría; otras veces son espectros, y rondan siniestramente algo que no es nada; otras, incluso, son serpientes las que emergen de los rincones absurdos de las emociones perdidas. Lastre de lo falso, no sirven sino para que no sirvamos. Son dudas del abismo, postradas en el alma, arrastrando pliegues soñolientos y fríos. Duran lo que volutas, se borran como huellas, y no hay más que el que hayan sido en la sustancia estéril de haber tenido conciencia de ellas. Uno u otro son como una pieza íntima de fuegos artificiales: chispean por un momento entre sueños, y el resto es la inconciencia de la conciencia con que vivimos. Levísima cinta desatada, el alma no existe en sí misma. Los grandes paisajes son para mañana, y nosotros ya vivimos. Fracasó la conversación interrumpida. ¿Quién diría que la vida iba a ser así? Me pierdo si me encuentro, si encuentro dudo, no tengo si obtuve. Como si pasease, duermo pero estoy despierto. Como si durmiese, me despierto y no me pertenezco. La vida, al final, es un gran insomnio, y hay una somnolencia lúcida en todo lo que pensamos y hacemos. Sería feliz si pudiese dormir. Esta opinión es de este momento, porque no duermo. La noche es un peso inmenso por detrás del ahogarme con la frazada muda de lo que sueño. Tengo una indigestión en el alma. Siempre, después de después, vendrá el día, pero será tarde como siempre. Todo duerme y es feliz, menos yo. Descanso un poco, sin atreverme a dormir. Y grandes cabezas de monstruos sin ser emergen confusas del fondo de quien soy. Son dragones del Oriente del abismo, con lenguas encarnadas por fuera de la lógica, con ojos que miran sin vida mi vida muerta que no los mira. ¡La tapa, por amor de Dios, la tapa! ¡Pongan fin a la inconsciencia y a la vida! Felizmente, por la ventana fría, de hojas abiertas hacia atrás, un hilo triste de luz pálida empieza a extraer la sombra del horizonte. Felizmente, lo que va a despuntar es el día. Me sosiego, casi, de tan cansado que estoy del desasosiego. Un gallo canta, absurdo, en plena ciudad. El día lívido comienza en mi sueño vago. Alguna vez dormiré. Un ruido de ruedas dice carro. Mis párpados duermen pero yo no. Todo, en fin, es el Destino.