domingo, enero 30, 2011

La muerte y la poetisa



Jorge Andrés me envía una de las bellas cartas a la que me tiene acostumbrada. La que viene a continuación me permito publicar, con su permiso, ya que contiene datos literarios interesantes y porque me conmovió el fragmento que él mismo se dio el trabajo de transcribir, párrafo con el que -según dice- se acordó de mí al imaginarme como la anciana poetisa del cuento de Brian Patten. Me gusta mucho porque en el texto la vieja -en palabras de JA- 'discute con la muerte y se divierte apostando con ella, claro que esto de divertirse es relativo, ya que lo único que quiere la anciana es más tiempo...'

fragmento de la carta 

Estaba leyendo los libros pendientes, entre ellos se encontraba el del Gigante de la Historia, que ya he terminado. Al final del libro hay dos historias inéditas -con respecto a las demás, que proceden de tradiciones del folclor occidental y oriental y, según consulté, esta historia fue creada por el autor en torno a una simple cita -tal como lo hacía mi amado Faulkner con Shakespeare-: «El mismo viento que arranca los árboles hace brillar la hierba», la cita procede de Rumi, poeta místico del siglo XIII, y se encuentra en el libro The Essential Rumi. En fin, ¿qué quiere? jaja, la imaginé cuando sea viejecita como una poetisa consagrada que discute con la muerte y se divierte apostando con ella, claro que esto de divertirse es relativo, ya que lo único que quiere la anciana es más tiempo...

"Una anciana poetisa estaba sentada escribiendo cuando la muerte se coló por debajo de su puerta y le exigió que le entregara su alma. La poetisa no estaba preparada para morir, y le pidió que la dejara vivir unos cuantos años más, pues la vida le resultaba, por fin, bastante agradable. La muerte estaba indecisa, pero la mujer sabía que era una jugadora compulsiva y que no podría resistir la tentación de una apuesta.
Su casa estaba situada en lo alto de una colina con vistas al océano Atlántico, y notó que se avecinaba una tormenta.
-Hagamos una apuesta a ver qué es más resistente, un árbol o la hierba -sugirió-. Y si gano yo, me darás los pocos años que tanto anhelo.
-Está bien-dijo la muerte-, pero como has sido tú quien ha sugerido la apuesta, es justo que sea yo quien elija primero, y yo digo que el árbol es más resistente.

La muerte apenas había terminado de hablar cuando estalló la tormenta que la poetisa había vaticinado con sólo mirar hacia el mar. Ambos permanecieron sentados en la cocina, escuchando, mientras una lluvia torrencial se precipitaba sobre el suelo, y el viento rugía y sacudía la pequeña casa. Al amanecer la tormenta se había alejado, y una vez más la pequeña casa y las tierras que la rodeaban despertaron un silencio absoluto.

La muerte abrió la puerta de la cocina y salió al jardín. Sobre el césped yacía un árbol gigante con las ramas quebradas por el viento. La hierba, sin embargo brillaba con las gotas de rocío. Limpia e intacta, lucía tan fresca y verde como siempre.
Así que a la poetisa se le concedieron los años adicionales que deseaba.
Cuando se le hubo agotado el tiempo, la muerte se presentó de nuevo en la casa y volvió a sentarse con ella en la cocina, incapaz de resistirse a una apuesta.
Esta vez era un caluroso día de verano y un sol abrasador brillaba sobre el jardín con un calor despiadado.
-¿Qué es más resistente, un árbol o la hierba? -preguntó de nuevo la poetisa.
La muerte decidió que no iba a permitir que la poetisa la engañara por segunda vez y escogió la hierba.
Sin embargo, cuando la muerte abrió la puerta y salió al jardín vio cómo los árboles estaban cargados de flores y rebosantes de vida con el zumbido de las abejas, mientras que la hierba se había secado bajo el calor del sol.

Y así fue como la anciana poetisa volvió a ganar la apuesta y se le concedieron los años de vida que anhelaba.
Cuando la muerte apareció por tercera vez, la encontró en su minúscula habitación: había apilado los libros con esmero y dejado las cartas dirigidas a sus amigos sobre la repisa de la chimenea. Todo estaba perfectamente ordenado, y esta vez la poetisa no sugirió ninguna apuesta, sino que se limitó a decir:
-Ahora ya estoy lista. Eres bienvenida, muerte.

(Brian Patten)