viernes, octubre 10, 2008

Ecuador en Fort Lewis College

El rostro que ven en la fotografía es de un runa de la provincia de Chimborazo, Ecuador. Se proyectó junto a otras cuantas de la zona como parte de un informe sobre el trabajo que habían realizado algunos voluntarios del equipo de Engineers without borders (Ingenieros sin fronteras) sobre los últimos proyectos realizados en algunos países en vías de desarrollo. Los países fueron dos: Tailandia y Ecuador, mi país. La labor era puntual: ayudar a varias zonas rurales con el sistema de agua potable.

En Tailandia fueron impresionantes las fotografías de los niños cargando agua en los misiles o protecciones de las minas que habían quedado desde la guerra de Estados Unidos. Me entró un coraje al ver esas fotografías. Y lo peor de todo es que hay miles de minas que aún no han estallado y están ubicadas en zonas habitadas.En Ecuador se mostraron los paisajes imponentes de volcanes y animales andinos, contrastados con la pobreza en algunas comunidades.

Mapa de Ecuador en el teatro de Fort Lewis College

Volcán Chimborazo
Llamas
En su último proyecto en Chimborazo ayudaron a 300 personas de la comunidad. Los voluntarios fueron ingenieros, profesores y estudiante de Fort Lewiss College, pero también se unieron los habitantes del lugar. Un verdadero proyecto comunitario con el que se evitarán las infecciones intestinales y las muerte anuales por causa de las mismas.

Voluntarios y habitantes de la comunidad trabajando

Al final me presenté y la sorpresa fue para ellos pues no se imaginaron que alguien de Ecuador hay estado en la sala. Conversamos un rato y dijeron que volverán el próximo verano... a seguir ayudando.

Recital en Durango

Cuando entré al Centro Cultural de Fort Lewis College había jóvenes de diversas nacionalidades. La mayoría de ellos eran nativos americanos. También asistieron Kathy y Byron y algunos profesores como Lourdes, una profesora de Literatura de origen mexicano que me cayó muy bien. Yo estaba un poco preocupada porque había olvidado mi carpeta con todos mis poemas traducidos por Jack, en Phoenix. Le llamé a Aggie y me dijo que me enviarían por e mail, y que le avisaría a Jack en cuanto lo localice (Jack no tiene celular), pero no llegaba mensaje alguno hasta que dos minutos antes de empezar el recital, los poemas llegaron con un mensaje de Jack que me inyectó buena energía... hubiese deseado que él esté ahí, en esa sala en donde la pared estaba cubierta por una princesa inca, por una huipala (bandera de las nacioalidades indígenas-andinas) y habían elementos sudamericanos que me hacían más próxima aún.

Antes de empezar, una de las muchachas intervino para dejar claro los parámetros del proyecto que tienen para el Columbus day o día de la raza. Está claro nuestro firme rechazo a este tipo de fechas en las que "el encuentro" no fue más que una brutal y violenta conquista. A nosotros nadie nos descubrió... ya existíamos y nos descubríamos día a día a través de nuestra propia historia.

Leí todos los poemas del último recital en San Francisco, más otros que Jack había traducido hace poco. La gente escuchaba atenta. Tenía temor de que no se me entendiera bien pues habían palabras nuevas para mí y era la primera vez que las leía, y eso desde luego baja intensidad, creo, y me gusta leer sin preocuparme de ese tipo de detalles. De todas formas disfruté del lugar y de la gente. Cuando acabé mi intervención, noté que algo se había movido adentro de ellos. En adelante, cada uno empezó a hacerme preguntas y fue genial. Mezaclamos poesía, historia, resistencia. Casi diría que algo se apoderó de mi lengua porque pude hablar en inglés todas aquellas enseñanzas que un día muchos sabios me las dieron. Les dije que hay dos bandos... los que están despiertos y los que duermen, y que nuestros caminos llámese arte, música, educación... todos pueden ayudarnos a despertar a aquellos que no son capaces de abrir los ojos.

jueves, octubre 09, 2008

Durango y las ánimas perdidas

Cuando desperté eran las seis de la mañana. Estaba acostada en los cuatro asientos continuos del bus. Un rayo de sol caía directamente sobre mi ojo izquierdo. Me levanté todavía con sueño, doblada el cuerpo, con la columna casi partida. Me desubiqué por unos segundos. Apenas me levanté creí estar en Quitu. El paisaje era imponente, rodeado de montañas. El otoño había comenzado y el naranja barría el verdor de los árboles en Durango. Sí, era Durango. Desde la primera imagen ya me sentía en casa. Llegué a la estación y me encontré con Kathy. Era la primera vez que la conocía en persona. Mucha química. Ella es una mujer de sangre liviana. Su español es muy bueno, y tiene un marcado acento quiteño. Kathy ama Ecuador. Cada año viaja con Byron, su esposo, quien es profesor de Ciencias Políticas en Fort Lewis College, donde Kathy enseña antropología.

Hay mucho rancho en Durango. Caballos, casas de madera, calles angostas. Pasamos por al lado de un río.
-Ese que ves ahí -dice Kathy-, se llama Lost souls river. El río de las ánimas perdidas.
-Un nombre muy poético -pienso-.
-Lo es, claro que lo es.
Le pregunto que a qué se debe y ella me contesta que es muy probable que se deba a los miles de muertos que trabajaban en las minas. Muy cerca está el parque nacional Mesa Verde y uno de las elevaciones sagradas que abarcan parte del territorio Navajo. Me gusta lo que veo, me gusta mucho. Casi todas las tiendas venden productos orgánicos, y la mayoría de gente ni siquiera usa bolsas de plástico sino de tela o nylon. Se siente la buena energía del lugar, gente con conciencia. Kathy me invita a tomar un café y es ahí cuando me doy cuenta de que olvidé el celular que Carl T. me prestó en San Francisco para la última parte de mi viaje. Así que regresamos a la estación y nos dijeron que sólo podrían informarle al chofer sobre el asunto cuando él llegue a la siguiente estación que sería en Silver County. A fin de cuentas lo encontraro. Dijeron que me lo devolverían al día siguiente en la estación. Fuimos a Fort Lewis College. Kathy me dice que está ubicado donde hace mucho fue una fortaleza en contra de los nativos. Tiempo después el lugar pasó a ser de los indígenas y finalmente lo destinaron a la educación superior. Una de las ventajas es que los estudiantes nativos no deben pagar absolutamente nada por su eduacación.
Escuchando las voces de Lost Souls river

A las 8:00 Kathy dará su primera clase del día. Me comenta que colocará una película sobre los mineros de Bolivia. Antes de eso me muestra su oficina y conversamos como si nos conocieramos desde Ecuador. Su escritorio está repleto de hojas y libros. Las paredes forradas con fotografías y posters de fiestas típicas de mi país. Una ocarina con la figura de la venus de Valdivia descansa sobre un estante. Siento como si estuviese en la facultad de antropología de alguna universidad de Quito. Lo único que no es ecuatoriano es el poster de David Bowie colgado en la puerta.
Con Kathy

Kathy me confirma que en la tarde yo intervendré en clase. Me cuenta que los alumnos están ansiosos por conocerme, saben que vengo desde la mitad del mundo y que he estado viajando sola, con mochila al hombro por varios estados de su país. Fuimos almorzar en el mismo restaurante de la universidad donde se podía comer de todo. Ahí Kathy me presentó a tres muchachos que me cayeron muy bien. Uno era nativo navajo, otro era de Etiopía y la tercera era Amy, la encargada del centro cultural de la universidad: el Centro de muchos colores. Amy es de origen japonés, pero habla muy bien español. Conversé con ellos durante el almuerzo. Amy me dijo que le encantaba las cosas que yo hablaba sobre mi tierra. Luego se enteró que yo escribía poesía, leyó algo mío, y decidió organizarme un recital para el siguiente día a las 17h00 en el centro cultural. Me emocioné. No contaba con eso. Todo marchaba mejor que si lo hibiesemos planeado. Me encanta el lugar en el que estoy. La gente es cálida y amable. Y la mayoría de los estudiantes son de origen nativo americano.
Antes de iniciar la clase, retiro mi cuaderno de la oficina de Kathy, y al regresar al aula me encuentro con mi blog proyectado en la pared. Se veían las últimas fotografías de Frisco y mis crónicas en español. Kathy me cedió la palabra y de ahí no paré hasta después de un rato. Les hablé algo de historia y de lo que alguna vez hablamos con Taruka... nosotros no necesitamos cultivar identidad(es), lo que necesitamos es reafirmarla(s). Hablé sobre Quitu y los Kitu Caras, sobre Catequilla y el reloj solar, sobre la Quilago y las pirámides de Cochasquí, sobre los yumbos y la danza. Todos escuchaban atentos, y de rato en rato lanzaban alguna pregunta. Era un curso de alrededor de doce estudiantes, todos muy despiertos. Uno de los muchachos me regaló una pera. Le pregunto su nombre. Sage -responde-. Sage es un nombre no común... significa sabio. Sage me cae muy bien, tiene un rostro muy dulce y luce tan sencillo que me inspira confianza. Él es uno de los más interesados en los temas que traté. Empiezo a hablar sobre la yumbada de Cotocollao y Kathy va proyectando unas fotos sobre los danzantes, entre ellos Taruka, el gran venado, el que viste de naranja y lleva mates sobre el cuerpo.


Termina la clase y varios alumnos se me acercan para extender la conversación. Intercambiamos correos y cuando ya casi todos se han marchado, uno de los estudiantes nativos, Michael Josephs, me extendió la mano y me dijo all your words touched my heart, you talked the things that we think with my people. Eso me conmovió. Durante la clase Michael fue el más callado y no estaba segura de que me estaba siguiendo el hilo. Pero al final terminó siendo el que más me agradeció. Y en realidad la agradecida era yo, pues Michael es muy respetado en su comunidad y me invitó para un Pow wow (un fextival indígena de danza y música) en el Lake Capote, toda esa área corresponde al Southern west, territorio indígena de los Ute. El itinerario completo empieza desde esa misma noche con un swet lodge, una especie de temazcal o sauna natural. Michael también me invita a eso y a todas las comidas que se realizarán. El festival agrupará a diversas tribus de toda América del Norte. Yo se lo agradezco y me despido con un abrazo.
Estoy molida por el viaje. Hasta hoy no he podido darme una ducha, pues el día ha sido largo y aún desde la mañana Kathy me llevo directo a la universidad. Se lo comento a Kathy, en eso Sage se acerca y nos invita a Amaya, un spa natural muy cerca de Fort Lewis. No es mala idea, después de todo necesito premanecer un buen rato en una piscina caliente para luego sumergirme en una fría y templar la sangre. Me gusta este lugar, sí que me gusta.
Kathy y Sage afuera de Amaya
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Aunque el tiempo aquí será más corto, la calidad hasta el momento ha superado mis espectativas. Tengo un cielo en llamas sobre mí y un sendero de frutos silvestres. Quiero conocer la casa de Kathy, la que será mi casa por unos días. Ella dice que su casa es de madera y al costado está el río. Si tengo suerte, mañana amaneceré rodeada de venados.

miércoles, octubre 08, 2008

Durango: 20 horas, stop en Albuquerque y encuentro con Vicente Luis Mora

Cuando acababa de recorrer Nuevo México, hace como un mes y medio, recibí un e-mail del amigo de esta casa, el escritor José Ángel Barrueco, en el que decía acompañar mi viaje a través de mis crónicas y relatos on the road. JAB también me indicó que en Albuquerque vive uno de los 37 drugos antologados en RESACA/HANKOVER. Un homenaje a Charles Bukowski. Se trataba del español Vicente Luis Mora, quien además dirige el Instituto Cervantes de Albuquerque. JAB me pasó su mail para que le contara mi historia y los amigos en común, y así ver la posibilidad de reunirme con él aprovechando mi estancia en la tierra del encanto. Se lo agradecí, pero le expliqué que ya no podía hacerlo porque ya era tarde, había regresado a Phoenix. Siempre me quedó la espinita, pero ya estaba lejos y sabía que tendría que esperar a algúuuun día.
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... Pero resulta que Kathy compró el pasaje del autobus y me dijo que son veiente horas para llegar a Durango, de las cuales buena parte me tocaba esperar en una ciudad: Albuquerque. ¡¡¡Albuquerque!!! no lo podía creer, otra vez recorrería la histórica Rute 66 y posiblemente me encontraría con uno de los drugos. Me puse de inmediato en contacto con Vicente. Me presenté por e-mail y le hablé de Uberto, de Vicente Muñoz Álvarez, de David, de Patxi, etc., y desde luego, le expliqué que JAB me había dado su mail dada mi visita a New Mexico. Le conté que me tocaría esperar muchas horas en su ciudad y que talvez podríamos tomar un café y conversar hasta que mi bus nuevamente arranque.

Vicente respondió en seguida. Fue amable. Me alivió que no haya tenido ningún plan para el siguiente día, pues no le avisé con mucha antelación. La carretera como siempre: fabulosa. Salí muy temprano en la mañana. Pude disfrutar de todo el paisaje con los colores rojos y naranjas propios del verano. En el trayecto hablé un par de veces con Mark y podía imaginar como estaba mi gente en San Francisco. Escribí mucho las primeras diez horas, intercaladas con lecturas y de rato en rato unos snacks mexicanos. Ya a la noche llegué sin problema a la estación de Greyhound. Eran como las ocho y quince. Me di cuenta que no conocía físicamente a Vicente, pero tenía confianza en que nos reconoceríamos. Había leído un par de cosas suyas a través de su blog y también Hijo de Satanás, su poema antologado en HANKOVER.
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Luego de esperar unos minutos, ahí estaba. Me preguntó si era Carla. Creo que se dio cuenta de que era yo por mi atuendo: pañuelo, wuango y alpargatas. Al darle el abrazo sentí que abrazaba buena parte de poetas que están al otro lado del océano. Fuimos a cenar en un restaurante brasileño. Vicente me cayó muy bien, es buen tipo. Es muy tranquilo y me gusta su capacidad de escuchar con una atención única. Yo le hacía reir con mis historias y mis saltos abruptos de un tema a otro. Hablamos de muchas cosas: literatura, viajes, autoexilios... Le conté de como inició mi viaje, le hablé de mi tesis, de Faulkner y el whisky, de su tierra, de la mía, en fin. Él debía conducir así que bebí una caipiriña por los dos. Cuando nos dimos cuenta el restaurante ya estaba cerrando y prácticamente nos echaban. Recordé que en Albuquerque, entre semana, son pocos los lugares abiertos pasada la media noche. Así que decidimos ir a algún barcillo para seguir conversando, pero lo mismo pasó en el segundo lugar. Ni siquiera dejaron que acabaramos nuestro vino. Me pareció muy extraña esa regla. A partir de las doce ya no puedes ingerir más licor. Y si aún queda algún resto de alcohol en tu copa, el mesero te la retirará impidiendo que la acabes. Le dije a Vicente: ya van dos lugares de los que nos echan.. y eso que no hemos hecho nada. Él sonrió. Me levanté y guardé el libro Selected Poems de Anne Sexton y mi cuaderno verde, que en más de una ocasión nos dio trabajo pues pensé que lo perdí. Y perderlo sería como mutilar alguna parte de mi cuerpo. En ese cuadernito llevo historias, poemas, relatos, contactos y desvaríos.
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Fuimos en busca de un tercer lugar para tomar una copa y conversar tranquilamente. Pero antes me ayudó a resolver el problema de mi mochila ya que esta se había roto a mi llegada (ya era hora, la pobre ha aguantado de todo). Finalmente entramos a un bar en el que se podía permanecer en la terraza, y en el medio nosotros, hablando de posmodernidad, de espejos, de dobles morales, etc. Pido un mojito y el muchacho que atiende me pide la identificación. Ya estoy acostumbrada en los lugares nuevos. Vicente mira la fotografía de mi ID.
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-¿Eres tú?.. no te pareces.
-Claro que soy yo -respondo-, pero estoy con el cabello suelto. Mi cabello es chureado.
-No pareces, es que aquí te ves muy normal.
-¿Normal?
-Sí. ¿Pero es que tú no eres normal?
-¡Joder! -digo, imitando su acento.
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Los dos reímos.
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Lo que para cualquier otra mujer hubiese resultado una ofensa, a mí me pareció un cumplido. Vaya que era un hijo de Satanás, por eso me sentí muy cercana. Sabía que en unas horas más debía seguir mi camino. Yo no quería irme todavía. Una muchacha se acercó y me pidió sacarme una foto, yo me reí. Es que eres exótica, dijo Vicente. Quizá es que no tengo máscaras -respondí-. JAB no se equivocó. Me alegra haber conversado por horas con Vicente. Me alegra haberlo incluído en mi camino. Espero volver a encontrarlo en Ecuador, España o Albuquerque. Me despido entregándole un pequeño presente traído de mi tierra. Él se lo merece, tampoco le gustan las máscaras. Tres de la mañana. Se cierran las puertas del bus. Es hora de avanzar.

martes, octubre 07, 2008

I left my heart in San Francisco


The loveliness of Paris
Seems somehow sadly gay
The glory that was
Rome Is of another day
I've been terribly alone
And forgotten in Manhattan
I'm going home to my city by the bay.
I left my heart in San Francisco
High on a hill, it calls to me.
To be where little cable cars
Climb halfway to the stars!
The morning fog may chill the air
I don't care!
My love waits there in San Francisco
Above the blue and windy sea
When I come home to you, San Francisco,
Your golden sun will shine for me!


Autor Tony Bennet

lunes, octubre 06, 2008

Last scenes in Frisco o la misiva del eterno retorno


North Beach_San Francisco


Esta es la ciudad en la que viví una de las mejores experiencias de mi vida. En la que conocí gente que ahora me acompaña y que seguirá haciéndolo en la distancia, esperando siempre la hora del reencuentro. Tengo el saxofón como una abeja zumbando en mi oído. Jazz en las noches frías (qué música me abrigará ahora que la dejo). Y el blues que escuchamos esa noche en Tosca, cuando Mark desempolvó los discos de los viejos que reclaman seguir vivos en las rocolas de los barrios bohemios. Si yo tenía treinta te llevaba ahora mismo a Las Vegas y nos casábamos entre la niebla -me dijo-. Somos neones -respondí-, que ese sea nuestro consuelo. Recuerdo cuando fuimos al Saloon y empezaron a tocar Baby please don´t go. Mark desafió a los clásicos cambiando la letra de la canción: Nena no te vas/ nena no te vas/ nena no te vas/a Ecuador/ te quiero más y más. Duele dejar a Mark entre las torres de libros que lo escoltan. Leeré más filosofía -le dije-, será otra forma de recordarte. Entonces yo leeré más poesía -respondió-. Las imágenes en mi cabeza, los flasbacks mentales, son los que no me dejan dormir. Cómo olvidar esa noche en la que Mark trabajaba y yo acababa de cantar un bolero en Spects. Él me llamó y me pidió que saliera un momento. Toma, para que leas algo hasta que termine la jornada -me dijo mientras me entregaba un libro-. Mis ojos se iluminaron. Eran las obras completas de Sarah Kane. Blasted, Phaedra´s love, Cleansed, Crave, 4.48 Psychosis, Skin. Él sabía lo que ese libro significaba para mí. Sarah Kane es una de mis mujeres, y fue también el poema que abrió el nexo con Jack y los demás poetas. Mi primer poema traducido al inglés, mi primer poema leído en la librería pública de San Francisco.


Otro libro que Mark se apuntó fue el de Lydia Lunch. Estábamos como siempre, en la City Lights Bookstore casi a media noche. Dos bibliómanos disfrutando de uno de sus fetiches, para luego seguir nuestra visita al Vesuvio y saludar a Jack Hat del otro lado de la barra. Ya entre los estantes, Mark se quedaba en la sección de Historia y Filósofía, regresándome a ver de rato en rato para susurrar: los griegos ya lo dijeron todo. Y yo en la esquina, bajo ese cartel que decía Death to the State, tomando el libro de Lydia Lunch: Paradoxia. Diario de una depreradora. ¿Qué haces? -preguntó Mark- Estoy transcribiendo esta frase con la que empieza Lydia a manera de indicación. Algo así como: todos los nombres escritos son reales, no se intentará proteger sus identidades, pues todos ellos son jodidamente culpables. Me quedé leyendo un buen rato, pero ya iban a cerrar. Esa noche Mark se llevó más logos a casa, pero me regaló el diario de esa depreradora donde la lógica tiene otro tipo de reglas.

No War


Duele dejar la ciudad en la que pude aullar en luna llena, desnuda. Duele dejar mis versos regados en las mesas del Caffe Trieste para que algún solitario los recoja. Cuánto tiempo pasará hasta que vuelva a ver los ojos de los locos que nunca aprendieron ni aprenderán a conformarse en el gran circo. Ellos saben que hay algo más al otro lado del túnel, una luz. Pero yo -domadora de instintos- debo partir una vez más y seguir buscando esa luz a mi ritmo. Llegué a San Francisco para quedarme tres, cuatro, cinco días... y acabé viviendo un mes, un mes intenso. Un día como una semana, una semana como un mes, un mes como un año (¿cuántos años viví en San Francisco?). Por eso decidí postergar mi ruta y quedarme para volver a respirar tranquila. Y nuevamente cuando se acercaba la hora de partir: el puñetazo en el vientre, la respiración cortada, el vértigo. Y volví a postergar mi ruta. Y Frisco me recompensó con nuevas experiencias. Esta ciudad es como un hombre desafiándome. Puedo escuchar las voces que salen de Washington Square, de Columbus, de Vallejo, de Chinatown, todas me repiten al mismo tiempo: Si te vas te lo pierdes. Por eso me quedé. Ahora nos necesitamos, porque llegué a renovar sus calles con mis pies de barro, con mis atuendos típicos, con mi voz rasgada y cantinera. Niña con alma añeja. No me gustan las religiones, pero sí los ritos. El arte y el amor tienen rituales cuyos templos son el cuerpo y los lugares sin dueño. La lluvia es el agua bendita y el cielo hace su propio bautizo al cambiarnos el nombre cada noche. Hoy te llamarás jaguar -me dijo-. Yo respondí: Amén... que así sea.

Con qué se conmueve el poeta sino con las historias de otro poeta al que la vida se le agota. Talvez yo también llegue a estar en ese asiento algún día. Y sea yo la vieja con alma de niña. Todo es cíclico. Algún día le conversaré a algún muchacho de veintitres años mis experiencias. Aquel primer día en que llegué a San Francisco y anduve por Union Square, donde escribí el primer poema acostada sobre el cesped. Y luego Castro Street, con arco iris colgando de los faros y los hombres pasando de largo, tomados de la mano; cuando fueron las mujeres las que me desearon. Luego en el metro, con mochila al hombro preguntando a esa mujer dónde quedaba North Beach, el barrio italiano, el lugar de la movida artística, de la herencia beat, de la legendaria City Ligths Bookstore cuyo dueño es Lawrence Ferlinghetti y del estudio de Jack Hirschman, poeta laureado de San Francisco, en el piso 4 del hotel Columbus, arriba del Caffe Trieste. Y pensar que ahora Lawrence y Jack leen en voz alta mis poemas en las mismas hojas arrugadas que me acompañaron por buses y aviones mientras recorrí Los Ángeles, Arizona y Nuevo México.

Sirviendo cerveza etiopiana antes del recital de Jack en Mission St.

Jack es un amigo que me duele dejar, porque con él cada segundo es valiosísimo. Lo extrañaré bailando y cantando, lo extrañaré con sus tirantes y su People Tribune en la mano, con su vaso de vodka confesándome sus secretos y la de sus amigos. Me queda claro que Allen Ginsberg era el más generoso de todos y que un trozo de corazón se le quedó en Latinoamérica, entre los cantos de las ceremonias sagradas. Y que la mujer a la que más amó Jack Kerouac -quizá la única- fue su madre. Aggie siempre me dice que Gregory Corso le parecía detestable, que era un hijodeputa con la mayoría de mujeres que conocía y que para variar los dos nacieron un 16 de marzo. Jack Hirschman me cuenta que una vez, cuando Corso ya estaba viejo, lo entrevistaron en una radio y entre las llamadas del público llamó una muchacha que le dijo al poeta: Hola, Gregory Corso, soy tu hija. A lo que Corso respondió: Come on, you wanna fuck! Ese era Corso. Yo también podría detestarlo, pero no puedo. Siento que incluso le tengo cariño. Hubiese deseado conocerlo, quizá nos habríamos mandado a la mierda muchas veces, pero estoy segura de que hubiésemos llegado a ser buenos amigos. Jack lo quiso mucho. Él defiende a su amigo y me dice que en el fondo Corso era el más dulce de los beat, el típico gamín indefenso. Disfruté cada vez que Jack imitaba a Corso con la voz gangosa y cuando se ponía celoso de Ginsberg y Hirschman. Sabes, Carla, al principio no nos caíamos bien. A Gregory no le gustaba que yo converse a solas con Allen por más de quince minutos. Pero con el tiempo llegamos a ser grandes amigos. Jack le hizo un poema precioso cuando Gregory murió. Yo me aprendí el poema y lo repetía en voz alta cuando caminaba con Jack por la Broadway camino a casa. La gente me miraba raro y Jack se reía. A Bob Kaufman pude conocerlo mejor gracias a Neeli Chercovski, uno de mis mejores amigos en Frisco. Neeli fue compañero de cuarto de ese negro que disparaba versos y siempre acertaba. Elegía a Bob Kaufman, fue uno de los libros que Neeli me regaló. Lo escribió como tributo a Kaufman pero también fue un pretexto para hablar de los cafés, de las calles, de las plazas que hasta hoy siguen siendo refugio de artistas.

Neeli es un tipo con una sensibilidad extrema. Me duele dejar nuestras largas conversaciones a solas o con todo el grupo de amigos que cada miércoles nos reuníamos en Spects, el consultorio de los artistas, en el que nosotros eramos nuestros propios psicoterapeutas. Csaba, Tony, la rubia del que jamás me aprendí el nombre, Aggie, Jack dos tres más y Jessica, que también fue amiga de Corso y que ahora se fermenta en alcohol. Neeli también es bueno para imitar. Charles Bukowski era uno de sus favoritos. Era lógico, Neeli lo conoció a los 16 años, cuando el viejo tenía 40. Con el tiempo llegaron a ser buenos amigos y Neeli su biógrafo oficial. Yo le decía a Neeli: cuéntate una de Hank, y él empezaba a imitarlo. Digamos que fue una manera de conocer a Bukowski. Su voz ronca y lenta. Entonces empezaba la función. Bukowski decía: Neeli, actualmente, en el mundo hay dos poetas que valen la pena... y los dos se llaman Charles Bukowski. También me contó que a Bukowski le gustaba beber en los cementerios así que iban con sus provisiones a sentarse al lado de alguna tumba abandonada. Neeli me ha escrito dos poemas: Carla y Carla calling from Phoenix. Yo le escribí uno que aún no se lo entrego. Lo quiero mucho, él lo sabe.
En la entrevista que le hice a mi querido amigo Neeli Chercovski, en Café Greco

Duele dejar a Ali Mongo, ese viejo pintor asiático que ha recorrido casi todo el mundo. En Ecuador ha estado cuatro veces, y en Colombia lo detuvieron por cargar cocaína. Bolivia, Indonesia, Perú, Alemania, Etiopía, etc, etc, etc. Para terminar en Frisco, haciendo del Trieste su estudio, como muchos otros. Ali sobrepasa los setenta, es pequeño y delgado, y ya casi no escucha (perdió gran parte de su capacidad auditiva durante la guerra en su país), pero el primer día que me conoció me invitó a cenar a su departamento, mientras me guiñaba el ojo y hacía obsenos movimientos con sus manos en el aire. I`m horny -decía-. La mayoría de las mujeres al verlo se espantaban. Yo me reía y le decía: Oh no, mi querido Ali, no pierdas el tiempo comigo, podemos ser amigos, pero nada más. Tú eres muy joven para mí, quizá en unos diez años más. En adelante nos llevámos muy bien. Nos sentábamos a veces en la misma mesa. él pintaba, yo escribía. A veces le ayudaba a enviar mensajes a unas muchachas por internet. Ali es un artista al que respeto, un excelente pintor. Aggie y Jack me regalaron una de sus pinturas cuando me fui. North Beach con la firma de Ali. Su pintura, la mejor fotografía del lugar.
Ali Mongo trabajando en Trieste

Duele dejar las historias de Vrunece, el místico. Al que sólo se lo encuentra por las noches con mil historias en su maletín. Ahora entiendo por qué Mark me lo quería presentar. Vrunece tiene anécdotas que casi nunca se escuchan. Vino alguna vez de Egipto, pero sus ancestros también son de Grecia. Es pintor y sabe las danzas secretas de las civilizaciones perdidas. A estado en situaciones extremas atravezando tierras inhóspitas. A estado con monjes y sabios. Él me enseñó como nadie la diferencia entre ovejas, cabras y pastores. Y de entrada me dijo tú eres the jungle princess, y me hizo unos ejercicios para medir donde estaba enfocada mi energía. El resultado fue el que me temía. En lo emocional. Y la cuestión es sincronizar lo mental, lo emocional y lo sexual al mismo tiempo. Vrunece solía tener consigo las cosas que menos te imaginabas. Anillos que pertenecían a maestros importantes, los huesos de su madre en una de sus medallas, fotografías de hace muchísimos años, etc. Me regaló una pluma de papagayo, propio de la amazonía ecuatoriana y le dijo a Mark: esta mujer vale mucho, tiene mucha energía, y se parece a mi madre, una mujer bella, inteligente y fuerte. Su madre tuvo que hacerse policía para sacar adelnate a sus hijos. Mark me regresa a ver. Ni lo pienses, le digo.

Con Vrunece en Tosca

Vrunece me enseñó la form correcta de beber un Bénédictine, un licor muy antiguo, proveniente de Francia, de Normandia pero este no es hecho de manzanas como el Calvados, sino que esta hecho de 27 hierbas secretas. Fue creado en 1510 por el monje Benedictino: Dom Bernardo Vincelli, de la abadia de Fécamp. Se dice que las 27 hierbas o plantas provienen de las 4 esquinas del mundo pero no se dice cuales son las plantas usadas en su elaboración. La receta original había sido perdida durante la revolución francesa en 1791, fue hasta 1863 cuando es descubierta nuevamente por Alexandre The Great, diez años después sería tan popular que se producían 150 000 botellas al año. Las botellas de Benedictine traen las siglas DOM que significan Deio Optimo Maximos (God most great most high). También me regala una especie de medalla con la imagen de una virgen, está medio oxidada pero la historia que viene con ella es impesionante. También me regaló la última foto del Che vivo, yo que tengo muchísimas fotos de él no la había visto esa nunca. Está en la selva con dos compañeros, la foto está en sepia. Él inscribe algo en el borde superior y me la dedica. Fue la última vez que lo vi.

Antes del ritual del Bénédictine

David, el rabino, es conocido como el judío bohemío. Él fue el tipo que acompañaba a Mark la primera vez que lo vi fuera del Trieste. Su look es genial: barbas largas, sombrero, ropas coloridas como las de un hippie. Nos caímos muy bien de entrada, y hablamos y hablamos y hablamos. Llegaba del burning man, en Nevada. Arte por todo lado, muñecos que representaban todo lo peor de la sociedad norteamericana quemándose. Todo el mundo cmenzó a irse y yo me quedé con ellos. Fuimos a E Tutto Qua y luego, antes de seguir a Tosca, el rabi nos invitó a su casa, que está en el corazón de North Beach. Un cuartito de un metro y medio por dos, pero todo lo que hay dentro es libros, libros viejos, todos ellos en hebreo. Lo primero que hice fue olerlos. El rabino estaba muy emocionado que sacó un poco de hierba y lo ofreció a su maestro que estaba en una fotografía en blanco y negro colgada de lo poco de pared que se veía.

Con David, el judío bohemio en su cuarto-casa-biblioteca-estudio

Duele dejar a Lyon. El que no hay día en el que no te hable de la política y forma de vida de Gringolandia y la compare con Latinoamérica. él mismo lo dice, se siente un latiameicano más. Lyon vivió hace muchos años en Guatemala y en México, donde recorrió gran parte de los pueblitos costeros, covirtiéndose en uno más de ellos. Lyon tiene el corazón de gaviero, por eso le recomendé que leyera a Álvaro Mutis. Lyon habla español con un acento muy particular. él tambien fue reportero para algunos medios independientes, investigando asuntos de alta importancia para las comunidades indígenas de centroamérica, como los meskitos, nativos de Nicaragua. Lyon es muy humilde, pero muy culto. Autodidacta, viajero y de una lealtad por el amor de su vida, al que no puede olvidar por varias décadas. Lyon te hablará siempre de la revolución y de la resistencia. A él le gustaba recibirme muchas veces con este verso: Nací un día en el que Dios estuvo enfermo... y me dejaba en suspenso como queriendo que yo completara el autor. César Vallejo le decía, y él se iluminaba. Lyon tiene a Ecuador como una de sus posibilidades para vivir en el futuro. Ojalá sea así, yo lo esperaré gustosa con un café cargado y unas empanadas, para entonces habré leído el libro que me recomendó de Camus y el se habrá leído los que yo le recomendé a él. Lyon, el buen Lyon.

Con Lyon

.....

Tantas, tantas historias... estos son apenas fragmentos de todas las memorias que estoy escribiendo. Se me quedan en la lista muchos personajes más. Amigos que me enseñaron grandes lecciones. Dejo las últimas escenas en Frisco, mi despedida coincidió con el tributo al jazzero BJ papa en el Caffe Trieste. Jamás olvidaré ese día. Los amigos de siempre y otros que se unieron a la lista. Mis últimas conversaciones con el Lyon, Carl T.,George, Spects, Bruce, Lee, Momo, Shery, Jhon, y el amigo de Bob Dylan que me invitó a un programa de radio para leer poesía y hablar sobre mi documental, y con el que terminamos cantando. Y por supuesto esa foto histórica como dice Aggie: la foto en la que estoy con Jack y Mark. El saxofón sigue zumbando en mis oídos.

Jazzero en el tributo de BJ Papa en Caffe Trieste (en la foto pequeña: BJ papa)
Música de principios del otro siglo

Con el buen George, pronto presentará su libro Wild Broccoli

Con Michael, the street poet

Con Jack y Laura Zanetti

Bob Dylan`s friend

Linda King ... compañera de Bukowski dejándome su huella

Con Spects, el dueño de uno de los refugios de artistas

Spects, yo, Laura y Mark

Jack Hirschman, Carla Badillo, Mark Álvarez

Quiero encontrar a todos cuando regrese...

domingo, octubre 05, 2008

Siguen las sorpresas... Next Stop: Colorado

Así es. La carretera se extiende y me voy para Colorado. Una vez más atravezar el wild west. Mi viaje casi llega a su fin y me gusta la idea de visitar un nuevo Estado. Otro de los sitios con fuerte presencia indígena. Iré específicamente a Durango. Por bus. Serán veinte horas de viaje. El asunto es el siguiente: Mi querido mashi: Javier, Taruka, en Kitu, me contactó con Kathy quien es profesora de antropología en Fort Lewis College, miembro del departamento de estudios indígenas y de los estudios de género. Kathy es además amante de mi tierra. Está escribiendo un libro en el que rescata las culturas nativas de todo el sector de Quitu, entre ellos los Yumbos. A Taruka, como alguna vez escribí aquí, lo (re) conocí un 21 de junio, un solsticio de verano en el que el bailó con la yumbada de Cotocollao y yo bailé con Tullpucuna. Desde entonces le guardo profundo cariño y respeto. El hecho es de que Javi le habló a Kathy de mí... y esto es lo que recibí de ella:
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"Dear Carla:
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Estoy pensando una cosa....que talvez antes de salir del país, pudieras venir por acá para conocer a algunos estudiantes indígenas que asisten a la universidad de Fort Lewis College, y para toparte con algunas-os líderes de las naciones Southern Ute y Ute Mountain Ute (de dos reservas distintas) para aprender y entregar tus mensajes. Yo te pagaría el pasaje para viajar en bus, y podrías alojarte conmigo y-o con indígenas (para poder conocerles aún mejor). Espero que mientras estés aquí puedas conversar con mis estudiantes (son alrededor de 12) de el curso que dicto este semestre que se llama: "Native Peoples of the Andes" sobre tus experiencias como ecuatoriana mestiza que tiene mucho que ver con lo indígena de tu país. Para ellos los estudiantes (y al menos un par de ellos son de naciones indígenas) será importante conocer sobre la Mama Quilago, de los Taita-Mamakuna, etc.
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Es una idea, no más, y depende mucho de tí. Sea como sea, estás invitada venir por aquí para aprovechar la presencia de los estudiantes de muchas naciones y étnias indígenas, y si no te resulta conveniente, seguramente nos veremos en Quito en el mes de junio de 2009 cuando regreso a Cotocollao para trabajar de nuevo.

Hasta entonces (Ashtakashkaman, ñuka mashikumi), recibe un gran abrazo,

Kathy"
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No se diga más. Sólo el hecho de pensar que voy a un lugar en el que hay alrededor de 600 estudiantes, de cien étnias distintas, ya es motivo suficiente. Más aún cuando me invitan con un corazón tan generoso como el de Kathy y además para compartir el mensaje de mi tierra. Allá voy, dejando parte de mí en San Francisco, pero de todos modos ya era hora de regresar (por ahora), pero para pasar los últimos días en Fountain Hills, prefiero ir cantando san juanitos en la carretera, sabiendo que allá me esperan nuevos rostros, esos rostros lindos de viejos sabios. Utes, Lakotas, apaches, navajos, etc, etc, etc. Voy con fuerza. Pronto me embarcaré nuevamente. Me costará dejar Frisco, pero algo me dice que volveré pronto. Aquí dejo tanto, aquí me dejo tanto. Pero por ahora a seguir la ruta, guiada como siempre por las voces de los abuelos, por el fuego de la ceremonia al pie de la cascada. Que la danza continue, que zapatemos, que sintamos la tierra a pie llucho, asinche, asinche. Que la Quilago deje cangahua por donde quiera que pase.

sábado, octubre 04, 2008

Hey, Mark, cómo era el rostro de Crazy Mary

Si hay algo que me encanta de Mark es que siempre me presenta nuevos personajes. Él sabe que me gusta aprender enseñando y enseñar aprendiendo. Él sabe que cada vez que hablo con Lyon, con George, con el judío bohemío o con Vrunece se multiplican mis historias para escribir. Él siempre me da nuevo material para mi pluma, él mismo es tinta pura, y eso me encanta. La primera vez que lo vi en uniforme casi me da un paro. Sabía que ese momento llegaría, a fin de cuenta ya se acabaron sus días libres y todas las excusas para seguir de vacaciones y poder vernos con tiempo. Así que tuve que conocerlo en su traje azul y esos elementos que toda mi vida he detestado. Para mí fue un impacto, no podía creerlo. Él vestía con el traje de aquellos que muchas veces insulté en las calles de Nueva York y Washington. Pero no, no podía compararlo, ya no despues de conocerlo. Además las cosas se alivianaban cuando se sentaba en la mesa del Trieste, pedía su afrikano, y nuevamente se rodeaba de toda la gente que lo quiere y respeta: los artistas, los intelectuales y los locos. ¿Ya comiste, viejo? le pregunta Mark al cubano que siempre anda pidiendo plata por el sector. El cubano le queda viendo y susurra algo que es dificil entenderle, pues habla muy cerrado y no le quedan dientes. Mark saca de su bolsillo algo de dinero para que se vaya a comer. Lo mismo ocurre con otros dos que lo saludan. Hey, Mark, y lo sonríen. Yo solo observo.
A veces me parece poco expresivo, y se lo digo: es que tú hablas el lenguaje de los policías. Y se molesta. Dice que no es que no exprese ciertas cosas, lo hace a su manera. Lo que ocurre es que ha visto tantas cosas en su labor, que de alguna forma debe hacerse fuerte para no perder el control al momento de ayudar en casos extremos: accidentes, asesinatos, etc. Mark me cuenta una de las historias mas duras para él. Hubo una vez un reporte de un accidente en el área, varios carros habían indicado que cerca de un túnel parecía haber un cuerpo que yacía muerto, pero no se podía ver nada porque estaba oscuro y a la velocidad a la que iban los automóviles resultaba dificil esquivarlo, de manera que uno tras otro lo pisó. Mark acudió al lugar con otro compañero. Cuando llegaron, en efecto, ecendieron sus linternas y vieron trozos de un cuerpo tirados en la vía. Era una verdadera carnicería. Una pierna por aquí, un brazo por allá. Pero no encontraban la cabeza. Por las ropas andrajosas, Mark se temía que era alguien que ambulaba por las calles, quizá estaba borracho y alguien lo atropelló o él mismo se lanzó contra el auto. Buscaron y buscaron hasta que encontraron la cabeza. Una cabeza sin rostro. Seguramente la velocidad del impacto le arancó la piel al momento del accidente. Nunca olvidará esa imagen. Pero eso no es todo. Siguieron buscando algo que revele su identidad. Mark se guió por el olor putrefacto hasta que encontró algo. Era una especie de tortilla aplastada en el suelo. Sabía que no le gustaría para nada lo que iba a ver. Mark necesitaba voltearla para saber de qué se trataba. Tomó un palo y lo hizo. ¡Fuck! No podía creer lo que veía. ¿Encontraste algo?, preguntó su compañero. Sí, es el rostro de la cabeza. ¿Hombre o mujer?, preguntó de nuevo. Mark permaneció en silencio por unos segundos sin despegar los ojos del rostro aplastado en el pavimento. Es mujer, yo la conocía. Es Crazy Mary, la llamabamos Crazy Mary.

miércoles, octubre 01, 2008

Laura Zanetti, la ragazza Carla y otras escenas italianas en North Beach

Carla Badillo y Laura Zanneti

Abro la puerta de la casa y escucho la voz de Aggie con su saludo de siempre: Ciao, Carla, bela! Me acerco a la cocina para devolverle el saludo y la encuentro junto a una mujer que no conozco. La mujer me sonríe y se levanta enseguida de su asiento con los brazos abiertos para recibirme, como si se tratara de una vieja amiga. Hola, Carla, soy Laura. Laura Zanetti. Soy una periodista y poeta italiana. Aggie me ha hablado mucho de ti. Con apenas pocas palabras Laura me transmite mucho. Laura tiene muy buena vibra, en el rostro, en las manos, en los movimientos. Carla es un nombre bellsimo, dice. Y en seguida me habla sobre el poema en prosa del italiano Elio Pagliariani: La ragazza Carla, escrito entre 1954 y 1957, y ubicado en Milán, justo después de la segunda guerra mundial.

Me sorprendió la forma en la que me recibió. Yo me presenté en seguida y le dije que me imaginaba que era amiga de Jack y Aggie. Me dijo que por mucho tiempo, y que de hecho se alojaría todo el fin de semana en casa. Ella vive en Verona, Italia, pero pasa temporadas largas en Los Ángeles, donde vive su hijo. Vino para hacerle una entrevista a Lawrence Ferlinghetti. Laura conoce al poeta desde hace muchos años y me confiesa que, entre otras cosas, Lawrence es amante del queso que se hace en su pueblo.
Otra sorpresa fue que Laura habla español; y en San Francisco, con la única persona con la que a veces hablo en mi idioma es con Mark. Me gusta eso porque en un lugar en el que todos hablan una lengua determinada y uno habla un idioma ajeno para los demás con alguien, este se convierte en una especie de código. Laura lo aprendió por un familiar suyo en Barcelona, España. Le digo que lo habla muy bien, y es cierto. De rato en rato se le escapa una que otra palabrilla italiana, pero es fácil entenderla. Incluso le digo que hable en italiano para que Aggie también entienda. Aggie y Jack vivieron casi cuatro años en Italia. Por eso es comun escuchar sus dichos, la música; disfrutar de la pasta, el vino diario. Además, North Beach es conocido tambien como el barrio italiano. Restaurantes que a varias cuadras ya despiden el aroma del aceite de oliva extra virgen. Uno de los restaurantes a los que mas acudo con Mark es E Tutto Qua, ubicado en la 270 Columbus Av. at Broadway, en plena esquina. Su dueño: Enzo, siempre nos recibe con una sonrisa y algun movimiento de manos. Yo desde la puerta le grito: mama mia. Los platos son una delicia, siempre acompañados de un vinillo y el toque final: un postre muy similar al ronpope ecuatoriano. Una especie de espumilla hecha a base de clara de huevos batida mezclada con un licor y fresas. Mmm…bonísimo. Me siento ademas en confianza. Todos los muchachos que trabajan suelen bromear o conversar de rato en rato. Mientras uno espera su orden, puede alzar la vista y encontrarse con una pantalla en la que se pasa alguna película italiana de los años sesenta y si uno va por el pasillo que conduce al baño puede ver unos cuantos posters como aquel de Fellini que llamó mi atención.
Con Enzo, dueño de E Tutto Qua

Mexicanos preparando comida italiana

Mark en acción


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Laura es casi 40 años mayor que yo, pero no sentimos la diferencia. Nos sentimos proximas. Siento pena de que tengamos que separarnos en unos días. Sé que seríamos excelentes amigas si viviésemos cerca. Pero sé también que lo seremos en la distancia. Siento que Laura me tiene confianza y no pienso defraudarla. Me cuenta cosas de su infancia, de su juventud, de su poesía, de su trabajo como etnógrafa, de su pueblo y el de sus abuelos. Hablamos por nuestro gusto en común por Anne Sexton, por la historia, por la literatura.

Laura dice que quiere hacerme una entrevista y si es posible podemos comenzarla ese mismo instante. Accedo. Aggie se adelanta al Trieste, nosotras nos quedamos en casa. La entrevista me resulta muy cómoda. Ella todo lo escribe a mano. No solo ella pregunta, también yo aprovecho para conocerla un poco más, y me encuentro con un mundo muy interesante dentro de ella. Más tarde nos reencontramos en el Café de siempre y luego vamos con todos los artistas del Trieste hacia la exposición cerca del Beat museum. Se trata de una exposición de arte y artesanía realizada por los presos de algunas cárceles de California. Llegamos y la sala esta repleta. Pero estamos los de siempre y algunos nuevos. Aggie compró un collar para mí hecho por uno de los internos. Comemos y bebemos en la esquina de la sala y sabemos que estamos listos para continuar.

Con Laura y Philip, el organizador del recital anterior de poesía

Carla, Laura, Aggie y Jack en la exposición

Laura quiere que publiquen un texto mío en una revista bilingüe en la que ella colabora. Yo acepto gustosa. Al siguiente día, Laura me dice que tiene un poema para mí. Lo escribió en italiano, pero lo entiendo. Además trato de ella mismo traducirlo al español. Está dedicado para Carla Blue, el seudónimo que a veces utilizo. El poema me gusta mucho. Quien no la conociera pensaría incluso que se trata de un poema lésbico. Porque es erótico, inocentemente erótico. Al menos eso es lo que Jack dice. Ella me cuenta la historia de cómo surgió. Resulta que ella durmió en la cama en la que yo también lo hice el primer día que llegué a casa de los Hirschman, así que Aggie decidió cambiar las sábanas y Laura se negó. Pidió que no las cambiase, pues quería dormir con el olor que esa joven poeta ecuatoriana dejó en las sábanas, olor a hierba buena.

Laura transcribiendo el poema que me dedicó.