jueves, mayo 20, 2010

De torturas y castigos - Fritz Straffer

"La cuerda" uno de los métodos de tortura de la Edad Media
fragmento

La tortura, como el asesinato, es una vieja práctica del mundo. No es de hoy que Caín mate a Abel. Tampoco es de hoy que Caín, antes de matar a Abel, se complazca en martirizarlo o, como se decía en la Edad Media, en hacerle morir "entre atroces espasmos". Es natural que, en una historia de los suplicios,la tortura se acompañe frecuentemente con la ejecución capital. Pero no siempre estas macabras instituciones han funcionado en tándem. No es necesario que la tortura concluya en ejecución. Muchas veces se limita a infligir tormentos corporales. Arrancar la lengua a un blasfemo, cortarle la manos a un ladrón, sacarle los ojos a un espía, romper los huesos a un calumniador, no significa matar. Significa sólo hacer sufrir. La ocasión se aprovecha como lección, ejemplo y advertencia. 

En lo que se refiere a proporcionar tormento al prójimo, el hombre ha demostrado siempre tener una gran imaginación. Sus hallazgos, sus invenciones son semejantes a las exaltaciones de los poetas al cantar las delicias y las penas de amor.

En la Edad Media, a un panadero que sisara en el peso del pan le sobrevenían grandes desgracias. En nuestra época, estas cosas son simples bagatelas sin interés. Todo comienza por un inspector y todo termina con una multa y , a lo sumo, con cerrar el establecimiento durante una semana. Pero, en los llamados siglos oscuros, por esa misma bagatela lo que se hacía no era cerrar el establecimiento, sino romper las vértebras del tahonero, hasta que quedasen hecho pedazos. Lo que al pobre le esperaba era el juicio de la "sacudida". 

La operación se llevaba a cabo con medios rudimentario, los que proporcionaba la técnica del tiempo: una cuerda, una garrucha o polea y, naturalmente, la mano de obra: el verdugo. El paciente, con las manos atadas a las espalda, era suspendido de una cuerda que colgaba de la garrucha y elevado a una cierta altura. Luego, a una señal del juez, se soltaba de golpe. El desgraciado caía hasta un palmo del suelo. Así varias veces. La estipa dorsal y las vértebras primero crujían, luego se dislocaban y, al final se amontonaban. Maltrecho, destrozado, el hombre era restituido a su horno y condenado a una escoliosis perenne. Podía suceder que en el curso de este columpiamiento, de tanto subir y bajar el vientre reventara y se salieran las vísceras. Entonces, ya se supone, sobrevenía la muerte. Produce escalofríos. 

Hoy, leyendo estas cosas, no podemos dejar de condenar semejantes crueldades. Y exclamamos: ¡Aquella bárbara Edad Media! Y suspiramos: ¡Vendrán los siglos de oro, los siglos de la civilización y el progreso: vendrá la Revolución francesa; vendrá Robespierre ¿Y cómo no? vinieron todos, efectivamente. Vinieron los siglos de oro, de la civilización. de la ilustración, de la razón. Vinieron Robespierre y la Revolución francesa, vinieron los progresos de la ciencia, vinieron los siglos de las grandes invenciones: el tren, la electricidad. Pero , con ellos, vinieron también "las mejores" técnicas de tortura. 

Fritz Straffer, Historia  del Castigo y la Tortura.  Ed. Petronio, Barcelona, 1974.