domingo, abril 25, 2010

El arte, ejercicio de la crueldad - Georges Bataille

El garrotillo (el Lazarillo de Tormes)
Francisco de Goya. Anterior a 1812
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El pintor está condenado a complacer. Por ningún medio podría convertir a un cuadro en objeto de aversión. Un espantapájaros tiene la finalidad de asustar a los pájaros, alejarlos del campo donde está enclavado, mientras que el cuadro más terrible está allí para atraer a los visitantes. Un suplicio real también puede despertar interés, pero en general no podría decirse que tenga el mismo fin: esto ocurre por un conjunto de razones; aunque en principio sus fines difieren poco de los del espantapájaros: a la inversa del objeto de arte, se ofrece ante la vista para alejar del horror que expone. Mientras que el supliciado de los cuadros ya no intenta amonestarnos. El arte nunca se encarga de la tarea del juez. Por sí mismo no despierta interés en horror alguno: ni siquiera es imaginable. (Es cierto que en la Edad Media la imaginería religiosa lo hizo con el infierno, pero precisamente porque el arte no estaba diferenciado de la enseñanza.) Cuando el horror se ofrece a la transfiguración de un arte auténtico, lo que está en juego es un placer, un placer fuerte pero placer al fin.

Sería vano ver en esta paradoja el simple efecto de un vicio sexual. Los espectros fascinantes de la desgracia y del dolor mantienen siempre obstinadamente, en los cortejos de figuras que formaban el trasfondo festivo de ese mundo, una especie de determinación muda, inevitable e inexplicada, cercana a la de los sueños. No hay dudas de que el arte no tiene esencialmente el sentido de la fiesta; pero justamente, tanto en el arte como en la fiesta, siempre se le ha reservado una parte a lo que parece opuesto al regocijo y al agrado. El arte se liberó finalmente del servicio a la religión, pero mantiene esa servidumbre con respecto al horror; permanece abierto a la representación de lo que repugna.

Georges Bataille. El arte, el erotismo y la literatura. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2001.