lunes, febrero 02, 2009

Mientras nadie me prepara un café con whisky

Recibo un correo de Héctor, mi maestro. Me alegra saber que sigue vivo. Lo imagino como siempre: con un whisky en la mano, y su mirada clavada en el hielo. Lo imagino casi ciego. Con todos los colores reprimidos bajo sus párpados. Aún no le respondo, seguro nos encontramos uno de estos días. Y quizá entre a su casa diciendo: Hola, mi querido Héctor, joven maestro viejo, ha llegado su alumna predilecta, la niña vieja, la que aprendió a escuchar la nostalgia de los muertos. Él se reirá y me dirá: pero qué dices, mujer, si la nostalgia es el sufrimiento por el deseo inclumplido del retorno, y los muertos, mi querida Carla, ni sufren ni retornan. Entonces él sonará razonable y yo libresca. Y no es que no sepa que su significado esté en las raíces griegas nostos y algos, regreso y dolor, y que sea mi palabra favorita en español, y también en portugués, desde la primera vez que escuché la palabra Saudade en la voz de Vinicius de Moraes. Nostalgia, qué bien lo explica también Kundera. Pero es lógico que Héctor no me entienda, pues cuando quería contarle cómo fue que aprendí tal absurdo, me hallaba en Roma, y desde ahí le envié una pequeña carta electrónica. Le escribí frente al panteón romano, pero el mensaje rebotó. Y nunca más volví a intentarlo.

Hoy, después de varios meses, recibo un pequeño mesaje de Héctor. Y siento como si jamás me hubiese movido a ninguna parte. Con tres o cuatros frases me siento cercana, y supongo que eso es bueno. Todo es bueno hasta que no llegue el hastío. Y es posible que ni él ni yo no tengamos merito en ello, porque han sido las circunstancias las que más bien no han permitido aburrirnos el uno del otro. Héctor es una especie de Academia a la que siempre regreso. Con quien puedo hablar sobre José Alfredo Jiménez o Hanna Arendt, de la mierda de educación en nuestras aulas hasta la metáfora del amor abandonado en la historia de Ariadna y Teseo; de Yasunari Kawabata, de Fernando Vallejo, de Gean Jenet, de Gómez Jattín, de su abuela, de la mía, de las telenovelas, de Martín Barbero, de la coca-ína, de las tardes de Quitu, de sus mujeres, de mis amores, de la vejez, del cristianismo, de la culpa (osea del cristianismo), de sus plantas, de mis consultas con el terapeuta, de Política, de ocio, de Onetti, de Bukowski, de Miller.... siempre aprendo algo, siempre. Entre los dos no hay trucos, sólo enseñanzas y desencantos -es decir conocimiento- y de vez en cuando una canción de Chavela Vargas, bien cantada, carajo.

Uno de estos días, regresaré. Y llevaré en mis manos La Playa, de Cesare Pavese, para devolvérsela después de tantos meses. Y él me devolverá Sartoris de William Faulkner (sólo a alguien como a él podría confiarle ese libro). Los dos no nos robamos, está claro. Todavía recuerdo la primera vez que fui a su casa para uno de los primeros tortuosos y fascinantes bosquejos de mi Tesis. De entrada Héctor me adviertió: "toma todo lo que quieras, pero cuidado con los libros", como si me interesara algo más, pensé. Pero luego él mismo me prestó más de uno. No hubiese sido tan tonta como para robarme un libro y perder todos los que vinieron después. La Playa fue uno de esos. Cuando me lo prestó, Héctor juraba que Pavese había muerto fusilado, y yo le dije que no, que se había suicidado en una habitación de hotel después de recibir un premio literario. En cualquier caso, nos queda su obra, y a mi queda devolverle La Playa. Ahora mismo abro el libro y vuelvo a leer uno de los fragmento que señalé cuidadosamente:

Profesor. He recibido su carta hace unos días y hoy he terminado de leerla. No sé si usted también vuelve a Turín porque ha sido tan feliz allí, en la playa, que ahora se le antoja inhabitable. Esa historia que usted me cuenta resulta bastante convincente y aunque en ninguna parte usted se permita escribir la palabra 'libertad' presiento, por los hechos, que aquello es lo que palpita en el fondo. Yo no me creo esas patrañas del 'voi' por el 'lei', ni nada de esas cosas. Quiero hacerme entender, profesor, estamos hablando de nostalgia. Es una temeraria coincidencia del destino que la estampilla de su carta tenga esos sujetos de apariencia triste y circunspecta, que tenga esa playa gris y en el ocaso, pero así son las cosas, quién discute.

Llueve. Y estoy ansiosa por un café con whisky. Pero mis brazos están muy cortos y las tazas muy lejanas. Leo nuevamente el mensaje de Héctor. Sonrío. Mi maestro está vivo y yo lo celebro.