martes, abril 22, 2008

Carta del Jefe Piel Roja Seattle

Hoy se celebra el Día de la Tierra, y quiero compartir con ustedes este inteligente, irónico y penetrante discurso del jefe Piel Roja Seattle, escrito en 1854 como respuesta a la pretensión del presidente de Estados Unidos de comprar sus tierras para impulsar el avance de una vía ferroviaria. Me ha recordado una conversación que alguna vez tuve con una anciana shuar, en la amazonía ecuatoriana. Sus sabias palabras no las olvidaré nunca; ella me decía que para ellos, la naturaleza es la madre, mientras que los colonos, los citadinos, le sacan la madre a la naturaleza. Comparto la voz de este hombre digno, otro de mis abuelos.

Carta del Jefe Piel Roja Seattle
Desde Washington el Gran Jefe nos envía decir que desea comprar nuestra tierra. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Es muy amable de su parte; sabemos que él no tiene necesidad de nuestra amistad. Pero consideramos su oferta, porque si no vendemos es posible que el hombre blanco venga con fusiles a quitarnos nuestra tierra. ¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, y aun el calor de la Tierra? Dicha idea nos es desconocida. ¿Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrían ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante árbol de pino, cada grano de arena de las playas, cada gota de rocío de los oscuros bosques, cada altozano y cada colina, y hasta el sonido de cada insecto es sagrado en la memoria de nuestro pueblo; la savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo la memoria de los Pieles Rojas. Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden su paseo entre las estrellas; en cambio, nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los Pieles Rojas. Somos parte de la Tierra, y así mismo, ella es parte de nosotros. Las perfumadas flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y del hombre... todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello, cuando el gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente. Él se convertirá en nuestro padre, y nosotros en sus hijos. Por ello, consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros. El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos, no es solamente agua, sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, deben recordar que es sagrada, y a la vez, deben enseñar también a sus hijos que es sagrada, y que cada fantasmagórico reflejo en las aguas claras de sus lagos, cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre; los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, llevan nuestras canoas, y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos, y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

El Piel Roja ha retrocedido siempre ante el avance del hombre blanco, como la bruma se retira de la montaña cuando llega el sol. Pero las tumbas de nuestros padres son sagradas. Sus tumbas son tierra santa y así estas colinas, estos árboles, esta porción está consagrada a nosotros. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida; él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La Tierra no es su hermana, sino su enemiga; y una vez la ha conquistado sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra a sus hijos... tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden... como ovejas o como cuentas de colores. Su apetito devorará la Tierra, dejando atrás un solo desierto.

No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades entristece los ojos del Piel Roja. Pero quizá sea porque el Piel Roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera, o cómo aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido sólo parece insultar los oídos. Y después de todo, ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras, ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque?
Soy un Piel Roja que nada entiende. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía, o perfumado por aromas de pinos. El aire tiene un valor inestimable para el Piel Roja, ya que todos los seres compartimos un mismo aliento; la bestia, el hombre... todos respiramos el mismo aliento. El Hombre blanco no parece consciente del aire que respira, como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestras tierras, deben recordar que el aire nos es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deberán conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.

Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como sus hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto pudriéndose en las praderas, miles de cuerpos de búfalos muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha... Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo, al que nosotros matamos sólo para sobrevivir...

¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual; porque lo que lo que les sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado. Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes, a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos, como nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la Tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurra a la Tierra, les ocurrirá a los hijos de la Tierra. Si los hombres escupen el suelo, se escupen a sí mismos.

Esto sabemos: La Tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la Tierra. Esto sabemos: todo va enlazado; como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. Todo lo que ocurra a la Tierra, le ocurrirá a los hijos de la Tierra. El hombre no tejió la urdimbre de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Pero consideramos la oferta de irnos a la reserva que tiene para mi pueblo. Viviremos apartados y en paz. Importa poco dónde pasaremos el resto de nuestros días. Nuestros hijos han visto cómo sus padres fueron humillados en la derrota. Nuestros guerreros están avergonzados; y tras la derrota viven en el ocio, contaminando sus cuerpos con comidas azucaradas y bebidas fuertes. Importa poco dónde iremos a pasar nuestros últimos días; no nos quedan muchos. Pasarán unas horas, unos cuantos inviernos más y ya no quedará ningún hijo de las grandes tribus que habitaron esta tierra. Ahora errantes en grupos pequeños por los bosques llorarán la muerte de un pueblo que alguna vez fue tan poderoso y optimista como el suyo. Pero por qué lamentarme del fin de mi pueblo. Las tribus las forman los hombres, ni más ni menos, y los hombres vienen y se van como las olas.

Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él, de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra un día: Nuestro Dios, es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que él les pertenece, lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan... pero no es así. Él es el Dios de los hombres, y su pasión se comparte por igual entre el Piel Roja y el hombre blanco. Esta Tierra tiene un valor inestimable para él, y si se dañase, se provocaría la ira del Creador... Contaminen sus lechos, y una noche perecerán, ahogados en sus propios residuos.
Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del Dios que los trajo a esta tierra, y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el Piel Roja. Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos qué se exterminen los búfalos, se domen los caballos salvajes, se saturen los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborre el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes...

¿Dónde esta el matorral? Destruido. ¿Dónde esta el Águila? Desapareció. ¡Aquí termina la Vida y comienza la supervivencia! De manera que consideramos su oferta de comprar nuestra tierra. Si la aceptamos, será para asegurarnos la reserva que nos ha prometido. Quizá allí podamos terminar como desearíamos. Cuando el último Piel Roja se haya desvanecido de esta tierra y su memoria no sea más que la sombra de una nube que recorre la pradera, estas costas y estos bosques conservarán los espíritus de mi pueblo, porque ellos aman esta tierra como el recién nacido el latir del corazón de su madre. Si les vendemos nuestra tierra, ámenla como nosotros la hemos amado. Cuídenla como la hemos cuidado. Recuerden siempre el estado en que se encontraba la tierra cuando la tomaron. Con toda su fuerza, con toda su mente, con todo su corazón, consérvenla para sus hijos y ámenla como Dios nos ama a todos. Lo que sí sabemos es que nuestro Dios es el mismo Dios. Esta tierra le es muy querida. Ni siquiera el hombre blanco puede librarse del destino común. Quizá seamos hermanos después de todo. ¡Lo veremos!
Washington 1854

3 comentarios:

kokotera dijo...

Impresionante carta. Impresionante mensaje. Inteligente y corajudo. Ejemplar. Me llevo una copia a la isla de los kokoteros, Carla, para compartirlo como un tesoro. Gracias.

CARLA BADILLO CORONADO dijo...

Así es...impresionante, demoledora en cada frase. Este hombre sabio supo transmitir esta carta de una manera sencilla y con un mensaje tan claro que dudo que el análisis de muchos intelectuales de hoy e incluso activistas se igualen. Tómalo y compártelo...Mitake Oyasin.

Anónimo dijo...

ES IMPRESIONANTE LA CARTA