martes, abril 14, 2015

sabor vetado



Extraño el café. No lo pruebo desde febrero, desde aquella madrugada en la que tuve un colapso emocional que desembocó en una gastritis bastante fuerte, que terminó llevándome al doctor. Estaba escribiendo un perfil, por encargo, sobre el pintor y escritor ecuatoriano, Pablo Barriga, que terminó publicándose como tema central en una conocida revista literaria, pero entre medio varias cosas descisivas ocurrían en mi vida; y la palabra futuro, por momentos, se me tornaba más difusa que de costumbre. Todas mis fuerzas estaba concentradas en el presente; y todo, desde luego, lo hacía con más intensidad. Ahora estoy bien, en marzo renací, pero el café todavía lo miro desde lejos. Mijail lo prepara —como un devoto del grano oscuro—y me lo ofrece cargado como tratando de reconciliarme con la mágica bebida. Le agradezco, pero le explico que por ahora me quedo con las agüitas caseras, por lo general son de manzanilla con miel o de toronjil con valeriana: santo remedio para aliviar mi estómago en el último tiempo, al igual que la colada de manzana y la avena tostada con canela (ambas, recetas maternas en las que siempre he creído con vehemencia). Sólo mi estómago sabe cuánto dolor sentí esa madrugada de infierno. Espero volver a saborear pronto un cafecito lojano, aunque el insomnio pronostique lo contrario. Al menos me queda el aroma; inundando la casa, inundándome.