sábado, septiembre 26, 2009

... pero siempre regreso a North Beach

Mi triángulo de cada noche: Tosca, Specs, Vesuvio
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A ningún barrio de San Francisco conozco tan bien como North Beach. A ninguno le tengo tanto cariño y en ninguno me siento tan cómoda. A veces yo misma bromeo diciendo que más que conocer la ciudad, lo que conozco es el barrio italiano y sus alrededores. Ese al que cada día llegan decenas de turistas y adeptos a la generación beat, y el que tiene fama de se ser guarida de locos y artistas. Soy fiel a mi barrio. Aunque eso no quiere decir que de vez en cuando merodee por otros callejones que también valen mucho la pena. La Misión, por ejemplo, es ideal para encontrar librerías de viejo (lastimosamente en North Beach ya no queda ninguna; sólo está City Lights que -aunque muy completa-vende únicamente libros nuevos). He andado por Chinatown, Castro, Fillmore, Haight Ashbury, Japantown, Tenderloin, etc. Pero siempre quiero volver pronto a North Beach (exceptuando Divisadero donde está mi otro refugio), incluso cuando también me canso de su gente y me da ganas de pasar de largo sin saludar a nadie. No, no es lo mismo caminar en otro barrio. O que lo diga Mark, que como beat cop ha caminado la misma ruta por doce años, viendo vivir, sobrevir y morir a muchos de sus habitantes. Y no se diga como ciudadano común y silvestre, cuántos recuerdos ha inscrito en cada esquina.
Mark y los muchachos de Mario´s Cafe.
Union and Columbus.
***
Desde que conocí a Andrew en mi cumpleaños, casi no lo he vuelto a ver. Pero de vez en cuando me lo encuentro en Specs o caminando por algún callejón cerca de Union St. vestido como siempre: con algún sombrero de copa o un chaleco de satín. Desde la esquina suele gritarme "Hey, Carla B. No te pierdas mucho tiempo", y yo pienso que pide mucho para apenas ser un conocido, sobretodo porque si en realidad me conociera sabría que para perderme soy número uno. Imagino que al principio quería seducirme con sus actitudes de Dandy infantil, pero poco a poco fue ubicando en su cabeza la idea de que Mark is the man. Entonces frenó, puso retro y comenzó a decirme "tú y yo deberíamos ser buenos amigos", chocando su copa con la mía. No me cae mal. Tiene la mente aguda y me hace reir con sus historias de francesitas americanizadas. Andrew me decía al comienzo que North Beach está muy bien, qué por algo él también vive aquí, pero que a veces es necesario salir. Por eso me envíaba de vez en cuando algún mensaje de texto con dos palabras: poetry tonight?, lo que significaba que en pocas horas habría un recital o un micrófono abierto en algún Café de la ciudad. Recuerdo que fuimos a uno llamado BrainWash en la Calle Folsom. Un Café/lavandería en el que además se incluyen eventos culturales todo el mes. Las paredes de los baños tienen incripciones de Tom Waits, Jimi Hendrix, Woddy Allen, entre otros. Precios cómodos y ambiente acogedor.
las lavadoras hacen su trabajo en la sala contigua mientras uno espera escuchando música en vivo
Esa misma tarde leí un par de poemas y Andrew recitó los suyos con un estilo muy musical, acompañado con un fondo de jazz. Conforme entraba la noche, desfilaban por el lugar una serie de freakies. Yo salía de rato en rato a la puerta para fumar un cigarrillo y luego regresaba por un sorbo de whisky y mi diario. Me gusta analizar a la gente sin que se de cuenta. Hay gente que se presta. Como el tipo que se me acercó luego del recital y me dijo que le había fascinado lo que había escuchado, luego desapareció y volvió a los pocos minutos ofreciendo marihuana a los que estaban en la puerta. La repartió como un Santa Claus decadente. Yo lo observaba desde adentro y cuando entró se acercó a mi asiento y me regaló una palanqueta de pan. Que para ser sincera, dado que tenía hambre talvez la hubiese comido, pero el baguette estaba tan duro que parecía una jodida piedra de harina.
Las siguientes veces Andrew llevó a sus roommates: el chileno y Justine. Como tres lunes seguidos nos dimos cita en un Bar que me gustó muchísimo: Homestead. Un ambiente viejo con tapices y medias luces, con enormes perros mansos paseandose por el salón. El ambiente siempre era bueno, pero ni bien pasaba un momento yo me abría del grupo y me paraba junto al DJ y le preguntaba si podía revisar los LPS que aguardaban en las cajas.
Entre los LP´s encontré Let's Go Baby (where The Action Is) - Robert Parker, "She's About A Mover" Sir Douglas Quintet, Ray Charles - Hallelujah I Love Her So (1955), COUNT BASIE & HIS ORCHESTRA WITH JOE WILLIAMS - NEWPORT `62, The Dukays - Festival Of Love - 1961... entre muchos otros. Entonces parecía que el local entero quedaba para mí. De rato en rato tomaba conciencia de que no estaba sola, y sonreía desde mi esquina a Andrew, al chileno y a Justine. Yo los veía bailar contentos. Y yo también bailaba en mi sitio. Luego me sentaba en la barra, escribía algo y nuevamente me iba junto al Dj... y así secuencialmente por un buen momento.
Andrew y el chileno que no es chileno pero así le llaman
Con el chileno
Andrew y Justine
Los tapices, los cuadros, la media luz, la música vieja... todo parecía armonioso, y lo era, coño, lo era, pero me sentía sola e incompleta. Me faltaba Mark para compartir la voz de Ray Charles que salía del tocadiscos. Necesitaba tenerlo ahí, moviendo los hombros como él sabe hacerlo cuando suena un buen blues o una buena de country, necesitaba que me explicara sobre esos otros ritmos a los que mi piel también respondía de inmediato, pero que él sabría a ciencia cierta de qué género, autor y año se trataban. Esperé tantos meses para volver a estar juntos que mis piernas tiemblan cuando estoy aquí, pero no estoy. Tiemblan, lo juro, no es una jodida imágen literaria. Me tengo que sujetar de la barra, de esta copa de vino, de mi diario... para no salir corriendo a buscarlo.
Fue bueno conocer al círculo de Andrew y los lugares que tanto me hablaba. Es muy posible que vuelva a ellos, aunque a decir verdad, sea aquí , en Fillmore o en Castro, pasada la media noche ya extraño North Beach. Y a mis amigos. Y a los locos. Y a los vagabundos. Y a los músicos improvisados. Y a los poetas que no son poetas. Y a los que sí lo son pero que no lo saben. Y a los desesperados. Y a los enfermos de amor. Y a los cantineros. Y a los buenos borrachos. Y a los buenos sobrios. Y a los viejos. Y desde luego a mi hombre, que en breve se quitará el uniforme y será más liviano entre mis brazos. No espero a nadie para salir del bar. Camino sola y esquivo latas de cerveza como una gata negra haciendo acrobacias en un circo sin público, una gata que maulla a una luna que se enciende para ella, alumbrando su camino a casa.