martes, septiembre 15, 2009

De tacos, burritos y amores que pican

Si hay algo que me gusta de la cultura mexicana -aparte de su historia, de Emiliano Zapata, del cine de oro, del chavo del ocho y de unos cuantos pintores y escritores- es la comida, el tequila y las rancheras. Por eso siempre que estoy de viaje me gusta visitar las taquerías, por la posibilidad de encontrar -detrás del estante de tortillas y frijoles- algún mexicano al que pueda pedirle que me coloque una de José Alfredo Jiménez. Por lo general abren los ojos sorprendidos y me preguntan -¿Cómo, usted también es mexicana? Y yo les respondo: -¿Cómo, a poco para desgarrar la voz se necesita ser del mismo pueblo?-. Y entonces se rompe el hielo y José Alfredito empieza a cantar desde los parlantes. Otro dicen -Pos ahorita nomás tengo las del Chente Fernández-. Y yo les digo la frase que mi padre usa cuando está en el karaoke: Échale Jalicho al chancho que las penas son de amores. Y otros dicen que no hay discos porque el negocio ahora es de un gringo y él no entiende de rancheras. Y yo le digo que no importa que a ver si tiene memoria. Y empiezo a probarles con títulos de canciones. -Te sabes la de La Cama de Piedra, pregunto. Y veo como sus ojos se iluminan. Y ya no sé si disfruto más del taco, de la ranchera o del brillo en los ojos de ese mexicano al escuchar esa canción que ya creía olvidada.

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Abrir un negocio de comida mexicana en pleno barrio italiano tiene dos posibilades: desentonar entre tanto ristorante y pizzeria o que tenga buena acogida como una opción diferente y más económica. El dueño de El Zorro asumió ese riesgo hace más de diez años y no se equivocó. A diario, decenas de clientes entran al lugar en busca de tacos, burritos, chiles rellenos, flautitas, quesadillas y tortas, acompañadas de su respectiva Corona con limón o las tradicionales aguas frescas. He ido varias veces a esta taquería en la que la mayoría de clientes también son mexicanos. De vez en cuando el televisor del fondo se enciende cuando hay partidos de fútbol, como en este preciso momento en el que la expectativa se acompaña con six pack de Coronitas. Uno de los muchachos de la mesa contigua me hace un gesto de salud! -Por si se pierde o se gana-, me dice. Qué más da.

Casi siempre comemos juntos, pero hoy Mark se comportó como un chiquillo (es muy posible que él diga lo mismo de mí) y cada uno se fue por su lado. Admito que soy un fosforito y a veces me enciendo con facilidad, pero hoy no dije nada fuera del lugar. La tarde fue excesivamente silenciosa. Estuvimos incomunicados (sigo sin teléfono desde que lo perdí en algún Café de Fillmore) y aun así nos encontramos casualmente en North Beach, en la esquina de Vallejo y Stockton, cruzándonos en cuestión de segundos. Mark venía de casa de su madre y desde el autobús me vio caminar por la vereda. Se bajó y me saludó muy atento, pero me enardeció que actuara como si nada hubiese pasado. Luego me dijo que Carl T le dio un nuevo celular para mí, pero no dije nada al respecto y él se ratificó en su actitud de la mañana. Así que los dos nos volteamos y empezamos a andar en direcciones contrarias. Cuando regresé a ver parecía que se iba muy molesto a la Estación. Y yo mé mordí la lengua para no gritar que se esperara, que no se atreviera a dar un paso más, que no sea pendejo, que volviera y me abrazara. Pero la calle y yo nos quedamos totalmente mudas. No me quedó otra opción que apurar el paso y caminar con los ojos nublados hacia ningún lado.
...
Pero yo sabía -por un par de mails que me envió temprano- que él iría a cenar en Pulcinella. Y sabía que en silencio me estaría ahí esperando. Pero definitivamente no iba a ir a buscarlo, porque hoy yo no dije ningún arrebato. Pendejo él y pendeja yo. Me muero por verlo, pero me gana el orgullo (con razón). Tengo mucha hambre, pero hoy me alcanza para un taco y una cerveza con limón. ...

Estoy en la taqueria El Zorro. Mark debe estar esta en Pulcinella. Imagino que está comiendo pizza, pasta y alguna de esas entradas medias raras pero deliciosas. Remojando su pan blanco en aceite de oliva. Yo estoy aquí, comiendo un taco sin carne (un no-taco) y unos nachos con queso derretidos que el chaparrito me regaló. Alberto creo que se llama y es muy buena gente, como todos los que trabajan en este lugar. Él -para mi sorpresa- me reconoció en la tele, en aquella entrevista que me hicieron en Univisión para invitar a la gente al Festival Internacional de Poesía. Pero él no es el primero que me regala algo aquí. El otro día uno me dio una Corona y el otro me regaló un vaso grande de jugo de piña. La muchacha de la caja también es simpática, creo que es de otro país centroamericano. Veo como le hace señas al que anda por adentro preparando el guacamole y le dice bajito: Mira, ya llegó la poeta.

A Mark le encanta el chile. Su favorito es el serrano. El otro día partió una manzana, le echo la salsa y la mandó pa´dentro. Yo le quedé viendo como bicho raro. Él me guiño el ojo y me dijo: Tapatío, bien chingón! Me gustó mucho como sonó. Luego lo probé y estuvo bueno. También le gustan los jalapeños y lo picante. A veces le sale su parte mexicana más de lo qué él mismo piensa, y eso me gusta. Pero en cuanto a comida mexicana prefiere comer la que preparaba su abuela o la que hace su madre. Y no tanto las taquerías. El otro día él entró al Zorro y compró quesadillas de queso pa mí y tacos para todos los que estábamos en Tosca. Y para variar no se lo quisieron cobrar.

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Estoy en el barrio La Misión y -a diferencia de North Beach- aquí sí hay muchas taquerías. La otra vez visité con Alejandro Murguía LA TAQUERÍA, diagonal al Mission Cultural Center que hace muchos años él co-fundó con sus compañeros, y de hecho uno de los poetas que luego de dar un recital comió en este lugar fue Ernesto Cardenal. Me gustó mucho el burrito, no fue muy pesado. El que comí el otro día en North Beach estaba bueno, pero no me dejó dormir. La otra vez dije que no comere más burritos de noche, pero no me resisto, me gustan mucho. Aunque en realidad no son originalmente mexicanos, pues Mark me dijo el otro día que los burritos nacieron en este país. Y es cierto, nacieron en la frontera, al suroeste de Estados unidos. Pero me quedé con curiosidad de saber que decían al respecto los mexicanos que trabajan en taquerías. Así que luego de visitar algunas librerías de viejo en La Misión, entré en la taquería Los Coyotes. Todo allí es muy colorido. Una virgen de Guadalupe protege el negocio encerrada en un cuadro cuya mitad izquierda es una bandera mexicana y la otra son flores. En la vitrina me recibió un letrero "Tenemos tacos de morronga, de marrano y de buche". Nunca he comido tacos con esos nombres, así que me apunté a uno. Son tres hombres los que trabajan detrás del estante: un flaquito, un gordito y uno que parece Don Ramón. Le pregunto al flaquito de dónde es. Me dice que los tres son mexicanos. Le pregunto si sabe de dónde son los burritos. -Pos la verdad, señorita, me dice, no sé mucho de comida. Yo nomás me la como. Sonreímos. Dice que se llama Luis, que es de Oaxaca, que tiene nueve años viviendo en San Francisco y tres de casado con la que fue su novia desde la primaria. Tienen un hijo. Su tamal favorito es el de puerco. A él también le gusta la danza. Luis bailaba en un grupo folklórico cuando estaba en México. Se divide entre dos y hasta tres trabajos. Uh, señorita, acá el tiempo no me da ni para bailar el fin de semana.

Luego le pregunto al gordito sobre el origen de los burritos. -Cuando recién recién llegué de México -me dice-, me preguntaron si quería comerme un burrito. Y dije que sí. Pensé que iba a ser como una tortilla o un taco. Pero resultó ser un burrote. Allá de donde vengo no se ve esto. Lo probé por primera vez aquí. Se llama Carlos y apenas lleva cinco días en EE.UU. Viene de Jalisco (Aguas Calientes). Y dice que vino recomendado por Luis. Su plato favorito es el taco al Pastor. "No me es difícil acoplarme a este trabajo porque allá en mi tierra yo trabajaba en una plaza haciendo tacos, pero allá los hacía al carbón. Carne de adobe. Una delicia. Aquí la siento más desabrida, dice, pero está bien. El que parece don Ramón se llama Santos. Es el más calladito y serio. Y como muchos de nuestros migrantes latinos habla quedito y prefiere concentrarse en su trabajo. El suyo es hacer guacamole, preparar las enchiladas, machetear la carne. Santos es de Guerrero. Y pienso que desde esa esquina, frente al fogón, noche a noche hace honor al nombre de su tierra. Carlos me dice que Santos ya está cansado, que ya son muchos años, que quiere regresar a Guerrero, que quiere cultivar en su parcela, que quiere descansar.

Acabo mi taco de buche y una página más de mi diario. Desde mi mesa veo cruzar tímida la niebla por la puerta. Mark me llama desde North Beach y me pregunta qué libros compré. Y yo le cuento sobre esas joyitas que con dedicación a veces uno encuentra entre los estantes viejos. Pero no le dije todavía que encontré una foto suya en Adobe Bookstore. Tampoco que quise robarla cuando supe que no estaba en venta. Pero no lo hice porque la sacó su amigo que es el dueño del lugar. Me emocioné mucho al verlo en su propio hábitat: rodeado siempre de libros.

Es tarde. Agarro mis cosas y me despido de los muchachos. La virgen de Guadalupe se queda vigilando al santo que machetea la carne como cada noche. Cierro la puerta.