
Llegamos al puente de Tena. Una mujer sentada en la esquina de una tienda pequeñita nos indica que debemos esperar, a pocos metros, el siguiente bus hacia Misahuallí. El clima es mucho más cálido y húmedo que en Puyo. Jason se va en busca de un par de helados para calmar la sed y complacer el paladar. Mientras tanto acomodo las mochilas y mi diario. Un hombre dice algo que no logro escuchar muy bien. Volteo. Se trata de un tipo un poco más alto que mí, de tez morena, cabello negro, bigote y vientre abultado, sus ojos miraban en diferentes direcciones. Habla tan rápido que no lo entiendo por segunda vez. Sigo arreglando mis cosas cuando de pronto me dice que si mi compañero y yo nos dirigimos a Misahuallí es mejor que nos apresuremos y vayamos directo a "Sacha". Sin darme tiempo para emitir ningún comentario extiende su mano y se presenta. Su nombre ya no lo tengo claro, pero tampoco importa porque como él mismo dice, le gusta que lo llamen "Cocodrilo Ghandi". Lo dice tan serio que no puedo reírme, sin embargo me parece una graciosa y extravagante forma de autodenominarse. Luego continúa: "Los vi bajarse del bus y me dieron buena espina, me parece que no son turistas sino viajeros de verdad". Conversamos por un rato, le cuento de donde veníamos Jason y yo, y cuál será nuestro destino más inmediato. Él por su parte, en el lapso de 5 minutos, me cuenta su vida, la misma que me parece tan extravagante e inverosímil, pero contada con tanta seguridad y precisión que se vuelve fascinante.

Me cuenta que nació en el corazón de la selva. Y que conoce la región como la palma de su mano. "La primera vez que crucé el puente es cuando no había puente, todo esto era verde, y cuando de vez en cuando asomaba uno que otro gringo misionero nos esperaban del otro lado con algún incentivo de comida, por ejemplo, y así nos hacían cruzar. Yo andaba desnudo, corriendo desde pequeñito por estas tierras". Me cuenta que habla siete lenguas y que ha recorrido por muchos lugares del mundo, que vivió un tiempo en Estados Unidos y que resucitó tres veces . -¿Resucitó tres veces?, pregunto sorprendida. -Tres veces, responde muy firme. "Se podría decir que soy un milagro. Yo sobrevolé en avioneta para entrar en una de las comunidades más internas de la selva y la avioneta cayó, mi corazón cambió de lado, mis ojos prácticamente se salieron y yo quedé en coma. Finalmente morí. Me velaron, y casi yendo a ser enterrado regresé a la vida como un milagro. En eso Jason aparece con los helados y yo lo presento en seguida. Cocodrilo Ghandi le hace un breve resumen de lo que acabó de contarme, luego nos dice que si deseamos él nos puede llevar a conocer aquellas partes que casi nadie conoce. Incluso propone que si nos decidimos, podemos ingresar en canoas a uno de los ríos de la selva y atravesar la Amazonia hacia el Sur. Nos advierte que no quiere ni un solo centavo a cambio de eso. Creo que lo dice adivinando mi mente, sabiendo de antemano que no pagaríamos un centavo por ningún tipo de guía. Jason le agradece, pero le doce que en realidad queremos ir a Misahuallí. Pero "Cocodrilo Ghandi" insiste y nos ofrece incluso posada en su casa, en Napo, y que en caso de aceptar su invitación comeríamos esta noche mismo carne de cocodrilo (imaginé que eso tenía que ver con su apodo) o unos deliciosos ayampacos (plato tradicional de la selva hecho a base de pescado y yuca cocinada encuelta en hojas) y que incluso llamaría a uno de sus amigos quichuas que conocía profundamente de medicina ancestral y que si queríamos hasta podía preparar una ceremonia con ayahuasca.
Está muy claro que "Cocodrilo Ghandi" quiere acompañarnos en nuestra ruta, o al menos hacernos parte de la suya. Pero nosotros tenemos claro a dónde queremos ir. Sin embargo es cierto, deseamos mucho asistir a una ceremonia con ayuahuasca, ambos creemos que es tiempo. Pero Cocodrilo nos propone que lo hiciéramos al siguiente día y nosotros no estamos seguros de regresar. Por eso queremos asegurarnos de obtener la medicina. "Cocodilo Ghandi" nos dice ¡suban a ese bus! Los tres subimos y acabamos en el mercado central de Napo, donde recorremos brevemente varios puestos de hierbas, plantas, semillas y una serie de brebajes sin etiquetas que los distinga. "Cocodrilo" nos dicen esperen un momento, se hace a un lado y empieza a hablar en quichua con las yerberas del lugar.



Jason y yo sonreímos de manera cómplice como dejando un espacio para la duda por tanta buena voluntad, pero debemos reconocer que aparentemente todo va bien. En ello, "Cocodrilo" me llama y me presenta a dos de las yerberas ya con la botellita de ayahuasca en su mano. Sin embargo conforme va a hablando yo me sorprendo puesto que él no sabe que yo también hablo quichua y que puedo entender casi todo lo que él les va diciendo a ellas. ¡Cocodrilo Ghandi me acaba de presentar nada más y nada menos como su ¡esposa! Yo abro los ojos y enseguida me explica que les dijo eso para que ellas se sintieran en confianza ya que no cualquiera entrega ayahusaca a una desconocida, debe ser alguien que sepa de medicina. Lo cual es cierto. Pero una vez más, mi duda es si realmente lo que tiene en su mano es ayuhuasca. Jason y yo sólo lo sabremos únicamente al tomarlo. En teoría lo íbamos a hacer al siguiente día, en casa de Cocodrilo... pero lo cierto es que Jason y yo acabamos regresando al Tena y tomamos solos el bus que nos llevaría a Misahuallí. El sol poco a poco se desvanece, los árboles pasan en secuencia como una serie de fotogramas desquiciados, y yo me siento cada vez más lejos de todo, más lejos de todo y más cerca de la selva, la selva que a fin de cuentas... es otro mundo.