jueves, junio 13, 2013

Steve McCurry



Artista callejero comiendo y respirando fuego en Marrakech
(Marruecos, 1988)

Lecturas de Sartre


by: Willy Ronis
. Paris, 1956

Miércoles 29

Desde el 2 de septiembre he leído o releído:


El Castillo de Kafka

El Proceso de Kafka

En la penitenciaría de Kafka
El Diario de Dabit

El Diario de Gide

El Diario de Green

Les Enfants du limon de Queneau

Un rude hiver de Queneau

Los números de septiembre, octubre y noviembre de la Nouvelle Revue Française

Mars ou la guerre jugée de Alain

Prélude à Verdun de Romains

Verdun de Romains

Quarante-huit de Cassou

La Cavalière Elsa de Mac Orlan

Sous la lumière froide de Mac Orlan

El coronel Jack de De Foe

Tomo segundo de las Obras de Shakespeare (edición de la Pléiade)

Terres des hommes de Saint-Exupéry

El testamento español de Koestler

Jean-Paul Sartre
 Cuadernos de guerra

29 de noviembre de 1939

lunes, junio 10, 2013

Gustave Moreau - Salome Dancing Before Herod


(1876)

Momento - Juan Eduardo Cirlot




MOMENTO

Mi cuerpo se pasea por una habitación llena de libros y de espadas y con dos cruces góticas;
sobre mi mesa están Art of the European Iron Age y The Age of Plantagenets and Valois, aparte de un resumen de la Ars Magna de Lulio.

Las fotografías de Bronwyn están en sus carpetas, como tantas otras cosas que guardo (versos, ideas, citas, fotos).

Si ahora fuera a morir, en esta tarde (son las 6) de finales de mayo de 1971, y lo supiera de antemano,
no me conmovería mucho, ni siquiera a causa del poema «La Quête de Bronwyn» que está en imprenta.

En rigor, no creo en la «otra vida», ni en la reencarnación, ni tengo la dicha (menos aún) de creer
que se puede renacer hacia atrás, por ejemplo, en el siglo XI.

Sé que me espera la nada, y como la nada es inexperimentable, me espera algo no sé dónde ni cómo,
posiblemente ser en cualquier existente como ahora soy en Juan-Eduardo Cirlot.

Mi cuerpo me estorbaría y desearía la muerte −¡ah, cómo la desearía!− si pudiera
creer que el alma es algo en sí que se puede alejare ir hacia los bosques donde el triángulo invertido de los ojos y boca de Rosemary Forsyth

me lanzaría de nuevo a la tierra de los hombres, porque en esta vida no he sabido o no he podido
trascender la condición humana, y el amor ha sido mi elemento,
aunque fuese un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca.


Estoy oyendo Khamma de Debussy, que, sin ser uno de mis músicos favoritos (éstos son Scriabin, Schönberg y otros)
no deja de ayudarme cuando estoy triste, que es casi siempre.

Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila,
y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos románicos,
y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI,
regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca.

Pero, pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando fui en Egipto vendedor de caballos,
ya era un hombre conocido por «el triste».

Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo,
y el ángel que no se rebeló y luchó contra Lucifer, pero más tarde
cedió a las hijas de los hombres y se hizo hombre,
ese ángel es el peor de los dragones.


Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916- 1973)
Poesía (1974).