sábado, enero 05, 2013

Lo infinito de un diccionario - W. H. Auden




En relación con un escritor, la mayoría de los lectores creen en una suerte de Doble Moral: ellos pueden serle infieles tan a menudo como quieran, pero él nunca debe serles infieles a ellos.

Aunque una obra literaria se puede leer de varias maneras, este número es finito y admite un orden jerárquico; algunas lecturas son obviamente más "verdaderas" que otras, algunas son dudosas, otras obviamente falsas y otras, al fin, como leer una novela comenzando por el final, absurdas. Ésta es la razón por la que, en una isla desierta, es preferible tener un diccionario a la mayor obra maestra imaginable, pues, en relación con sus lectores, un diccionario es absolutamente pasivo y puede leerse legítimamente de infinitas maneras.

El placer no es ni mucho menos un guía crítico infalible, pero sí el menos falible.

(W. H. Auden - Los señores del límite)

viernes, enero 04, 2013

Juan Carlos Onetti


Ian Coolbridge - Escenarios de insignificancia



En la soledad de la noche,
cuando más oscuro pasa el tiempo,
los hombres ya han salido.
Hierros forjados desde las quimeras,
los trenes emprenden viajes hacia la nada,
y los hombres se fueron en ellos,
simplemente ya no están.
A lo lejos, tierra calcinada
que la lluvia oculta y el sol abandona;
y en los andenes, ráfagas de viento
rasgando con crueldad el vacío
de los malos adioses.

(De Los malos adioses - Iñaki Abad)

jueves, enero 03, 2013

Simone di Crocefissi - El sueño de la Virgen, s. XIV



Mark Twain
 - Mi astillero literario



Hay libros que se niegan a ser escritos. Se mantienen en sus trece año tras año y no se dejan convencer. No se debe a que el libro no esté ahí y no merezca ser escrito; solo se debe a que la forma adecuada de la historia no se muestra. Cada historia tiene una única forma adecuada, y si no logras encontrarla la historia no se contará. Puedes probar una docena de formas inadecuadas, pero en ningún caso llegarás muy lejos antes de descubrir que no has encontrado la adecuada; entonces la historia se detendrá y declinará seguir adelante. En el relato Juana de Arco comencé seis veces de manera equivocada, y cada vez que le presentaba el resultado a la señora Clemens, respondía con la misma crítica letal, el silencio. No decía una sola palabra, pero su silencio hablaba con la voz del trueno. Cuando finalmente encontré la forma adecuada la reconocí de inmediato, y sabía lo que ella diría. Lo dijo sin dudar ni vacilar.
A lo largo de doce años intenté seis veces contar un relato breve y sencillo consciente de que se contaría por sí solo en cuatro horas si era capaz de encontrar el punto de partida adecuado. Me apunté seis fracasos; más adelante, un día en Londres le ofrecí el texto del relato a Robert McClure, y le propuse que lo publicara en la revista y ofreciera un premio a la persona que mejor lo contase. Me mostré muy interesado y seguí hablando sobre el texto durante media hora; después dijo él:
“Tú mismo lo has contado. Solo tienes que escribirlo como lo has contado.”
Me di cuenta de que tenía razón. Cuatro horas más tarde estaba terminado a mi satisfacción. De modo que tardé en componer dicho relato cortito, que he titulado “El sello de la muerte”, doce años y cuatro horas.
Comenzar adecuadamente es, ciertamente, fundamental. Lo he comprobado demasiadas veces para ponerlo en duda. Hace veinticinco o treinta años que comencé un relato que iba a girar sobre las maravillas de la telegrafía mental. Un hombre iba a concebir un plan por el que sincronizaría dos mentes, a miles de millas una de otra, que les permitiría conversar libremente a través del espacio sin ayuda de cables. La comencé cuatro veces de manera inadecuada y no marchaba. Tres veces descubrí mi error después de haber escrito alrededor de cien páginas. Lo descubrí por cuarta vez cuando llevaba escritas cuatrocientas páginas… luego lo dejé por imposible y arrojé todo al fuego.

Mercados



Entre las cosas que más extraño de mi tierra, cuando me encuentro lejos, son los jugos naturales hechos en ese mismo instante, con un sinnúmero de opciones de fruta 100% real y no sólo colas o esas botellitas de plástico tan de primer mundo. Aquí los encuentro en cualquier lado, a toda hora, y a precios más que razonables. Hoy estuve en el mercado con mi casera de siempre y me mandé dos "levanta muertos", a 50 centavitos el vaso, más la yapa. Qué belleza. Mora, plátano, melón, borojó, piña, tomate de árbol, espinaca y hasta huevos de codorniz (Vi que le puso unas gotitas de brandy, en el segundo). Luego una empanadita de verde con queso y un cafecito. Qué más baterias para el viaje. Salgo mañana en la noche. Ya tengo el boleto a Loja. Serán 12 horas por tierra. Comer es un placer.

miércoles, enero 02, 2013

Mambo Borracho - Orquesta Huambaly


Y para ir calentando motores esta canción. Soy de las que mueven hombros armando maletas. ;)



Buenas nuevas



Gente querida, empiezo esta semana con mucha energía!!!. Se vienen cosas buenas, por lo pronto dos noticias que me tienen muy contenta:

1) Desde esta semana empezaré a publicar en la revista CartóNPiedra (suplemento cultural de Diario El Telégrafo, que sale todos los domingos), como adelanto, habrá historias de libros, personajes de otros mundos y carreteras.

2) ¿Recuerdan mis dos loquillos chilenos con quienes recorrí Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Con Con, Reñaca, Mantagua.... cantando en cantinas y microbuses?... pues ya han recorrido media Sudamérica y ya han llegado a Chiclayo, Perú, y en estos días cruzarán la frontera para entrar a Ecuador, y como no podía ser de otra manera los iré a buscar. Nos encontraremos en Loja y de ahí donde el viento, la voluntad y la música decidan. Iremos subiendo de a poco. Así que pilas, por si nos encuentran entonando algún bolero, algún pasillo, alguna mezcla demencial entre viejo blues y free jazz, algún tango, o de plano algún valsecito cantinero, de esos que a esta mujer tanto le gustan. Salú!

Un día tomé entre mis manos - Raine Maria Rilke





Un día tomé entre mis manos

Un día tomé entre mis manos

tu rostro. Sobre él caía la luna.

El más incomprensible de los objetos

sumergido bajo el llanto.

Como algo solícito, que existe en silencio,

se sentía casi como una cosa.

Y con todo nada había en la fría noche

que más infinitamente se me escapara.

Oh, estos lugares en los que desembocamos

donde se apresuran hacia las escasas superficies

todas las ondas de nuestro corazón,

nuestro regocijo y desfallecimiento,

y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?

Ay, al extraño, que nos ha malentendido,

ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,

a aquellos siervos, que nos han maniatado,

a los vientos de primavera, que se han desvanecido,

y a la quietud, la perdedora.
          

martes, enero 01, 2013

Hollis Dunlap



Beckett dixit



Eternos Retornos



La última semana de 2012 fue una de las más bizarras de mi vida. Luego de una serie de peripecias en Surinam (el estado más pequeño geográficamente de América del Sur), visité un barco de carga cuyo capitán y tripulantes fue lo mejor que me pasó en el viaje. De haberlo embarcado definitivamente habría llegado en poco menos de un mes a Baltimore, donde luego de visitar la tumba de Edgar Allan Poe, lo más probable es que hubiese cruzado a San Francisco.
Posibilidades que se barajan a mil por hora sobre la mesa del viajero. Pero luego las cosas se tornaron aún más extrañas en esa lejana tierra del Caribe, propias de una película de Lynch o Tarantino, y sin más, por primera vez, adelanté mi regreso. Así que empecé el año literalmente volando. Con tanto sueño y un sinnúmero de conexiones que acabé por embarcar un avión que no era el mío (pero esa es otra historia). Finalmente en Quito, en mi cama, con mis libros.
Nuevamente la calma, y el Silencio necesario para transcribir mis diarios de los últimos viajes. Vuelvo al Sur, como diría Goyeneche. Y soy feliz ahora, porque en las horas más tristes, en la distancia, el beso de mi madre es lo que me hacía falta. Y ahora lo tengo.