lunes, febrero 28, 2011

BEATITUD en 'La República Cultural'



Fragmento de la entrevista a Vicente Muñoz Álvarez e Ignacio Escuín Borao, editores de "Beatitud. Visiones de la beat generation."


-Cuando leía Beatitud me venía a la mente un libro muy beato también, “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño. ¿Qué narrativa actual os parece Beat hasta la médula?

Ignacio: Ya lo he dicho, Vicente quizá sea mi Beat preferido, pero también lo son aquellos que luchan por sus ideales dejándoselo todo en el camino (como Sergio Gaspar, por ejemplo).

Vicente: La de Sam Shepard, por ejemplo, uno de los herederos más brillantes de los beat. O la de Bolaño, como bien dices. O, centrándonos en nuestro país y en Beatitud, la de Miquel Silvestre, escrita literalmente on the road, o la de Carla Badillo, amiga de los beats de Frisco, o la de David González, visceral e insurgente, o la de Uberto Stabile, por citar algún ejemplo.


Para leer la entrevista completa a cargo de Blanca Vázquez, pisar firme aquí

domingo, febrero 27, 2011

La luminosidad de los niños del Juncal (o de cuando estuvimos cansados, sucios y felices)

Jason McGahan, Carla Badillo Coronado, niños de El Juncal
Valle del Chota, 2011

El título lo resume todo. Caminar por el filito de una carretera oscura y de rato en rato hacerse un lado para que un carro no se nos vaya llevando parte del cuerpo que es como decir nuestro equipaje. Llegamos al pueblo y los pequeños estéreos reproducen música desde las humildes casitas. Pensamos que no encontraríamos nada abierto y la noche era nuevamente esa ventana abierta hacia infinitas posibilidades. "Aquí en el Juncal no hay ni hostales ni hoteles ni pensiones", dijo alguien. No nos preocupamos. Quizá intuímos que al final todo saldrá bien. Así que me entretengo con los niños que de entrada nos guiaron y se me olvida preguntar a tiempo por la mujer de Milton Tadeo o dar la referencia de Jorge Luis.

Debía regresar a Quito y sin embargo me he quedado. Jason come una  merienda completa y mientras tanto yo compro morocho en leche para los niños. Jilson, Javier, Willian y otros pequeños que también sueñan de grandes ser futbolistas o músicos. Porque este pueblo es pobre pero rico en sueños. ¿O quién dijo qué una pelota improvisada de trapo no marca goles? Suena la marimba que para otros es una vieja mesa de madera durante el día. Los niños ríen, estallan en risas. Jason y yo somos parte de esta jorga de muchachos imparables. Siento mucha emoción de haberlos encontrado. Son una bendición en el camino. Jugamos, cantamos, y de rato en rato me peinan mis cabellos sucios y despeinados por el río y el viento. Uno de ellos agarra mi diario azul y lo abre en la mitad, agarra un esfero y empieza a dibujar, luego le pasa a su amigo, y luego al otro, y lo que es mi pertenencia inseparable e intransferible se convierte en el lienzo de estos niños de piel oscura y luminosa. Jason se levanta para comprar un helado de salcedo. Un helado casi a media noche porque aquí el horario a veces parece un ave de mal agüero. Un ave a la que no le hacemos caso. Es mejor ahuyentar relojes y seguir riendo. 






Uno de los niños se levanta y -en medio del restaurante con pinta de tabernita improvisada- se pone a bailar bachata de una letra puñalera. Su compañero se le une y finalmente salto a la pista yo también a bailar. O aprender, mejor dicho, porque estos muchachos nacieron con las caderas vibrando y los pies saltarines. Las letras de las canciones desgarran la voz de los dos borrachitos de la esquina.  Ya casi van a cerrar el local y no tenemos donde quedarnos. Los niños nos hablan de una señora que ayuda a los errantes. "Les da a los viajeros una estera sobre el suelo y a veces hasta el desayuno". Fuimos todos hacia allá. Un señor desde su ventana me sonríe con sus labios blanquísimos en medio de la negritud de su rostro y de la noche que lo enmarca. La luna es más alta de lo que yo me imaginaba, y sin embargo tan próxima. Los niños quieren que mañana vayamos a su escuela y luego nos llevarán al río a pescar Doradilla. Apuramos el paso hacia el lugar de la posada, y en el camino, a media noche, puedo casi ver salir el sol.  





Cuatro mini capturas con los niños de El Juncal






sábado, febrero 26, 2011

El Diario es el género híbrido por excelencia - Ricardo Piglia


¿Y qué relación mantiene actualmente con el diario?

RP: La relación ha ido cambiado y ahora es un poco el laboratorio de la ficción. Siempre digo que voy a publicar dos o tres novelas más para hacer posible la edición de ese diario que se ha convertido en el centro de mi escritura. La forma del diario me gusta mucho, la variedad de géneros que se entreveían, los distintos registros. El diario es el híbrido por excelencia, es una forma muy seductora: combina relatos ideas, notas de lectura, polémica, conversaciones, citas, diatribas, restos de la verdad. Mezcla política historias, viajes, pasiones, cuentas promesas, fracasos. Me sorprendo cada vez que vuelvo a comprobar que todo se puede escribir, que todo se puede convertir en literatura y en ficción.

Ricardo Piglia, Crítica y ficción. Ed. Anagrama Barcelona, 2011.

viernes, febrero 25, 2011

Next Stop: Ambuquí- Carpuela - Juncal- Río Chota

Río Chota


El paisaje es una postal viviente. Y la carretera no es una simple carretera, es mucho más: la puerta a un lugar de infinitas posibilidades. Desde la ventana del bus la tarde luce extremadamente verde y sólo se difumina conforme entramos al Valle. Dentro de poco todo se volverá árido, desértico. El sol ya no duele como hace un par de meses, siento mi piel calentarse con los últimos rayos. A mi lado una mujer negra lleva en sus brazos un niño semi desnudo, pero muy adecuado al calor. Lleva también una funda llena de ovos, la deliciosa fruta con la que los lugareños también preparan vino. Nunca he probado vino de ovo, así que sugerí a Jason hacer una parada estratégica en Ambuquí para conseguir una botella. Jason estuvo de acuerdo. Él toma apuntes en su libreta desde el asiento de en frente. Lo veo relajado y curioso  a la vez. Cada vez estamos más cerca del pueblo afro del que tanto le he hablado. A lo lejos el horizonte  es un aro en llamas invitándonos a saltar.
Descenso hacia el Juncal

Casi no demoramos nada en  conseguir el vino de ovo ya que antes de llegar a Ambuquí el conductor nos ayudó con sus consejos: "Van a ver en seguida unas casetas, allí veden las botellas de vino, hay de varios tamaños. Si quieren yo paro el bus por un momento y usted se baja volando, yo le espero a que compre y luego arrancamos..." La idea era muy buena, y luego el chofer continuó sin esperar mi respuesta: "Ahora... si no hacen eso... uuuhh, olvídese, les tocaría esperar otro bus y ya no va a alcanzar a llegar al río cuando todavía esté claro". Aceptamos.

 Nuestro amable conductor del bus Pimampiro

vino de ovo sobre mis pies y más carretera

El chofer detuvo el bus a la orilla derecha de la carretera y yo me bajé flechada. Una mujer negra de unos  60 años me extendió la botella con el mágico brebaje por apenas 3 dólares. Sonreí y me dispuse a pagarle, pero en ese momento, y a vista y paciencia de todos los pasajeros curiosos que veían por la ventana, me di cuenta que no tenía sueltos, así que el cobrador del bus me puso al cambio. "luego me da, pero apuuuuúrese". Le agradecí. Pagué. Y, ya con los motores nuevamente encendidos y con la botella de vino en mano, regresé al bus. 

Estábamos muy cerca de nuestra siguiente parada, así que Jason y yo nos quedamos adelante, con una vista privilegiada. Yo en el asiento contiguo del chofer y él sentado sobre las gradas. Al llegar nos despidieron y desearon buena suerte. Nosotros también lo hicimos, y una vez que les dimos las gracias, bajamos e ingresamos directamente al río, dispuestos a cruzar a la otra orilla.   
*

-Aquí el Tiempo no me asusta, le digo a Jason, mientras seguimos cruzando. Él se aventura primero y luego voy yo, sujetando muy fuerte mi cámara y mi diario, envueltos en mi pañuelo y cargados a la espalda. Al llegar halamos la recompensa: el descanso. Recuerdo de inmediato la primera vez que ingresé a esté río, aquella vez cuando nos juntamos mi amigo Jorge Luis Narváez, Miguel Arcos, su esposa Samia y los niños. Sin duda lo más potente esa vez fue ser testigo de "el museo de lo efímero" como Miguel denominó a su montaje de piedras sobre piedras dentro y fuera del río. Una exposición majestuosas que, en efecto, y haciendo alusión a su nombre, duró muy poco para único deleite de quienes estuvimos presentes esa tarde. Le conté a Jason aquella maravillosa experiencia y también del perfomance que Miguel hizo desnudo, trasladándonos a la era del paleolítico. 


Quise entonces compartirle el texto que escribí aquella vez, pero no lo recordaba textualmente, y no quería fragmentarlo de acuerdo a mi memoria. El texto que escribí era el siguiente:

"Intuyo que Miguel nació hace 3.3 millones de años. Y que salió de su Cueva de Malapa para habitar otros Valles Sagrados. Intuyo que Miguel repta, vuela y nada. Y que guarda entre su piel la música del río donde se baña. Intuyo que Miguel es música. Y es silencio. Y es el ruido más minúsculo de la quebrada. El más imperceptible. El más bello. Intuyo que Miguel vivirá miles de años más. Y que siempre seguirá buscándose a sí mismo. Y a los suyos (entre las huellas de su tierra prometida que es como decir cualquier arena). Intuyo que algún día lo visitaré en Paris. Y será un Australophitecus ibarreño hablándome en francés. Nous allons visiter le morts!, me dirá al llegar. Y sus hijos ya habrán crecido. Y su mujer tocará la guitarra mientras él siga pintando con su cuerpo desnudo sobre un lienzo. Un lienzo que se extenderá como alfombra hasta la puerta del cementerio de Montparnasse. Donde yo misma les gritaré a los muertos: C´est la vie, frères! C'est la vie! hasta despertarlos a todos. A todos."


Cuando nos dimos cuenta, Jason y yo teníamos un séquito de mosquito rodeándonos. Caímos en cuenta que eran aproximadamente las 6 de la tarde, más conocida como la hora del mosquito, ya que al oscurecer  y estar cerca del agua estos bichos se vuelven fieras en busca de sangre humana. Parecería que exagero, pero lo cierto es que en pocos minutos, los moscos nos estaban devorando. Olvidamos llevar loción antimosquitos, y no sé que se me cruzó en la cabeza que tuve la "brillante" idea de que nos echáramos encima el vino de ovo creyendo que eso los ahuyentaría. Repito: no sé qué diablos se me cruzó por la cabeza, y no sé por qué Jason me hizo caso, si es claro que lo dulce no hace otra cosa que atraerlos más. Pasaron 5 minutos y estábamos enronchados, sin embargo no queríamos que nada nos perturbara, así que nos hicimos al dolor y cinco minutos más tarde ya estábamos ambientados. -Qué más da, dijimos, y luego tuvimos una conversación bellísima en la que hicimos un panorama a tientas de nuestras vidas. Jason me escucha con la misma atención de siempre. Y lo siento más cercano que antes, mucho más. De pronto me viene un temor profundo al tomar conciencia de ciertas cosas, y yo me siento cómoda contándole de algunos sueños que tengo. Hablamos de viajes, de libros, de despedidas, de creencias. -Mi dios son los instintos, dice. Y yo escucho rugir la tola funeraria que nos escolta en frente. ¿Cuántos huesos yacen dentro de esa montaña? El vino sigue bajando así como el sol que casi ya ha desaparecido, pronto volveremos a cruzar el río para bajar hasta el Juncal y tratar de encontrar la tienda de la esposa de Don Milton Tadeo, autor de canciones como La Carpuela, y cuyas notas creo escuchar de lejos, como si Don Milton me llamara, como si nunca se hubiese muerto.

vino artesanal de ovo en botella reciclada de whisky


bichitos

Jason y yo tratando de ahuyentar a los mosquitos




Logramos llegar a la otra orilla a tiempo. Aquí abajo es completamente oscuro. Lo único que arriba resplandece son la luna y las estrellas. Sentimos una energía poderosa desde la tola funeraria. Antes de avanzar, agarro una piedra y luego empiezo a cantar frente a esa montaña, lo hago con tanto sentimiento que hasta me agarran unas ganas tremendas de llorar. Jason me dice no pares. Entonces sigo cantando, tan alto y fuerte que hasta parece que los esqueletos de la tola van a salir a acompañarme. Y ya no tengo miedo. El acto se vuelve solemne. Silencio. Volvemos a la carretera. Las luciérnagas nos guían. 

jueves, febrero 24, 2011

De miserias y divertimentos - Blaise Pascal


“La única cosa que nos consuela de nuestras miserias es el divertimiento, y, sin embargo, es la más grande de nuestras miserias. Porque es lo que nos impide principalmente pensar en nosotros, y lo que nos hace perdernos insensiblemente. Sin ello nos veríamos aburridos, y este aburrimiento nos impulsaría a buscar un medio más sólido de salir de él. Pero el divertimiento nos divierte y nos hace llegar insensiblemente a la muerte”. 

miércoles, febrero 23, 2011

Next Stop: Ibarra


Llegamos a Ibarra y nos encontramos con un grupo de bomba en plena terminal. Eso aumentó mis ganas de avanzar hasta el Valle del Chota. Jason me dijo que ni siquiera en Nueva York había visto una terminal de buses con su propio escenario para artistas en vivo. El grupo tenía como cuatro o cinco  integrantes, pero el que más llamaba la atención era el que tocaba la percusión y al mismo tiempo apretaba con sus labios la hoja de naranja con la que emitía los particulares sonidos que definen ese género de música. Jason fue por café y mientras tanto yo me senté en el piso para escribir en mi diario.
       

Al salir de la estación, yo señalé el camino de acuerdo a lo que mi memoria me dictaba. La última vez que estuve en la ciudad fue cuando vine con mi querido amigo, Jorge Luis Narváez, director del documental Alpachaca: puente de tierra, sin embargo en aquella ocasión no alcanzamos a visitar los helados de Doña Rosalía. Recuerdo que desde pequeña siempre tomaba estos tradicionales helados de paila junto con mi familia cada vez que visitábamos la ciudad Blanca. Esta vez nuestra parada fue estratégicamente para tomar estos helados. "No puedes irte sin probarlos", le dije. Y el sol se intensificó a aún más como si me diera la razón.   


Elaborados en paila de bronce, con cuchara de madera, hielo, paja de páramos, sal en grano y fruta. En las calles Oviedo y Bolívar esta ubicada la heladería de Rosalía Suárez, donde están los famosos helados de paila que forman parte de la cultura y tradición de la ciudad blanca de Ibarra y se elaboran en forma artesanal y manual. Desde luego, Doña Rosalía ya murió, peor su familia le ha dado continuidad al patrimonio. Sus hijos y nietos continúan  elaborando los helados con la misma fórmula artesanal.


Pedimos dos sabores en cono cada uno y una quesadilla. Nos levantamos de inmediato y nos vamos. En el camino encontramos en una placita un grupo de cinco hombres de raza negra por lo que creí que eran del Valle del Chota y al preguntarles algunas referencias, resultaron ser de Esmeraldas, más al norte, en la costa.Sin embargo se mostraron muy abiertos y amables, y me preguntaron si yo conocía la marimba, entonces comencé a cantar "La Caderona" y se emocionaron aún más. De pronto estábamos todos cantando y bailando en la plaza. Dos de ellos estaban borrachos y eran precisamente los que más nos motivaban a avanzar a San Lorenzo.


Uno de ellos, quien se presentó como "Carabalí", de rato en rato me decía que yo parecía una presentadora de noticias de Univisión, y juraba que además me había visto realizar un par de reportajes en México, desde luego: ni lo uno ni lo otro. El otro, también borracho y buena gente, nos ofreció llevarnos a su casa en Esmeraldas, se supone que él manejaría un auto, pero era evidente que ni siquiera podía recordar su nombre. Fue difícil abrirnos de ellos, pero finalmente entendieron que debíamos partir puesto que queríamos llegar al río Chota antes de que se ocultara el sol. 


Avanzamos con paso acelerado y terminamos atravesando la ciudad a pie, pero en línea a fin de llegar rápido a la parada donde tomaríamos el bus "Oriental Pimampiro". En el camino nos topamos con un San Pedro en todo su esplendor y quisimos entrar a la propiedad y tomar un poco (pidiendo  permiso a la plantita, desde luego, pero una vez más no quisimos distraernos por nada y así llegar pronto a nuestro objetivo. Al llegar a la la parada había una serie de puestos ambulantes de fruta y discos piratas.

Mientras esperábamos, yo conversé con Pedro, uno de los choferes que estaba descansando mientras hacían relevo sus compañeros, y aproveché para despejar algunas dudas sobre el orden de los pueblitos que irían apareciendo. él fue muy amable y me dio dos opciones para quedarnos en la carretera e ingresar al río Chota, pero antes le pregunté que dónde podíamos conseguir vino de ovo. -¿Vino de ovo?, inquirió. Nunca lo he probado. Entonces un compañero, posiblemente cobrador, se acercó y me dijo -Ahhh, entonces tienen que bajarse primero en Ambuquí. Apenas terminó su frase el bus llegó a la parada. Agitamos nuestras manos y les agradecemos por los datos proporcionados. Adentro apenas quedan un par de asientos. El paisaje en un abrir y cerrar de ojos ha cambiado. Pronto estaremos en el Valle. 

martes, febrero 22, 2011

De la familia Tituaña (Otavalo- San Roque- Atuntaqui)

en el negocio de nuestra familia adoptiva
Atuntaqui, 2011

Cuando por fin logramos encontrar una cabina telefónica, Edison ya no contestaba, pensamos que a lo mejor estaría molesto o dormido. Intentamos llamar al celular de Doña Rebeca, y luego de varios intentos finalmente contestó. Me identifiqué enseguida y luego me dijo: "¿Dónde se metieron? estuvimos esperando su llamada, ahorita ya estamos en San Roque". San Roque era el sector donde vivían, un pueblito en el campo, entre Otavalo y Atuntaqui. No quedaba muy lejos, pero para alguien sin vehículo a esas horas de la noche, con una niebla que lo opacaba todo, no era tarea fácil. -"Pero dónde están", continuó. -Seguimos en Otavalo, respondí. Entramos en un parque de diversiones y se nos fue el tiempo, acuérdese que no tenemos reloj. Pero tenemos muchísimas ganas de verlos y pasar la noche en su casa. Doña Rebeca bajó el tono de su voz y dijo: -espéreme un ratito. Se escuchaba ruido y gente conversando por lo que me quedé tranquila de saber que no los despertamos. Luego, con su voz ya más clara me dijo: -ahorita no estamos en mi casa, inesperadamente nos llamaron a casa de mi hermana porque vinieron a pedir la mano de mi sobrina, así que aquí estamos, pero pueden tomar un taxi y .... En ese momento se escuchó la voz de Edison como rebatiendo lo que Rebeca propuso. Al final habían decidido que Edison volvería a Otavalo por nosotros. Esta vez habíamos quedado en encontrarnos en la puerta de la Iglesia de San Francisco en una hora. Pero esta vez también nos confiamos, y hasta nos dimos el lujo de revisar correos, y hasta fuimos en busca de una botellita de puntas para no llegar a la casa con las manos vacías. La búsqueda nos consumió gran parte del tiempo, y terminamos comprando media botella de norteño. Botella que por cierto la terminamos abriendo al pie de la iglesia cuando nos dimos cuenta de que la hora ya se había consumido y que nuevamente, al parecer, nos habíamos cruzado. No sabemos que hora sería, pero el silencio entre la iglesia de piedra y la plaza era ya de por sí embriagador. No sabíamos si ir a buscar otra cabina telefónica o quedarnos esperando aún más. En la espera comenzamos a congelarnos pues el frío se hacía cada vez más intenso, y en nuestra precaria búsqueda de calor, encendimos dos cigarillos, le dimos un sorbo al aguardiente y nos pusimos a bailar en las gradas. De rato en rato paraba algún auto a santiguarse frente a la iglesia, pero se cortaban al vernos ahí como dos locos herejes. Luego asomaron una jorga de muchachos que al parecer eran malandrines y alguien nos recomendó cuidarnos. Avanzamos hacia la plaza central para llamar a Edison, peor me fijé que el papelito donde estaba el número lo dejé en la canina anterior, así que tuvimos que regresar aún más lejos, y diré que en resumen tuve que rescatar el papel literalmente de la basura de un baño público. Al final valió la pena porque nos contactamos con Edison y en unos quince minutos por fin pudimos encontrarnos.  

 Jason y Edison conversando sobre música y viajes

 El reencuentro

retrato de la familia Tituaña años atrás

Durante el camino Jason y yo reíamos mucho. Edison nos quedaba viendo con cara de "qué bueno que rescatamos este par de locos". Luego le entregamos la media botella gastada de norteño. El camino era lúgubre y finalmente llegamos a su casita. Otro camión estaba estacionado al fondo. Al entrar, Rebeca nos recibió con los brazos abierto y nos indicó que los niños ya se habían quedado dormidos de tanto esperarnos. Nos sentimos un poco mal y más cuando nos indicó que habían preparado fotos para indicarnos, y que Adrían, el más pequeño, había dispuesto sobre los asientos sus cuadernos de la escuelita, y que había expresado su deseo de indicarle a Jason sus trabajos de la materia de inglés. Jason y yo nos sentimos más culpables, y prometimos que a la mañana siguiente nos dedicaríamos a pasar tiempo con ellos. En seguida Doña Rebe sacó mantas para que nos abrigáramos y nos sirvió sobre la mesa agüitas aromáticas de hierba luisa, panes y queso. Luego dijo: le preparé una sopita de fideos con papas, pero queda para el desayuno. Luego nos quedamos conversando un buen rato de su historia, de sus hijos. Sobre la pared había una foto de Anita, su hija mayor quien había salido abanderada de su escuela y de quienes sentían mucho orgullo. Luego nos indicaron fotos y tanto Rebeca como Edison sólo conservaban una foto de cuando eran jóvenes. Más tarde, Jason me confesaría que eso le impulso nuevamente las ganas de llevar una cámara de fotos para registrar sus viajes.

 entrada a uno de los cuartos de la casa (tenían una bodega de papel higiénico y otra de comida para aves, porque de ambas son distribuidores)

 
los cuadernos del pequeño  Adrián


Anita

Los primeros en levantarse fueron los pequeños, quienes ya anunciaban que el desayuno estaba listo. Nos trataron como a verdaderos invitados de honor: sopa, sánduches, jugo de tomate, leche. Y sobre todo la voluntad. Edison y Rebeca se adelantaron al negocio, una tienda bien equipada que tienen en Atuntaqui. Conocimos al hijo mayor: Malki, quien la noche anterior había llegado tarde de una fiesta y lo conocimos casi entre sueños. Un buen rato compartimos con los pequeños y Jason se dedicó sobre todo a Adrián. Mientras yo recogía los platos y los lavaba, los escuchaba que en la sala ambos repetían los animales en inglés y español. Llamé a mi casa a contarles que estaba bien, y que por el momento los  planes habían cambiado y que estaba entre Otavalo y Atuntaquí, pero que luego de almuerzo, Jason y yo avanzaríamos hasta Ibarra y el Valle del Chota. Cuando ya todos estuvimos listos, salimos hacia la tienda. 

un gran desayuno 

 Jason y Adrián

ayudando en la cocina

 lecciones de inglés

El sol pegaba cada vez más fuerte nuestros rostros. Mientras esperábamos el bus, escuchamos claramente la música saliendo de una de las casas cercanas. Era todavía muy temprano, pero la fiesta iba en aumento, y al parecer se trataba de un matrimonio indígena que había comenzado uno o dos días atrás. Tuve todas las ganas de acercarme, pero nuestro bus no tardaría en llegar; así que al menos desde la calle pude seguir el ritmo de los san juanes que se escuchaban y comencé a bailar. Jason me siguió el paso y de pronto ya estábamos bailando de acera a acera. El pequeño Adrián se reía, yo lo invité a bailar también, y entonces llegó el bus.

San Roque

el pequeño Adrián


Atuntaqui estaba muy cerca de San Roque, no fueron ni veinte minutos. Desde la ventana observamos una hilera de casitas pequeñas, muchas parecían estar hechas de barro y tejas. Bastaba subir un poco la vista para nuevamente admirar la imponencia de las montañas. 
Al llegar a la tienda, Rebeca, Edison, y los pequeños estaban todos ocupados con los clientes. Jason y yo nos emocionamos al verlos prósperos y unidos. Luego nos presentaron al último de sus hijos que nos quedaba por conocer. Ya llegaba la hora de marcharnos, y Doña Rebeca se acercó a dejarnos dos botellitas de agua y caramelos para el camino. Luego intercambiamos nuestros respectivos contactos. -"Ya saben", dijo, "si ustedes vuelven pueden llegar con confianza a mi casa, aquí son bienvenidos". Yo dije que volveré, sin duda. Y Jason también le toma la palabra. Nos despedimos de todos con un fuerte abrazo, y sentimos que vamos bendecidos por esta gente que sabe de amor.



Nuevamente solos en el camino. Tenemos hambre, así que decidimos comer antes de avanzar. Escogemos mariscos, recomendación de Edison. Dos encebollados y dos limonadas. Satisfechos. Una camioneta nos da un aventón de la plaza a la carretera. A lo lejos viene un autobús del que no se puede distinguir el letrero de su destino 
-¿Y ahora, a dónde vamos?, pregunta Jason. 
-Podemos agarrar un bus que nos lleve directo al Chota, respondo, pero con este sol, sería un pecado no pasar por Ibarra para tomar unos helados de Rosalía. 
-Mmm...helados de Rosalía, suenan bien
-Y saben aún mejor, espera a que los pruebes. 
El bus se detiene a pocos metros. Jason apaga el cigarro que segundos antes lo había encendido y lo guarda.  -¡A Ibarra, a Ibarra! grita el cobrador. Nos subimos enseguida y el bus vuelve a acelerar.

lunes, febrero 21, 2011

La mala reputación - Georges Brassens

Uno de mis cantautores más queridos, gran exponente tanto de la 'chanson francesa' como de la trova anarquista del siglo XX.



LA MALA REPUTACIÓN

En mi pueblo sin pretensión
Tengo mala reputación,
Haga lo que haga es igual
Todo lo consideran mal,
Yo no pienso pues hacer ningún daño
Queriendo vivir fuera del rebaño;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos todos me miran mal
Salvo los ciegos es natural.

Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me pudo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos me muestran con el dedo
Salvo los mancos, quiero y no puedo.

Si en la calle corre un ladrón
Y a la zaga va un ricachón
Zancadilla doy al señor
Y he aplastado el perseguidor
Eso sí que sí que será una lata
Siempre tengo yo que meter la pata
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Tras de mí todos a correr
Salvo los cojos, es de creer.

Ya sé con mucha precisión
Como acabará la función
No les falta más que el garrote
Pa' matarme como un coyote
A pesar de que no arme ningún lío
Con que no va a Roma el camino mío
Que a le gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Que a le gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Tras de mí todos a ladrar
Salvo los mudos es de pensar.

domingo, febrero 20, 2011

De cuando volvimos a ser niños


Me encantan las ferias populares: mercados, plazas, parques de diversiones; y en esta ocasión Jason y yo teníamos dos horas para  pasear en uno de esos parques llenos de atracciones mecánicas y luces por todo lado mientras Edison regresaba por nosotros. A diferencia de las grandes ciudades, este tipo de  parques tienen más encanto cuando se instalan en ciudades pequeñas o pueblitos, porque el ambiente es más festivo y se encuentran cosas como comidas populares o personajes extravagantes como encantadores de serpientes o mujeres que afirman que su cuerpo puede caber en el interior de un florero. 

 para matar el hambre



Entramos a la casa del terror y lo que me agarró fue un ataque de risa. Recordé que cuando tenía seis años las niñas de los cursos superiores de mi escuela solían organizar unas casas del terror muy artesanales y básicas pero que para nosotros era toda una experiencia literalmente alucinante. Tanto me gustaban que más tarde sería yo la que organizaría tales eventos en mi casa y cuyos asistentes eran mis primos menores. Esta vez, la experiencia fue graciosa porque lo que más me asustó (o quizá lo único) fue ya casi al salir, cuando vi que alguien se apareció de la nada, pegué un grito tan fuerte que hasta el hombre de la boletería tuvo que acercarse para ver que pasaba, pero lo más gracioso fue que la persona que me hizo asustar ni siquiera era parte del show sino que resultó ser una muchacha del público que debido a la oscuridad tropezó junto a mí. 

 casa del terror

 apuntando hacia planetas lejanos

Más adelante dimos con uno de esos juegos de rifle, caramelos y uno que otro premio más apetitoso en el centro. El premio mayor esta vez se trataba de una cámara de fotos, que  en caso de pegarle tres veces en el centro del cartón indicaba podía ser nuestra. Apenas la vi le grité a Jason: mira, perdiste tu cámara en Colombia, pero quien sabe y en Otavalo avanzas con una nueva. (en realidad era usada, pero se veía en buen estado). Jason se acercó en seguida. -¿Qué tengo que hacer?, le pregunto a uno de los dos muchachos costeños que atendían. -Sólo tiene que apuntar bien y disparar así... , y procedió hacer una demostración en la que las tres veces acertó. Parecía muy fácil. Tres veces y la cámara sería nuestra. Sonaba interesante. El muchacho le entrega el rifle a Jason. Primer tiro y la bala de juguete atravesó un chocolate a la derecha del lugar deseado. Me consta que apuntó bien, pero al final la bala terminó al lado. Segundo tiro, nada. Tercer tiro, y sólo dulces otra vez. -No te preocupes, le digo- no estuvo mal para primera vez.  Pero veo que Jason se pica y pide tes tiros más. -Ok, pero ahora es mi turno-, le digo. Agarro la escopeta y disparo. De las tres, una sí fue directo al centro, la otra sólo chocolate. Sin embargo sentí que ese rifle venía con algo que no estaba tan honesto. Como si una parte estuviese torcida y por ende cada vez que se apuntaba bien  tiro salía inevitablemente desviado. Jason se dio cuenta de lo mismo, pero aún así siguió jugando. A su cuarto intento (que equivalía a doce tiros) yo le sugerí parar ya que se estaba yendo el dinero que le serviría para comida. Y de forma graciosa y poniendo cara de serio me dijo: pásenme el rifle, luego río y volvió a disparar infructuosamente. Yo lo intenté una vez más y acerté dos veces, a la tercera se desvió y los dos acordamos en seguir caminando, caso contrario nos volveríamos unos adictos al juego y acabaríamos gastando nuestras provisiones. Avanzamos hacia los otros juegos con la boca llena de caramelos. 


Rifle en mano

El dichoso juego nos dio hambre, así que nos sentamos a comer al pie de un carrito de choclos asados con queso rallado. Apenas cincuenta centavos cada uno. Rico y barato. Yo quedé satisfecha. Jason pidió otro plato de algo más consistente. Luego se retiró para fumar un tabaco y yo me quedé conversando con una mujer que ayudaba a la señora de los choclos. Me llamó la atención su mirada perdida mientras viraba los choclos para dorarlos. Su niño, envuelto en una sábana sobre su espalda, comenzó a llorar. Nuestra conversación empezó porque le preguntó donde podía conseguir chicha de jora cerca, y me dijo que a esa hora no sabía, pero que si yo era de Quito me recomendaba visitar cerca de el Condado, un negocio donde su madre se dedicaba a hacer chicha de todo tipo: jora, yuca y arroz. No sé que me inspiró, pero su mirada me conmovió mucho y la sentí más cercana cuando su nombre resultó ser una coincidencia puesto que ella se llamaba Rocío, como mi madre, y su primera hija se llamaba también Carla. Ella también era de Quito, pero su esposo de Otavalo, y llevaba ya varios meses en prisión, sin sentencia, acusado de robo y de comerciar pequeñas cantidades de droga. Ahora ella estaba con sus 3 hijos, sin otro trabajo que vender caramelos y cigarillos en parques de diversiones. Hago una pausa y pido dos choclos, uno para ella y una para su niño. Me agradece. Mientras ella los va desgranando él niño llora cada vez  más fuerte. -A lo mejor tiene frío, le digo, sería bueno que lo lleve a casa. Pero antes le compro cinco chupetes y dos cigarros. Rocío se aleja y se pierde entre las luces de alguna ruleta rusa. Me siento sobre un colchón de hojas de maíz, al pie del carrito que no ha parado de echar humo.  Volteo y  Jason ya está a mi lado, en silencio, acompañándome una vez más. 

choclitos asados con queso 


La noche es generosa y transcurre sin prisa. Ninguno de los dos lleva reloj ni teléfono. La luna se destapa y las luces de las ruletas parecen satélites que giran desquiciados haciendo reverencias. Me provoca cantar, y lo hago. Jason me mira y me escucha con una atención inquebrantable, como si no hubiese más verdad que mi voz confesándose. Hay mucha gente a nuestro alrededor y sin embargo él es mi único público en medio de ese tumulto. -No pares, me dice. -No pienso hacerlo, contesto. De repente ambos nos acordamos de Edison, nos asustamos y empezamos a reír, se supone que en dos horas nos recogería en su camión para llevarnos a su casa adentrándonos al campo, así que nos incorporamos de inmediato y apuramos el paso en busca de alguna cabina para contactarlo. Han pasado más de dos horas, eso es seguro. Y aunque nos da pena pensar que Edison podría estar preocupado por nosotros, seguimos felices. Creo que en el fondo sabemos que los volveremos a ver.