Nuestro primer objetivo fue llegar esa misma noche a Saquisilí, uno de los cantones enclavados en la serranía andina. Saquisilí es parte de la provincia de Cotopaxi y cuenta con un gran porcentaje de población indígena. Si todo salía bien, llegaríamos a tiempo a las Fiestas patronales y de cantonización, evento que para cualquiera que conoce lo que en Ecuador significa una "fiesta de pueblo" sabe que se trata de una experiencia maravillosa: bandas, comparsas, carros alegóricos, castillos, comida típica y ambulante, gente bailando en las calles y los priostes repartiendo las tradicionales puntas a diestra y siniestra, es decir el trago puro, fermentado especialmente para estas fechas. Jason estuvo de acuerdo en vivir aquello que hasta entonces sólo se lo había contado desde que nos conocimos.
El trayecto fue largo, especialmente para Jason, que habiendo llegando a Cuenca casi al extremo sur, agarró por las mismas otro bus que lo regresara nuevamente al norte. Nuestro punto de encuentro fue Ambato y luego avanzamos una hora más para llegar a Latacunga (que en mi caso fue retroceder). Una vez ahí, casi a media noche y luego de reencontrarnos como si hubiésen pasado varios años y a la vez hubiese sido ayer, conversamos brevemente sobre nuestros respectivos trayectos. Jason engañó su estómago brevemente con un hot dog de carretera y luego, cuando ya estuvimos dispuestos a seguir viajando, nos informaron que ya no habían más buses hacia Saquisilí. Así que probamos suerte jalando dedo en plena avenida, pero esta vez no contamos con la misma suerte que a la salida de Cochasquí, cuando la familia Tituaña nos recogió en su camión rumbo a Otavalo. A lo mejor si esperábamos un poco más lo hubiésemos logrado, pero ambos estábamos agotados y ansiosos por llegar a ese pueblito que de un momento a otro se había convertido en una de nuestras tierras prometidas.
Sin embargo todo salió bien. Un taxi pirata paró en el camino y nos dijo que nos cobraría barato. Yo creí al principio que había parado porque nos haría el favor de darnos un aventón, pero luego de ver que éramos viajeros y que no disponíamos de mucho dinero nos avanzó hasta Saquisilí por una cantidad adecuada. Esa noche estuvimos a punto de dormir en alguna plaza, parque o bajo el portal de alguna iglesia porque el pueblo y los visitantes lo había copado todo. La última opción sería no dormir. Sin embargo tuvimos suerte, luego de un sinnúmero de descripciones fuimos a parar en la dichosa casa verde entre risas nocturnas y cantos errantes. En adelante, la noche fue un cúmulo de estallidos de colores y sonidos, y ambos, inevitablemente, acabamos siendo parte de esa explosión.
El día empezó cuando nosotros lo decidimos. Yo abrí la cortina con el único fin de espiar al mundo. Platillos y tambores estallaban en cada esquina. Más bandas, coplas y copas nos esperaban. Un gran desayuno nos devolvió a la vida. Digno de dos viajeros malandrinos, pero de buen corazón. (¿Cuál es el verdadero crimen en robar papel higiénico o salir sin pagar de un lugar?)... ¿El cielo se nubló y acaso nos importo? Cuando menos nos dimos cuenta estuvimos bailando en medio de las callecitas, cantando coplas y "Vivas Saquisilí" por todas partes. Los priostes no sacaban a bailar y uno tras otro nos daban de tomar todo tipo de brebajes, de todos los colores, de todos los sabores, -A su salud! - A la mía. - Y ala del compadre que acabamos de conocer. Aparecieron los curanderos vestidos de blanco y nos sacaron en medio de la comparsa, me dispuse a preguntarles algo, pero enseguida me escupieron licor en la cara con mucha fuerza, tal como lo hace un shamán, mis ojos ardían y no sabía si reír o llorar de la emoción. Opté por la carcajada, y más cuando vi que Jason también había sido sorprendido por estos personajes de blanco.
Luego asomaron los payasos, las carishinas, más y más personajes, todos y todo, absolutamente todo era una fiesta. El estómago ya reclamaba y compré unas tortillas de maíz rellenas de queso, hechas sobre tiesto, tres por cincuenta centavitos, o seis por 1 dólar. Volteé y una señora sacó a Jason a bailar con la banda en vivo y Don Junito, un lugareño pequeñito, borracho y bailarín me daba vueltas sobre la pista al aire libre. Luego de hacernos amigos de la banda principal, acabamos siendo invitados por los Diablos de Pillaro a quedarnos esa noche en sus casas. Jason y yo agradecimos su amabilidad, pero sabíamos que debíamos continuar nuestro camino. Así que nos hicimos a un ladito para analizar el rumbo que tomaríamos. Ambos concluímos que nos habría encantado quedarnos, pero bien sabemos que si nos quedábamos no habríamos salidos sino luego de varios días, así que entre risas, agua y espuma cayendo por todos lados, compramos una botellita de añejado para el camino... y así seguimos zigzagueantes y animados hasta Latacunga donde tomamos un bus hacia Ambato y finalmente luego de varias peripecias iríamos a parar al Puyo, en la mismísima puerta de la Amazonía.




3 dijeron lo que tenían que decir...:
Soy de Latacunga, Cotopaxi. Y vivo en Estocolmo desde hace catorce años con mi esposa. No sabes la emoción inmensa que me ha entrado al leer estas crónicas, revivo de alguna manera todos aquellos años en mi tierra y la particular forma que tenemos los ecuatorianos de festejar las fiestas de pueblo. También como tú soy amante de los buenos libros, me alegra haber descubierto tu blog. Seguiré leyéndote, Carla.
Saludos.
¡Qué viva Saquisilí!
Que bien la pasaste Carlita.
Publicar un comentario