Luego de que Jason avanzara hacia el Sur, yo me quedé en Quito pero seguí viajando con él de alguna forma. Las cartas me dieron un impulso vital. Sus crónicas y aventuras perfectamente detalladas, se convirtieron nuevamente en el vehículo donde cabían todas las posibilidades. Yo a bordo de sus confidencias y él a bordo de las mías. Me sentí gratificada cuando me dijo que conocerme había enriquecido su vida y que yo le había recordado aquello que más le gustaba de él, cosas que creía olvidadas y que luego de nuestras conversaciones y vivencias volvieron a tomar forma. Siento lo mismo. La misma complicidad que un viajero solitario tiene con el viento. Me siento indescriptiblemente ligada a mis instintos, a la voluntad de sentirme un poco inmortal, de olvidar el tiempo o, mejor aún, de re-inventarlo a su lado.
Jason ya no está, y sin embargo lo veo desglosando la palabra chuquirahua en su libreta, reescribiendo la flor del páramo en una nota que bien podría tener la dignidad de un poema, o meditando solo frente a la Laguna turquesa del Quilotoa, con el agua reflejada en sus pupilas, en sus ojos saltarines como dos peces de agua dulce imposibles de pescar, o conversando con pastores y gente de la montaña, con los niños guías a quienes él les cantaba por la noche canciones de un idioma que no entendían y sin embargo disfrutaban, o lo veía llegando al pueblo de Guayama, San Pedro, de la mano del pequeño Wilson Fabián, su guía hacia Chugchilán, donde Jason sintió como si hubiese caminado a través de un poema de Wordsworth, un poema del que yo también era parte.
Por eso luego de sus cartas contándome sus experiencias en los diferentes pueblitos de Cotopaxi, Chimborazo y luego más al sur: en Los Santiagos y Pallatanga, surgió la plena convicción compartida de que el camino estaba ahí, listo y dispuesto para que nosotros siguiésemos aprendiendo juntos. Él había viajado muchas horas hasta llegar a Cuenca, casi al extremo sur de la serranía, en cambio yo me había quedado al norte de un país que cada vez se me volvía más un rompecabezas. No era nada fácil, pero al final las piezas se movieron, o mejor dicho: tuvimos el coraje de moverlas y acabé viajando sola desde Quito, rumbo al sur, dispuesta a encontrarlo. Él también lo dejó todo en ese momento y subió a buscarme al norte. Habíamos quedado en un punto céntrico y, sin embargo, no teníamos ningún plan específico. La selva era una palabra que había saltado como un grillo dorado en la parte más oscura de la noche. Leí su último postdata: "Tus ojos, cumbres inalcanzables que coronan mis sueños". Armé mi mochila y partí. La carretera se abrió frente a mí como una pendiente, ya no para caer, sino para impulsarme al vuelo.


2 dijeron lo que tenían que decir...:
Tu,mujer,Haces falta en todas partes...
leer tu vida como un intruso invitado, me hizo recordar que la esperanza es lo ultimo que pierde el artista aunque se dedique a escribir de su contraposición..saludos sin conocerte y que la sonrisa dure tanto que cuando el llanto llegue sepa a una sonrisa con mas madurez....
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