martes, febrero 22, 2011

De la familia Tituaña (Otavalo- San Roque- Atuntaqui)

en el negocio de nuestra familia adoptiva
Atuntaqui, 2011

Cuando por fin logramos encontrar una cabina telefónica, Edison ya no contestaba, pensamos que a lo mejor estaría molesto o dormido. Intentamos llamar al celular de Doña Rebeca, y luego de varios intentos finalmente contestó. Me identifiqué enseguida y luego me dijo: "¿Dónde se metieron? estuvimos esperando su llamada, ahorita ya estamos en San Roque". San Roque era el sector donde vivían, un pueblito en el campo, entre Otavalo y Atuntaqui. No quedaba muy lejos, pero para alguien sin vehículo a esas horas de la noche, con una niebla que lo opacaba todo, no era tarea fácil. -"Pero dónde están", continuó. -Seguimos en Otavalo, respondí. Entramos en un parque de diversiones y se nos fue el tiempo, acuérdese que no tenemos reloj. Pero tenemos muchísimas ganas de verlos y pasar la noche en su casa. Doña Rebeca bajó el tono de su voz y dijo: -espéreme un ratito. Se escuchaba ruido y gente conversando por lo que me quedé tranquila de saber que no los despertamos. Luego, con su voz ya más clara me dijo: -ahorita no estamos en mi casa, inesperadamente nos llamaron a casa de mi hermana porque vinieron a pedir la mano de mi sobrina, así que aquí estamos, pero pueden tomar un taxi y .... En ese momento se escuchó la voz de Edison como rebatiendo lo que Rebeca propuso. Al final habían decidido que Edison volvería a Otavalo por nosotros. Esta vez habíamos quedado en encontrarnos en la puerta de la Iglesia de San Francisco en una hora. Pero esta vez también nos confiamos, y hasta nos dimos el lujo de revisar correos, y hasta fuimos en busca de una botellita de puntas para no llegar a la casa con las manos vacías. La búsqueda nos consumió gran parte del tiempo, y terminamos comprando media botella de norteño. Botella que por cierto la terminamos abriendo al pie de la iglesia cuando nos dimos cuenta de que la hora ya se había consumido y que nuevamente, al parecer, nos habíamos cruzado. No sabemos que hora sería, pero el silencio entre la iglesia de piedra y la plaza era ya de por sí embriagador. No sabíamos si ir a buscar otra cabina telefónica o quedarnos esperando aún más. En la espera comenzamos a congelarnos pues el frío se hacía cada vez más intenso, y en nuestra precaria búsqueda de calor, encendimos dos cigarillos, le dimos un sorbo al aguardiente y nos pusimos a bailar en las gradas. De rato en rato paraba algún auto a santiguarse frente a la iglesia, pero se cortaban al vernos ahí como dos locos herejes. Luego asomaron una jorga de muchachos que al parecer eran malandrines y alguien nos recomendó cuidarnos. Avanzamos hacia la plaza central para llamar a Edison, peor me fijé que el papelito donde estaba el número lo dejé en la canina anterior, así que tuvimos que regresar aún más lejos, y diré que en resumen tuve que rescatar el papel literalmente de la basura de un baño público. Al final valió la pena porque nos contactamos con Edison y en unos quince minutos por fin pudimos encontrarnos.  

 Jason y Edison conversando sobre música y viajes

 El reencuentro

retrato de la familia Tituaña años atrás

Durante el camino Jason y yo reíamos mucho. Edison nos quedaba viendo con cara de "qué bueno que rescatamos este par de locos". Luego le entregamos la media botella gastada de norteño. El camino era lúgubre y finalmente llegamos a su casita. Otro camión estaba estacionado al fondo. Al entrar, Rebeca nos recibió con los brazos abierto y nos indicó que los niños ya se habían quedado dormidos de tanto esperarnos. Nos sentimos un poco mal y más cuando nos indicó que habían preparado fotos para indicarnos, y que Adrían, el más pequeño, había dispuesto sobre los asientos sus cuadernos de la escuelita, y que había expresado su deseo de indicarle a Jason sus trabajos de la materia de inglés. Jason y yo nos sentimos más culpables, y prometimos que a la mañana siguiente nos dedicaríamos a pasar tiempo con ellos. En seguida Doña Rebe sacó mantas para que nos abrigáramos y nos sirvió sobre la mesa agüitas aromáticas de hierba luisa, panes y queso. Luego dijo: le preparé una sopita de fideos con papas, pero queda para el desayuno. Luego nos quedamos conversando un buen rato de su historia, de sus hijos. Sobre la pared había una foto de Anita, su hija mayor quien había salido abanderada de su escuela y de quienes sentían mucho orgullo. Luego nos indicaron fotos y tanto Rebeca como Edison sólo conservaban una foto de cuando eran jóvenes. Más tarde, Jason me confesaría que eso le impulso nuevamente las ganas de llevar una cámara de fotos para registrar sus viajes.

 entrada a uno de los cuartos de la casa (tenían una bodega de papel higiénico y otra de comida para aves, porque de ambas son distribuidores)

 
los cuadernos del pequeño  Adrián


Anita

Los primeros en levantarse fueron los pequeños, quienes ya anunciaban que el desayuno estaba listo. Nos trataron como a verdaderos invitados de honor: sopa, sánduches, jugo de tomate, leche. Y sobre todo la voluntad. Edison y Rebeca se adelantaron al negocio, una tienda bien equipada que tienen en Atuntaqui. Conocimos al hijo mayor: Malki, quien la noche anterior había llegado tarde de una fiesta y lo conocimos casi entre sueños. Un buen rato compartimos con los pequeños y Jason se dedicó sobre todo a Adrián. Mientras yo recogía los platos y los lavaba, los escuchaba que en la sala ambos repetían los animales en inglés y español. Llamé a mi casa a contarles que estaba bien, y que por el momento los  planes habían cambiado y que estaba entre Otavalo y Atuntaquí, pero que luego de almuerzo, Jason y yo avanzaríamos hasta Ibarra y el Valle del Chota. Cuando ya todos estuvimos listos, salimos hacia la tienda. 

un gran desayuno 

 Jason y Adrián

ayudando en la cocina

 lecciones de inglés

El sol pegaba cada vez más fuerte nuestros rostros. Mientras esperábamos el bus, escuchamos claramente la música saliendo de una de las casas cercanas. Era todavía muy temprano, pero la fiesta iba en aumento, y al parecer se trataba de un matrimonio indígena que había comenzado uno o dos días atrás. Tuve todas las ganas de acercarme, pero nuestro bus no tardaría en llegar; así que al menos desde la calle pude seguir el ritmo de los san juanes que se escuchaban y comencé a bailar. Jason me siguió el paso y de pronto ya estábamos bailando de acera a acera. El pequeño Adrián se reía, yo lo invité a bailar también, y entonces llegó el bus.

San Roque

el pequeño Adrián


Atuntaqui estaba muy cerca de San Roque, no fueron ni veinte minutos. Desde la ventana observamos una hilera de casitas pequeñas, muchas parecían estar hechas de barro y tejas. Bastaba subir un poco la vista para nuevamente admirar la imponencia de las montañas. 
Al llegar a la tienda, Rebeca, Edison, y los pequeños estaban todos ocupados con los clientes. Jason y yo nos emocionamos al verlos prósperos y unidos. Luego nos presentaron al último de sus hijos que nos quedaba por conocer. Ya llegaba la hora de marcharnos, y Doña Rebeca se acercó a dejarnos dos botellitas de agua y caramelos para el camino. Luego intercambiamos nuestros respectivos contactos. -"Ya saben", dijo, "si ustedes vuelven pueden llegar con confianza a mi casa, aquí son bienvenidos". Yo dije que volveré, sin duda. Y Jason también le toma la palabra. Nos despedimos de todos con un fuerte abrazo, y sentimos que vamos bendecidos por esta gente que sabe de amor.



Nuevamente solos en el camino. Tenemos hambre, así que decidimos comer antes de avanzar. Escogemos mariscos, recomendación de Edison. Dos encebollados y dos limonadas. Satisfechos. Una camioneta nos da un aventón de la plaza a la carretera. A lo lejos viene un autobús del que no se puede distinguir el letrero de su destino 
-¿Y ahora, a dónde vamos?, pregunta Jason. 
-Podemos agarrar un bus que nos lleve directo al Chota, respondo, pero con este sol, sería un pecado no pasar por Ibarra para tomar unos helados de Rosalía. 
-Mmm...helados de Rosalía, suenan bien
-Y saben aún mejor, espera a que los pruebes. 
El bus se detiene a pocos metros. Jason apaga el cigarro que segundos antes lo había encendido y lo guarda.  -¡A Ibarra, a Ibarra! grita el cobrador. Nos subimos enseguida y el bus vuelve a acelerar.

3 dijeron lo que tenían que decir...:

Lumberto dijo...

Otavalo es una ciudad mágica y sus alrededores también Soy de Chile y guardo buenos recuerdos de toda esa provincia y su cálida gente. Saludos.

Pablo Benítez dijo...

Buen viaje!

Sisa dijo...

pay, warmicita.