Salto de nuevo a la carretera. Esta vez decidí no sólo acompañar a Jason a (re) descubrir los rincones de Quito sino que armé mi mochila para avanzar juntos hacia el norte. Mucho me motivaron sus últimas crónicas de viaje escritas desde el Sur, cuando salió con la intensión de visitar Papallacta y acabó escalando solo, durante nueve horas seguidas, el Volcán Tungurahua, entre visiones, sombras y aullidos de perros fantasmas. Se fue ligero como siempre una mañana y regresó con un puñado de anécdotas en el bolsillo. Anécdotas que desde luego me compartió como si yo hubiese sido su última testigo sobre la faz de la tierra. Me emociona leerlo, cómo negarlo. Jason no sólo habla bien español, sino que definitivamente su manejo del lenguaje, y la fuerza que le otorga a cada palabra, es excelente. Lo mejor -al menos para mí- es que no sólo es una cuestión de forma o estilo sino que sus textos, claros y precisos, llevan algo más que un simple mensaje. Leerlo me resulta una experiencia reveladora. Reveladora y renovadora. En sus cartas no sólo me cuenta lo que ve/piensa/siente sino que literalmente me transporta al lugar descrito. Por ello y porque deseo redescubrir los territorios de los que hasta hoy le he hablado con devoción, salto a la carretera y afilo mi pluma.
Fernando Aramburu. El vigilante del fiordo.
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Tusquets, 2011. 186 páginas. Probablemente lo vi recomendado aquí: Fernando
Aramburu: El vigilante del fiordo. Cuando compro cualquier libro de saldo
porqu...
Hace 2 horas


1 dijeron lo que tenían que decir...:
te sigo, Carlita
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