sábado, febrero 19, 2011

Next Stop: Otavalo


Atrás dejamos las pirámides de Cochasquí y las tolas funerarias, las llamas, los pencos, Don Octavio y el espíritu de la Quilago. Al frente: carretera y montañas. Y al costado el peaje donde los autos se ven obligados a parar para pagar su cuota. Jason acaba su cigarro y me pregunta a cuánto estamos del Valle del Chota. -Falta mucho todavía, respondo, pero podemos agarrar un bus que vaya hacia el norte. -O podemos pedir a alguien que nos acerque, replica. -Estoy de acuerdo, contestoLa tarde empieza a opacarse y Jason extiende su brazo hacia la carretera. Dos autos pasan de largo. Un tercero y cuarto vienen lento, pero él parece ignorarlos. A lo mejor su intuición le dice que no son los correctos.  Olfato de mochilero, supongo. El quinto es un camión blanco con un encabezado que dice "Corazón Viajero". Jason avanza repitiendo la acción y a pocos metros el camión estaciona a la orilla derecha.  


Acelero mis pasos y me acerco a la puerta para ver de quien se trata. Buena puntería, pienso. Veo un par de sonrisas y unas manitos que me saludan. Se trata de una familia indígena originaria de Otavalo. -Aquí no hay suficiente espacio, dice la señora, pero podemos acomodarnos. Lo que más importa es la voluntad, así que suban. Le hacemos caso y les damos las gracias. De inmediato nos envuelve un calor familar. Ella se llama Rebeca como mi abuela, y él se llama Edison. Tres muchachos van recostados sobre el angosto compartimento de atrás, donde parecería únicamente haber espacio para las mochilas. Sus buenos modales saltan a la vista cuando al vernos se incorporan rápidamente y uno por uno se va presentando como si estuviesen en su primer día de escuela. Sus rostros son muy dulces y se percibe fácilmente que son gente buena. 
Familia Tituaña



En seguida Rebeca sonríe y me dice: Ud sacó una foto del camión cuando su amigo se acercó a pedirnos ayuda, como si estuviese guardando evidencia por si resultábamos ser malas personas... cuando en realidad nosotros deberíamos haber tomado medidas de precaución. -¿Pero acaso tenemos cara de malandrines?, le digo también sonriendo. Edison coloca un cd. -¿Son san juanes?, pregunto emocionada. -Sí, son san juanes, ¿le gusta?. -Me encaaaantan, respondo, más de lo que se imagina. Los bailo casi a diario porque integro un grupo de danza.... Edison me miró soprendido y luego me dijo que él integraba un grupo de música y que, a pesar de que el grupo ya se disolvió, él aún toca varios instrumentos. Suenan flautas y charangos al interior del camión. Es fácil saber cuando alguien en realidad ama su arte, porque parecería que las notas están a punto de salir disparadas por sus pupilas. Edison nos contó que incluso llegó a viajar por varias partes del mundo, tocando música andina en plazas, mercados y teatros. "Nosotros pasábamos de todo con tal de llevar nuestra música a la mayor parte de lugares, y siempre encontrábamos gente buena que nos ayudaba en el camino, por eso  a mí también me gusta ayudar cuando veo gente como ustedes que anda con sus mochilas llenas de sueños". Luego nos cuenta un par de historias de otros viajeros a los que Edison recogió en el camino.


Edison conversa con Jason sobre algunas ciudades de Estados Unidos, y de rato en rato yo los interrumpo para señalar los pueblitos a los que vamos llegando. "Mira estamos entrando en zona florícola, todo eso que ves son invernaderos y más allá es Cayambe, la tierra de los bizcochos y de las coplas cantadas en las fiestas de San Pedro". Rebeca nos pregunta cuál es nuestro destino. -"No sabemos", respondemos casi al unísono. Desde el compartimento, con una vocecita casi imperceptible Adrián sugiere: Otavalo. Yo sonrío, y continúo: "Teníamos planes de llegar al Valle del Chota, pero quien sabe  a lo mejor hacemos una parada estratégica en Otavalo". Rebeca le dice algo a Edison en quichua, pero ellos no saben que yo también hablo su lengua y entendí perfectamente que ella le dijo que quería ofrecernos posada en su casa y cuidar de nosotros hasta el siguiente día. Edison dice estar totalmente de acuerdo. Luego nos lo comunican en español. -"Queremos invitarlos a nuestra casa, pero la nuestra es una casa de campo", dice Rebeca. -Mejor todavía, responde Jason. Así también lo siento yo. Nos parece una oportunidad muy bella de compartir con ellos y de conocer las afueras de Otavalo. 

Al llegar a la ciudad, la familia Tituaña nos dejan a una cuadra de la Plaza de Ponchos, no sin antes acordar que Edison nos recogería en un par de horas. Nos despedimos y nuevamente los pequeños elevan sus manos desde el compartimento. Jason y yo bajamos con nuestras mochilas y comenzamos a caminar. No muy lejos observamos unas luces intermitentes, se trata de un parque de diversiones. -¿Quieres ir?, pregunta Jason. Y antes de que terminara su pregunta yo ya empiezo a caminar hacia allá...

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