Río Chota
Descenso hacia el Juncal
Casi no demoramos nada en conseguir el vino de ovo ya que antes de llegar a Ambuquí el conductor nos ayudó con sus consejos: "Van a ver en seguida unas casetas, allí veden las botellas de vino, hay de varios tamaños. Si quieren yo paro el bus por un momento y usted se baja volando, yo le espero a que compre y luego arrancamos..." La idea era muy buena, y luego el chofer continuó sin esperar mi respuesta: "Ahora... si no hacen eso... uuuhh, olvídese, les tocaría esperar otro bus y ya no va a alcanzar a llegar al río cuando todavía esté claro". Aceptamos.
Nuestro amable conductor del bus Pimampiro
vino de ovo sobre mis pies y más carretera
El chofer detuvo el bus a la orilla derecha de la carretera y yo me bajé flechada. Una mujer negra de unos 60 años me extendió la botella con el mágico brebaje por apenas 3 dólares. Sonreí y me dispuse a pagarle, pero en ese momento, y a vista y paciencia de todos los pasajeros curiosos que veían por la ventana, me di cuenta que no tenía sueltos, así que el cobrador del bus me puso al cambio. "luego me da, pero apuuuuúrese". Le agradecí. Pagué. Y, ya con los motores nuevamente encendidos y con la botella de vino en mano, regresé al bus.
Estábamos muy cerca de nuestra siguiente parada, así que Jason y yo nos quedamos adelante, con una vista privilegiada. Yo en el asiento contiguo del chofer y él sentado sobre las gradas. Al llegar nos despidieron y desearon buena suerte. Nosotros también lo hicimos, y una vez que les dimos las gracias, bajamos e ingresamos directamente al río, dispuestos a cruzar a la otra orilla.
*
-Aquí el Tiempo no me asusta, le digo a Jason, mientras seguimos cruzando. Él se aventura primero y luego voy yo, sujetando muy fuerte mi cámara y mi diario, envueltos en mi pañuelo y cargados a la espalda. Al llegar halamos la recompensa: el descanso. Recuerdo de inmediato la primera vez que ingresé a esté río, aquella vez cuando nos juntamos mi amigo Jorge Luis Narváez, Miguel Arcos, su esposa Samia y los niños. Sin duda lo más potente esa vez fue ser testigo de "el museo de lo efímero" como Miguel denominó a su montaje de piedras sobre piedras dentro y fuera del río. Una exposición majestuosas que, en efecto, y haciendo alusión a su nombre, duró muy poco para único deleite de quienes estuvimos presentes esa tarde. Le conté a Jason aquella maravillosa experiencia y también del perfomance que Miguel hizo desnudo, trasladándonos a la era del paleolítico.
Quise entonces compartirle el texto que escribí aquella vez, pero no lo recordaba textualmente, y no quería fragmentarlo de acuerdo a mi memoria. El texto que escribí era el siguiente:
Cuando nos dimos cuenta, Jason y yo teníamos un séquito de mosquito rodeándonos. Caímos en cuenta que eran aproximadamente las 6 de la tarde, más conocida como la hora del mosquito, ya que al oscurecer y estar cerca del agua estos bichos se vuelven fieras en busca de sangre humana. Parecería que exagero, pero lo cierto es que en pocos minutos, los moscos nos estaban devorando. Olvidamos llevar loción antimosquitos, y no sé que se me cruzó en la cabeza que tuve la "brillante" idea de que nos echáramos encima el vino de ovo creyendo que eso los ahuyentaría. Repito: no sé qué diablos se me cruzó por la cabeza, y no sé por qué Jason me hizo caso, si es claro que lo dulce no hace otra cosa que atraerlos más. Pasaron 5 minutos y estábamos enronchados, sin embargo no queríamos que nada nos perturbara, así que nos hicimos al dolor y cinco minutos más tarde ya estábamos ambientados. -Qué más da, dijimos, y luego tuvimos una conversación bellísima en la que hicimos un panorama a tientas de nuestras vidas. Jason me escucha con la misma atención de siempre. Y lo siento más cercano que antes, mucho más. De pronto me viene un temor profundo al tomar conciencia de ciertas cosas, y yo me siento cómoda contándole de algunos sueños que tengo. Hablamos de viajes, de libros, de despedidas, de creencias. -Mi dios son los instintos, dice. Y yo escucho rugir la tola funeraria que nos escolta en frente. ¿Cuántos huesos yacen dentro de esa montaña? El vino sigue bajando así como el sol que casi ya ha desaparecido, pronto volveremos a cruzar el río para bajar hasta el Juncal y tratar de encontrar la tienda de la esposa de Don Milton Tadeo, autor de canciones como La Carpuela, y cuyas notas creo escuchar de lejos, como si Don Milton me llamara, como si nunca se hubiese muerto.
vino artesanal de ovo en botella reciclada de whisky
bichitos
Jason y yo tratando de ahuyentar a los mosquitos
Logramos llegar a la otra orilla a tiempo. Aquí abajo es completamente oscuro. Lo único que arriba resplandece son la luna y las estrellas. Sentimos una energía poderosa desde la tola funeraria. Antes de avanzar, agarro una piedra y luego empiezo a cantar frente a esa montaña, lo hago con tanto sentimiento que hasta me agarran unas ganas tremendas de llorar. Jason me dice no pares. Entonces sigo cantando, tan alto y fuerte que hasta parece que los esqueletos de la tola van a salir a acompañarme. Y ya no tengo miedo. El acto se vuelve solemne. Silencio. Volvemos a la carretera. Las luciérnagas nos guían.


4 dijeron lo que tenían que decir...:
El vino sigue bajando así como el sol que casi ya ha desaparecido ..
que buen recuerdo, C.
bella crónica. Ya extrañaba tus historias, Carla. Espero que esa derie de entregas de tus viajes sea más seguida. saludos desde Nuevo México.
no te dejes extrañar tanto por estos laaares. Quiero ese vino de ovo!!! Suerte, niña.
Saludos Carla, Aqui desde el sillón de mi casa voy soñando con Mujer en tierra firme!! , veo que estuviste en el casquivano Perú,vi las fotos están guapas seguramente habrás querido visitar más lugares tan hermosos con tu Ecuador. Ahora seguiré soñando con esas joyitas de blues en video muy antiguas por ello bellas. Gracias Carlita por el blog, gracias por ser tan guapa.
Veo que en el indice de tu blog esta Ivan Thays de quien ahora me ocupo; “Un lugar llamado oreja de perro”
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