Entonces el camino se multiplica y Jason y yo nos damos cuenta de que ya no es una vía lo que la flecha indica, sino dos, tres, cuatro, cinco posibilidades para seguir viajando. Para morir un poco menos en el Tiempo. Huir, por ejemplo, de la posada de Doña Luz para no morir asfixiados, y avanzar caminando por las calles del Juncal hacia San Lorenzo o hacia Ibarra o hacia cualquier lugar en alguna camioneta que se detenga y nos lleve. Pero a esta hora ya no pasa una sola alma... hasta que el silencio se rompe con el último bus a Ibarra. Nos subimos sin pensarlo dos veces con la esperanza de mañana partir temprano hacia la playa para ver el mar. El mar en Esmeraldas. No le digo nada a Jason, pero temo que no llegaremos a ver el mar juntos. Al menos no por ahora, siempre las promesas de océano me han sonado lejanas y se han esfumado como olas de sal. Por eso prefiero no pensar mucho esta vez y simplemente dejar que el viento decida. Al llegar, Ibarra está completamente dormida. La niebla es espesa. Y de pronto nos hallamos en un edén decadente vigilado por una vieja beata y amargada. Todo es precario y sin embargo mi corazón se siente complacido y halagado. Jason me canta Me & Bobby McGee de Janis Joplin. Y pienso que profanar sitios ajenos se ha vuelto una afición conjunta.
Huir a veces es de valientes, pienso. Siempre y cuando se esté convencido de la huida. Corté mi dedo en la mañana por accidente y Jason me lo curo. Luego fuimos a un chifa y yo escribí sobre su hombro derecho: "la posibilidad del eterno retorno". Me miró de reojo y sonrió. Luego me peleé con la china que atendía y acabamos yéndonos de ahí. Pienso en la larga conversación de esta mañana. En las confesiones necesarias. Caminamos hacia la terminal, en el camino compra una oreja de dulce y unas galletas. Al llegar a la estación compramos una botellita de anizado para el frío que se viene con la tarde. La noche nuevamente nos agarrará en la carretera. Escribo cosas que ni yo mismo entiendo en este diario, palabras que se repiten como eternos retornos en mi lengua y en mi piel.
Al llegar a Quito quiero huir hacia Quito. (¿Pero ya estoy en Quito?) Es extraño. Luego me doy cuenta de que mi cámara de fotos se quedó en el autobús, pero al subir de nuevo parece que alguien la robó. Sentí un frío recorrerme entera, todos nuestros registros estaban en esa cámara y si se perdían no habría luego de muchos años posar la vista sobre estas crónicas que a lo mejor sólo para los dos son importantes. Pero al final, cuando ya todos se dieron por vencidos. Yo metí mi mano entre los asientos, raspándolo con los fierros oxidados, y saqué del fondo la cámara. Vuelvo a respirar tranquila. Tengo apenas segundos para decidir nuevamente qué camino seguir. La vida es una eterna terminal de buses, pienso. Flechas y flechas. Rótulos y rótulos. Pasillos y pasillos. A la derecha correspondía el camino hacia mi casa. Agarro mi mochila y nos embarcamos nuevamente. El bus gira hacia la izquierda.


4 dijeron lo que tenían que decir...:
Leerte es siempre quedar al expectativa de algo que parece ser cada vez más grande, pendes al filo de un principio a veces y llevas quien te lee a lo mismo. Me emocionan tus historias, me intrigan.
me encanta como escribes, niña.
¿seguirás viajando? suerte en el camino. Abrazo desde Argentina.
Always
There's somebody
behind a window
waiting
your voice of "caracola"
What this same voice
leave breathless them
tomorrow
Bye
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