Jason McGahan, Carla Badillo Coronado, niños de El Juncal
Valle del Chota, 2011
El título lo resume todo. Caminar por el filito de una carretera oscura y de rato en rato hacerse un lado para que un carro no se nos vaya llevando parte del cuerpo que es como decir nuestro equipaje. Llegamos al pueblo y los pequeños estéreos reproducen música desde las humildes casitas. Pensamos que no encontraríamos nada abierto y la noche era nuevamente esa ventana abierta hacia infinitas posibilidades. "Aquí en el Juncal no hay ni hostales ni hoteles ni pensiones", dijo alguien. No nos preocupamos. Quizá intuímos que al final todo saldrá bien. Así que me entretengo con los niños que de entrada nos guiaron y se me olvida preguntar a tiempo por la mujer de Milton Tadeo o dar la referencia de Jorge Luis.
Debía regresar a Quito y sin embargo me he quedado. Jason come una merienda completa y mientras tanto yo compro morocho en leche para los niños. Jilson, Javier, Willian y otros pequeños que también sueñan de grandes ser futbolistas o músicos. Porque este pueblo es pobre pero rico en sueños. ¿O quién dijo qué una pelota improvisada de trapo no marca goles? Suena la marimba que para otros es una vieja mesa de madera durante el día. Los niños ríen, estallan en risas. Jason y yo somos parte de esta jorga de muchachos imparables. Siento mucha emoción de haberlos encontrado. Son una bendición en el camino. Jugamos, cantamos, y de rato en rato me peinan mis cabellos sucios y despeinados por el río y el viento. Uno de ellos agarra mi diario azul y lo abre en la mitad, agarra un esfero y empieza a dibujar, luego le pasa a su amigo, y luego al otro, y lo que es mi pertenencia inseparable e intransferible se convierte en el lienzo de estos niños de piel oscura y luminosa. Jason se levanta para comprar un helado de salcedo. Un helado casi a media noche porque aquí el horario a veces parece un ave de mal agüero. Un ave a la que no le hacemos caso. Es mejor ahuyentar relojes y seguir riendo.
Debía regresar a Quito y sin embargo me he quedado. Jason come una merienda completa y mientras tanto yo compro morocho en leche para los niños. Jilson, Javier, Willian y otros pequeños que también sueñan de grandes ser futbolistas o músicos. Porque este pueblo es pobre pero rico en sueños. ¿O quién dijo qué una pelota improvisada de trapo no marca goles? Suena la marimba que para otros es una vieja mesa de madera durante el día. Los niños ríen, estallan en risas. Jason y yo somos parte de esta jorga de muchachos imparables. Siento mucha emoción de haberlos encontrado. Son una bendición en el camino. Jugamos, cantamos, y de rato en rato me peinan mis cabellos sucios y despeinados por el río y el viento. Uno de ellos agarra mi diario azul y lo abre en la mitad, agarra un esfero y empieza a dibujar, luego le pasa a su amigo, y luego al otro, y lo que es mi pertenencia inseparable e intransferible se convierte en el lienzo de estos niños de piel oscura y luminosa. Jason se levanta para comprar un helado de salcedo. Un helado casi a media noche porque aquí el horario a veces parece un ave de mal agüero. Un ave a la que no le hacemos caso. Es mejor ahuyentar relojes y seguir riendo.
Uno de los niños se levanta y -en medio del restaurante con pinta de tabernita improvisada- se pone a bailar bachata de una letra puñalera. Su compañero se le une y finalmente salto a la pista yo también a bailar. O aprender, mejor dicho, porque estos muchachos nacieron con las caderas vibrando y los pies saltarines. Las letras de las canciones desgarran la voz de los dos borrachitos de la esquina. Ya casi van a cerrar el local y no tenemos donde quedarnos. Los niños nos hablan de una señora que ayuda a los errantes. "Les da a los viajeros una estera sobre el suelo y a veces hasta el desayuno". Fuimos todos hacia allá. Un señor desde su ventana me sonríe con sus labios blanquísimos en medio de la negritud de su rostro y de la noche que lo enmarca. La luna es más alta de lo que yo me imaginaba, y sin embargo tan próxima. Los niños quieren que mañana vayamos a su escuela y luego nos llevarán al río a pescar Doradilla. Apuramos el paso hacia el lugar de la posada, y en el camino, a media noche, puedo casi ver salir el sol.


1 dijeron lo que tenían que decir...:
Hola Carla: Realmente esos pueblitos perdidos entre la nada y el olvido de la sociedad son los que más satisfacciones dan a los viajeros y a los que tenemos la suerte de leer estos relatos llenos de color y sabor de tu tierra.
Muchas gracias por compartir tus vivencias con el cibermundo sin fronteras del que formamos parte.
Un ciberabrazo de luz.
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