Me encantan las ferias populares: mercados, plazas, parques de diversiones; y en esta ocasión Jason y yo teníamos dos horas para pasear en uno de esos parques llenos de atracciones mecánicas y luces por todo lado mientras Edison regresaba por nosotros. A diferencia de las grandes ciudades, este tipo de parques tienen más encanto cuando se instalan en ciudades pequeñas o pueblitos, porque el ambiente es más festivo y se encuentran cosas como comidas populares o personajes extravagantes como encantadores de serpientes o mujeres que afirman que su cuerpo puede caber en el interior de un florero.
para matar el hambre
Entramos a la casa del terror y lo que me agarró fue un ataque de risa. Recordé que cuando tenía seis años las niñas de los cursos superiores de mi escuela solían organizar unas casas del terror muy artesanales y básicas pero que para nosotros era toda una experiencia literalmente alucinante. Tanto me gustaban que más tarde sería yo la que organizaría tales eventos en mi casa y cuyos asistentes eran mis primos menores. Esta vez, la experiencia fue graciosa porque lo que más me asustó (o quizá lo único) fue ya casi al salir, cuando vi que alguien se apareció de la nada, pegué un grito tan fuerte que hasta el hombre de la boletería tuvo que acercarse para ver que pasaba, pero lo más gracioso fue que la persona que me hizo asustar ni siquiera era parte del show sino que resultó ser una muchacha del público que debido a la oscuridad tropezó junto a mí.
casa del terror
apuntando hacia planetas lejanos
Más adelante dimos con uno de esos juegos de rifle, caramelos y uno que otro premio más apetitoso en el centro. El premio mayor esta vez se trataba de una cámara de fotos, que en caso de pegarle tres veces en el centro del cartón indicaba podía ser nuestra. Apenas la vi le grité a Jason: mira, perdiste tu cámara en Colombia, pero quien sabe y en Otavalo avanzas con una nueva. (en realidad era usada, pero se veía en buen estado). Jason se acercó en seguida. -¿Qué tengo que hacer?, le pregunto a uno de los dos muchachos costeños que atendían. -Sólo tiene que apuntar bien y disparar así... , y procedió hacer una demostración en la que las tres veces acertó. Parecía muy fácil. Tres veces y la cámara sería nuestra. Sonaba interesante. El muchacho le entrega el rifle a Jason. Primer tiro y la bala de juguete atravesó un chocolate a la derecha del lugar deseado. Me consta que apuntó bien, pero al final la bala terminó al lado. Segundo tiro, nada. Tercer tiro, y sólo dulces otra vez. -No te preocupes, le digo- no estuvo mal para primera vez. Pero veo que Jason se pica y pide tes tiros más. -Ok, pero ahora es mi turno-, le digo. Agarro la escopeta y disparo. De las tres, una sí fue directo al centro, la otra sólo chocolate. Sin embargo sentí que ese rifle venía con algo que no estaba tan honesto. Como si una parte estuviese torcida y por ende cada vez que se apuntaba bien tiro salía inevitablemente desviado. Jason se dio cuenta de lo mismo, pero aún así siguió jugando. A su cuarto intento (que equivalía a doce tiros) yo le sugerí parar ya que se estaba yendo el dinero que le serviría para comida. Y de forma graciosa y poniendo cara de serio me dijo: pásenme el rifle, luego río y volvió a disparar infructuosamente. Yo lo intenté una vez más y acerté dos veces, a la tercera se desvió y los dos acordamos en seguir caminando, caso contrario nos volveríamos unos adictos al juego y acabaríamos gastando nuestras provisiones. Avanzamos hacia los otros juegos con la boca llena de caramelos.
Rifle en mano
El dichoso juego nos dio hambre, así que nos sentamos a comer al pie de un carrito de choclos asados con queso rallado. Apenas cincuenta centavos cada uno. Rico y barato. Yo quedé satisfecha. Jason pidió otro plato de algo más consistente. Luego se retiró para fumar un tabaco y yo me quedé conversando con una mujer que ayudaba a la señora de los choclos. Me llamó la atención su mirada perdida mientras viraba los choclos para dorarlos. Su niño, envuelto en una sábana sobre su espalda, comenzó a llorar. Nuestra conversación empezó porque le preguntó donde podía conseguir chicha de jora cerca, y me dijo que a esa hora no sabía, pero que si yo era de Quito me recomendaba visitar cerca de el Condado, un negocio donde su madre se dedicaba a hacer chicha de todo tipo: jora, yuca y arroz. No sé que me inspiró, pero su mirada me conmovió mucho y la sentí más cercana cuando su nombre resultó ser una coincidencia puesto que ella se llamaba Rocío, como mi madre, y su primera hija se llamaba también Carla. Ella también era de Quito, pero su esposo de Otavalo, y llevaba ya varios meses en prisión, sin sentencia, acusado de robo y de comerciar pequeñas cantidades de droga. Ahora ella estaba con sus 3 hijos, sin otro trabajo que vender caramelos y cigarillos en parques de diversiones. Hago una pausa y pido dos choclos, uno para ella y una para su niño. Me agradece. Mientras ella los va desgranando él niño llora cada vez más fuerte. -A lo mejor tiene frío, le digo, sería bueno que lo lleve a casa. Pero antes le compro cinco chupetes y dos cigarros. Rocío se aleja y se pierde entre las luces de alguna ruleta rusa. Me siento sobre un colchón de hojas de maíz, al pie del carrito que no ha parado de echar humo. Volteo y Jason ya está a mi lado, en silencio, acompañándome una vez más.
choclitos asados con queso
La noche es generosa y transcurre sin prisa. Ninguno de los dos lleva reloj ni teléfono. La luna se destapa y las luces de las ruletas parecen satélites que giran desquiciados haciendo reverencias. Me provoca cantar, y lo hago. Jason me mira y me escucha con una atención inquebrantable, como si no hubiese más verdad que mi voz confesándose. Hay mucha gente a nuestro alrededor y sin embargo él es mi único público en medio de ese tumulto. -No pares, me dice. -No pienso hacerlo, contesto. De repente ambos nos acordamos de Edison, nos asustamos y empezamos a reír, se supone que en dos horas nos recogería en su camión para llevarnos a su casa adentrándonos al campo, así que nos incorporamos de inmediato y apuramos el paso en busca de alguna cabina para contactarlo. Han pasado más de dos horas, eso es seguro. Y aunque nos da pena pensar que Edison podría estar preocupado por nosotros, seguimos felices. Creo que en el fondo sabemos que los volveremos a ver.


1 dijeron lo que tenían que decir...:
comparo plenamente aquello de que los parques y ferias de pueblitos son más mágicos que los de ciudades grandes, soy de provincia y ahora vivo en una metrópli. sé a lo que te refieres. Que sigas disfrutando de tus viajes, y a nosotros deleitándonos con tus aventuras.
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