miércoles, febrero 02, 2011

De alturas, vírgenes y otras historias al caer la niebla

Kitu, Ecuador 2011

Jason sigue en la ciudad, y yo sigo acompañándolo. Fui sincera cuando le dije que sería un pecado marcharse sin ver a Quito desde las alturas. Por eso se quedó para recorrer conmigo otros rincones llenos de magia. Siento que él confía mucho en mis rutas, y no tiene miedo de perderse en esta ciudad amurallada de volcanes. Subimos al teleférico. 4.050 metros de altura. Durante el recorrido Jason me dice que este teleférico, comparado con los de otros países que el visitó en los últimos meses es superior. Desde arriba ya se puede dar cuenta de que Quito es más largo que ancho. Y las quebradas, y los cerros, y la ciudad vieja y la nueva. La altura desde aquí no marea, todo lo contrario. La perspectiva seduce. A lo lejos ya se ve la virgen del Panecillo. Le cuento que se trata de la Virgen de Quito, de la que se suele decir a manera de broma que es la única que queda en la ciudad. Sonríe. Abajo se va desenrollando como un mapa el territorio de mis ancestros, del pueblo Quitu-Cara. 




Con la fuerza del viento la tarde se vuelve un paraíso. Caminamos. Parecería que estamos a punto de tocar las nubes. Muchas de ellas ya quedaron abajo. El sol va dorando matorrales y Jason sigue desgastando los mismos zapatos de cada día. No se siente mareado en absoluto. Y ya en la baranda de madera conversarmos por largo rato. Hablamos de las lenguas primigenias. Del origen, de la raíz, de la memoria. Y de rato en rato me hace nombrar lo que ya no sabía. Me redescubro en una canción. Luego silencio. Y nuevamente avanzar.




-Cuéntame más de la Virgen del Panecillo, me dice. -Te lo contaré todo desde allá, le digo. Vámonos. Y entonces mi madre espera en el auto y nos lleva para no quedar atascados en el tráfico de media tarde. En el camino nos habla sobre su paso por Colombia y un pequeño accidente que tuvo a la altura del tobillo. Para la cicatriz que tiene me sorprende que no se haya quejado ni un sólo momento. El cielo ha estado impecable. Hace un calor primaveral que dan ganas de echarse a dormir en la primera colina que uno encuentre. Avanzamos por los túneles, San Diego y subimos al mirador. Yaravic Loma.  Nuevas alturas, nuevas historias. 

La cima de la Libertad donde se llevó a cabo la batalla de Pichincha el 24 de mayo de 1822


"La virgen del Panecillo está compuesta por siete mil piezas de aluminio. La obra es una réplica de la escultura de 30 centímetros realizada en el siglo XVIII por el escultor quiteño Bernardo de Legarda, la misma que reposa en el altar mayor de la iglesia de San Francisco, y que está considerada como la obra cumbre de la escultura de la escuela quiteña colonial. La escultura representa a la Virgen María tal como se la describe en el libro bíblico del Apocalípsis: una mujer con alas, una cadena que apresa a la serpiente que tiene bajo sus pies y que representa a la bestia del 666. Es por ello que además de los nombres de Virgen de Quito ó Virgen de Legarda (por el escultor de la obra original), esta estatua también es llamada Virgen del Apocalípsis."

Esta foto me la sacó Jason desde el balconsito que bordea, desde las añturas, la base de la virgen.


Bajamos con el sol y nos vamos derechito a Guápulo. En el camino Jason saca su libreta, una pequeña y medio destartalada, y apunta ciertos nombres  en quichua que le enseñé. Me da curiosidad saber que más escribe en ella. Sé que aunque no me habla mucho del tema, escribe. Quiero leerlo. Llegamos a un café bar en una de las cuestas. Papas y cervezas. -Ahora brindemos, le digo. Pero por qué, preguntó. -Por qué no, responde. Y entonces me recuerda  al bueno de Ali Mongo con su clásico why not cada vez que brindaba conmigo con cognac en mano en Caffe Trieste o en Specs. 

Guápulo


Sobre la mesa barajamos nombres y ciudades. Ahora me cuenta como inició en realidad todo esto del viaje. De su última estancia fija que fue Nueva York. Y yo le hablo, como es lógico, de San Francisco. Le hablo de Mark y de los viejos y los locos de North Beach. Él me cuenta de varias anécdotas sobre todo en México. Una de ellas cuando visitaba una comunidad indígena que estaba en pie de lucha por alguna causa de injerencia gringa. Jason iba adentro de un auto con un amigo suyo. Pero hubo un momento en que el grupo de nativos paró el auto bloqueando su ingreso, puesto que no sabían si se trataba de alguien que representara una amenaza para ellos. Lo vieron "güero" y creyeron que era el típico gringo "conciliador" que nada más quería espiar. Pero Jason iba en otro plan, y hacía rato que su corazón estaba con ellos. Recuerda que los niños de la comunidad se acercaron a los vidrios del auto y de su furia opacaron las ventanas por la respiración agitada que salía de sus narices. Hubo otros que gritaban cosas que Jason no lograba entender, pero intuía. Entonces le pidió a su amigo que era de la zona y hablaba tzotzil que les dijera que él está con ellos y que va a escribir sobre sus reclamos, incluso llegó a preguntarles si podrían tomarles una foto. Y luego de que vieron que el acompañante era su amigo, accedieron. Puedo abusar de mi memoria en este momento, pero lo cierto es que Jason me lo contó con tanto detalle, que por momentos sus pupilas se volvían una pantalla en la que se proyectaba su historia. Pude ver claramente los rostros de toda esa comunidad enardecida e inmediatamente sus brazos, relajados, abriendo paso. Y supe entonces que estaba frente a un gran contador de historias, cuando pude sentir en mi rostro el polvo levantado por los pies de esos niños.

2 dijeron lo que tenían que decir...:

El llanero solitario dijo...

tus ojos son ventanas, celebro que vivas todo ello y nos lo cuentes.

Pablo Benítez dijo...

que ricoooooo!