lunes, enero 24, 2011

Jason McGahan (o el viajero dentro del viajero)

by CBC
Kitu. Pichincha. 2011

Finalmente llegó a Quito. Jason es el amigo viajero que Tony me recomendó desde  hace varios meses, a fin de guiarlo durante su estancia en la mitad del mundo. Arribó luego de nueve meses de haber recorrido gran parte de Sudamérica. Me cuenta que un día se despertó con ganas de darle un giro a su vida, y, con mochila al hombro, decidió partir. Desde luego hubo motivos, razones válidas para querer alejarse un tiempo, para respirar nuevos aires, porque el viajero sabe que aunque la composición del aire sea la misma, éste se respira distinto en el mar o en la montaña, en las grandes metrópolis o en las comunidades indígenas. Jason no viaja sólo por viajar, y mucho  menos vaga. Porque aún cuando el camino es incierto, él sabe a dónde quiere llegar. No ve rostros, pero intuye historias. y eso es al fin y al cabo lo que importa. Jason lleva uno, dos, tres mundos entre sus manos. Tiene la mirada atenta porque  viene desde adentro. Cada paso que da tiene un sentido, o al menos eso es lo que intenta. 


Es periodista de profesión, pero ni lo menciona, sólo debido a mi insistencia me lo acaba confesando. Al periodismo también lo dejó por emprender esta gran aventura. Atrás dejó las oficinas y la sombra de algún amor pasado para tomar como sus fieles compañeras la carretera y la pluma. Empezó en Buenos Aires y no ha parado desde entonces. Nació de Pittsburgh, Pensilvania (es la primera vez que conozco alguien de allí), tiene la edad de cuando Cristo murió, y ha vivido en diversos lugares incluyendo Washington, Nueva York, California, México (donde estudió español), y Brasil donde aprendió a hablar portugués, empíricamente, y a mover las caderas como si fuese un nativo. 


Desde el principio nos caímos muy bien. Lo recogí en la plaza de San Blans en el Casco Viejo. Lo encontré conversando plácidamente con un hombre de apariencia muy humilde. Eso me gustó mucho. Nos saludamos como si hubiésemos sido amigos de muchos añossiglosvidas. Y en adelante hablamos por horas, entremezclando idiomas y acentos (portuñoinglés/ españoportuinglés o inglésportugueñol). De rato en rato le enseñaba palabras en quichua para que se habituara a Los Andes y para que, al menos un par de ellas, le sirviera en sus visitas a  comunidades indígenas.


Afinidad no faltó. No todos los días encuentro a alguien con ese tipo de carácter e ideas. Jason es muy sencillo y no tiene miedo a desafiar las normas. Cero aires de divo, por eso me cayó aún mejor. Por eso le creí que en verdad era un caminante. Sabía que podía llevarlo entonces a conocer mis rincones, mis comidas y tabernitas. Jason no tiene miedo a desafiar normas o reglas establecidas. Bien podría gritar algún verso de Whitman en medio de la calle o meterse a defender a alguien que esté siendo agredido en un disturbio. No tiene miedo de que se le desmorone un plan, porque no hay un plan realmente establecido. Jason fue un activista político, y aunque ahora ya no esté metido de lleno en ello, no deja sus convicciones. Es indudable su capacidad de análisis, además de ser un gran observador y escucha. Retiene detalles como todo buen cazador de historias.  


Va poco tiempo en la ciudad y ya quiero indicarle muchas cosas para que se lleve una impresión más real. Contarle lo que no aparece en los libros. Hablarle de los abuelos y de los cuentos que, como una herencia saltarina, van dejando entre las bocas de sus nietos. Como siempre, lo jodido es el Tiempo. No sé cuanto pensaba Jason quedarse en la capital, a lo mejor uno, dos, tres días… pero tal parece que a este pasó su estancia se extenderá. No puede irse sin sentir las faldas del Volcán Pichincha, ni las tripas de la Vicentina, ni sentarse a ver a Quito desde el Panecillo, ni dejar de profanar una que otra iglesia fotografiando lo prohibido. 



Canto pasillos y boleros, es inevitable. Acompaño un repertorio largo y sentido de un trío de músicos que entraron a esta tabernita de La Ronda. Ellos desgarran la guitarra mientras Jason sigue anotando en su libreta las palabras "canelazo" y "puntas". Un sorbo más y ese ardor le da un sabor a bienvenida. Ahora sí está en Quito. Y la noche es generosa con nosotros porque ya es tarde y no hace frío. "Tienes suerte", le digo, toda las semana anterior llovío, pero hoy hizo un sol tan intenso que parecía robado de algún verano de Dakar". Vuelve a sonreír. Suenan las notas de “Nuestro juramento” del gran Julio Jaramillo. “Él es para nosotros lo que José Alfredo Jiménez es para México”, le digo, “Es el ruiseñor de América”. Jason hunde la mirada en una de las guitarras, sale a la puerta y enciende un cigarro. Siento que se siente a gusto. Y en Quito, por un momento, el reloj deja de marcar. 

5 dijeron lo que tenían que decir...:

Pau dijo...

Hola Carla, mi nombre es Paola ibaca, ojalá algún día pueda conocer Quito. Soy de Bolivia, de manera que de alguna manera me siento próxima a tu tierra, a los andes. si algún día vienes a la Paz, sólo silba. por interno te dejo mi correo.

Miguel Hernández dijo...

bella!!! me encantan tus crónicas, anacrónica, historias en general. me alegra de que tus pies sigan cada vez recorriendo, escalando, saltando.

abrazos desde venezuela.

Rosa dijo...

Carlita, me alegra muchísimo verte cada vez con una voz más fuerte, llena de luz, nos dejaste muchas cosas buenas por acá, sabes que en Nuevo México tienes amigos que te recuerdan con cariño. El sábado estuve por Taos, me acordé de ti. besoooos

El llanero solitario dijo...

Kitu!!!!

Iván dijo...

Me contaste mucho en pocas líneas. Me contagiaste. Sabes acercar tus personajes de una manera impresionante, los vuelves próximos. Te sigo, Carla. bicos desde el otro lado del charco.