miércoles, septiembre 26, 2007

Espasmos para el hombre-bardo


A Tashi Dawa,
en algún lugar sin tiempo.

In a world of the insane,
the healthy are called crazy.
T.D.

Siempre derecho hacia allá-dijo-.
Hasta el fin del mundo.
Alessandro Baricco.
(Fragmentos)

I
Mira viajero, viejo viajero del mundo, mira qué día es hoy, es el día en que me tatué la vida con tus manos. Unas manos que sin piedad me abrieron el pecho una noche en que las hojas danzaban formando remolinos, mientras nosotros nos mecíamos por dentro. ¿Recuerdas esa noche? me abriste el pecho para suplantar mi corazón por un reloj de arena que tú mismo construiste. Jamás volví a latir como antes ni a bombear ese líquido rojo al que siempre le tuve desconfianza, y que acabó convirtiéndose en una masa espesa y verde que supongo me hizo menos humana (o más que humana). Ha pasado un año, y ya no sé quien soy.

¿Qué me hiciste dulce bestia, que poseída sigo desde entonces?

II
Hoy salí a caminar sin rumbo fijo para desafiar a mi propio cuerpo. Para que, so pretexto de mi ya prolongado insomnio, el cansancio empuje la levedad de mis piernas. Porque aprendí a ser leve, y tú sabes que siempre me gustó volar, pero no es esa levedad a la que me refiero, sino a la ligereza de un fantasma, la de un alma en pena que dejó algo pendiente en el mundo de los vivos.

Hoy salí a recorrer la ciudad que conociste gracias a mis historias. Te hice un pequeño tributo al sentarme a tomar café y a conversar de ti con tus amigos, esos que nunca llegaste a conocer. Y terminé en lo alto de una montaña, de nombre casi tan enigmático como el tuyo. Y escupí mis pies por haber sido cobardes, por no haberse revelado a tiempo contra mí. Me sentí impotente; y escribí como no lo hacía hace mucho, en el mismo cuaderno con el que me conociste, lleno de tachones, de desórdenes mentales escritos de atrás hacia delante, como rindiendo culto a tu origen. Tu origen. ¿Tuviste alguna vez origen, hombre del lejano oriente? Sí, lo tuviste. Yo misma te parí hace algunos siglos. Y después de mi primera muerte fui yo quien renací de ti. Y tú, generosamente, me alimentaste con los secretos de tus antecesores, los de la dinastía perseguida, la de los autoexiliados. Fuiste mi creador entonces, y yo, muchísimos años después, sufriría de amnesia para finalmente cometer el más dulce de los incestos.

III
En tu última vida naciste en el Tibet. Me lo dijiste: -Oh no, I’m not from America; I’m originally from Tibet, the magic land, the roof of the whole world-. Y nunca te lo dije, pero en ese momento recordé una frase de Rayuela, en la que Cortázar decía que los tibetanos son unas criaturas extraordinarias, y en la que mencionaba el Bardo, el libro tibetano de los muertos. Y tú -sin que te lo haya pedido- comenzaste a explicarme sobre ese misterioso libro. Me contaste que es una guía de instrucciones para los muertos y los moribundos, en el que se considera que la muerte dura 49 días y después de ello sobreviene un renacimiento en el ciclo de la reencarnación. ---Basándose en esa creencia --dijiste-- el libro da algunas recomendaciones a realizar al momento de estar muerto. Hoy quisiera saber si las instrucciones te fueron útiles, o si Padma Sambhava no resultó ser más que un excelente escritor de ficción.

IV
Recuerdo que me contaste otras antiguas leyendas, como la del Tíbet sumergido bajo el mar. Me explicabas despacito como si se tratara de una revelación a la que yo sería la única que tuviese el privilegio de asistir. Me explicaste que un gran océano inundó la mayor parte de la región, mientras el resto quedó cubierto por bosques salvajes. Un día, levantando olas gigantescas, emergieron del mar enormes y peligrosos dragones, que destruyeron toda la vegetación. Los pájaros y demás animales tuvieron la premonición de la catástrofe y se quedaron horrorizados. Entonces, por encima del mar, aparecieron cinco nubes rosas que se transformaron en hadas. Estas llegaron a domar a los dragones y devolvieron al mar su calma. Los animales les suplicaron que se quedaran a su lado y ellas accedieron. Ordenaron al mar que se retirase. Las cinco hadas se transformaron en las cinco principales cimas del Himalaya. Uno de esos cinco picos es la montaña más alta del mundo.--Los tibetanos la llamamos “la montaña Diosa”—dijiste--- y yo cerré los ojos y pude ver las nieves del Cotopaxi, del Chimborazo, del Cayambe….y pensé: ¿Cuántos dragones tuvieron que ser domados en mi tierra para devolver al mar su calma?

V
¿Recuerdas a Jorge, el peruano, y al otro hombrecito pequeño, el boricua como le decían? Claro que los recuerdas, fueron nuestros primeros testigos, con quienes las coincidencias nos juntaron para acabar cantando Hasta siempre Comandante en pleno parque de la 14 y sexta avenida, frente a esos chapas gringos. No sabías español y, sin embargo, me entendías todo. Hablabas de Ibrahim Ferrer y la revolución cubana, de Lincon y del fuckin’ american way of life, de los sioux-lakotas y de Crazy Horse, del festival de cine en el downtown. Y reíamos para olvidarnos del frío, reíamos tan fuerte que nos volvimos trompetas, harmónicas y bongós. Éramos simplemente música, la más bella sinfonía jamás antes creada.

VI
D e s v a-r í o.
¿Dónde estoy? Reposo en la grada de un parque y te veo sentado a mi lado, con la elegancia de siempre. Un traje de lino, un chaleco y tu boina calada. Te arreglas los lentes, la barba y sacas un puñado de tabaco orgánico de tu bolsillo. Preparas un cigarro con tus propias manos. Lo (me) enciendes. Nuevamente desconocidos. ¿Dónde estoy? Nueva York atardece con el sol ocultándose detrás de esa montaña. ¿Montañas por rascacielos? Union Square. Un caballo nos observa desde atrás. Alguien lo monta. Me dices que es un tal George Washington, un tipo que tenía un alto cargo. ---El primer presidente de una tierra que hace mucho ya estaba habitada -- dices-- Digamos que fue un hijo de puta --contesto--. Veinticinco dólares de la época por “indio” muerto. ¿Union Square? De gringo no tiene nada. ¿Dónde estoy? De nuevo un caballo. Me parece que es Bolívar quien lo monta. ¿Pero dónde está Manuelita? ---¿Qué Manuelita?--- preguntas--- Una de mis tantas abuelas— respondo-. ¿Pero dónde estoy? (Deja vú territorial) ¿Por qué te levantas? ¿A dónde vas?… Y murieron muchos, muchísimos nativos ---dices mientras te alejas--- Y yo me quedo con sus muertes en mi pecho. Finalmente, el sol neoyorquino se oculta tras el verdor del guagua Pichincha.

Escupo de nuevo… y sigo caminando.

VII
Jorge era un buen tipo. No te hubiese culpado si te hubieses enamorado de él. ¿Porque te acuerdas que yo creía que eras gay, verdad? Sí, siempre te ríes cuando te lo recuerdo, pero es que es verdad, lo pensé porque cuando él decidió marcharse tú insiste tanto en que se quedara. Claro, no sabía que era porque tú pensabas que yo era su amiga desde hace mucho y que me iría también con él. Pero es que la insistencia fue tal que sentí celos y hasta un poco de miedo. Y luego, cuando yo quise sacar una foto de los cuatro juntos, el único que accedió fue el boricua; Jorge y tú se opusieron. Qué iba a entender en ese momento que yo podía representar una amenaza. Jorge era indocumentado y prefería pasar desapercibido. Por supuesto, en el país de la desconfianza y la paranoia era comprensible. Y tú… te opusiste firmemente a ser fotografiado, y yo no entendía por qué. Qué iba a saber yo en ese momento que tú……
En fin, era lógico, tenías muy buenas razones. ¿Pero te acuerdas que también pensaste que yo era una especie de espía o infiltrada? Siempre te ríes cuando te lo recuerdo, pero es verdad; sólo porque me veías con mis cámaras y mi cuaderno de apuntes, y mi mirada, esa que decías que guardaba tanto misterio, tantas respuestas. Y pensar que el boricua y Jorge partieron y nosotros nos quedamos conversando toda la tarde y noche en el mismo sitio. Yo, con esa falda pequeñita por la que a cada rato me cuidabas del viento que la levantaba. Y hubo tiempo, muchísimo tiempo, y te comencé a enseñar las primeras palabras en Kichwa. Y tú querías aprender a decir gracias, pero era justamente esa palabra la que no recordaba, y me salió “yashi”. Y con ella me agradeciste infinitamente por haberte re-encontrado. ---Yashi, my dear yaya--- repetías. Yaya, que significa sabia. Y me abrazaste hasta triturarme cualquier rastro de soledad. Y te conté algunos de mis secretos (otros ya los sabías sin ni siquiera yo abrir la boca). Y me hiciste una reverencia tan cuidadosa como sólo un niño shuar sabe hacerle a su abuela, con insondable amor y respeto, en medio de la selva.

VIII
El otoño había comenzado. Era la primera vez que vivía un otoño (ya sabes como es Quitu). Las hojas cambiaban de posición como desaforados amantes mientras nosotros hablamos de los Beatles; fue cuando sacaste ese aparatito extraño de tu maleta para compartir los audífonos y escuchar: Grow old along with me/The best is yet to be/When our time has come/We will be as one/God bless our love/God bless our love. Me dijiste que Grow old with me fue la última canción escrita por John Lennon y grabada unos pocos días antes de su muerte, en 1980; y que las primeras líneas fueron basadas en un poema de Robert Browning: Rabbi Ben Ezra. La cantamos una y otra vez como queriendo desgarrarnos la garganta al compás de nuestras pretensiones. Spending our lives together/Man and wife together/World without end/World without end
Lennon se escuchaba felizmente ca(n)sado. Su voz me resultaba lejana y la música lenta y obsesiva. A ese mismo ritmo caminábamos entre la neblina del Centra Park; y luego de beber ese té caliente con el que me achicharré la lengua, dijiste: Envejece junto a mí, que todavía nos aguarda lo mejor. Y me sentí con 70 años encima. Entumecida las manos. Consumido mi vientre. Agotados mis labios.
Y fui feliz.

IX
El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

J.L. Borges.

X
Oh Tashi, mi buen Tashi, nos bastaba con respirarnos hasta los sesos, sin decir ni una sola palabra, pero ya vez, acumulada de palabras es como me he quedado. Prefiero guardármelas antes que botarlas en el despeñadero, y que los buitres hambrientos se lancen embriagados por su olor fermentado y acaben para siempre con los últimos vestigios de tu nombre.
XI
Abu bakr abdur raheem--- escuché a lo lejos.

XII
Oh Tashi, anoche tuve una horrible pesadilla. Soñé con el infierno de Dante y yo estaba en él. Mis brazos eran leña y el calor subía por mis piernas. Sudaba incesablemente como quien confiesa sus culpas en forma de agua. Se veían tan reales los cuerpos desnudos de los pecadores, y sus gritos lastimeros me resultaban conocidos. Todos calcinándose y suplicando la muerte definitiva, pero en la constancia está el castigo. Yo seguí caminando con la esperanza de encontrarte en el bosque de los suicidas, ya que era el único lugar que me faltaba revisar. Grité tu nombre, mientras esquivaba a las arpías de entre los árboles, sin obtener respuesta, y de alguna forma eso me tranquilizó. De pronto, unos perros negros comenzaron a ladrar y un extraño humanoide hizo su aparición. Me señalaba mientras su mano iba creciendo y sus dedos se multiplicaban; primero eran veinte, luego cuarenta, sesenta, ochenta… y yo veía como se me acercaban cada vez más. Cuando sus asquerosos dedos estaban a punto de tocar mi rostro se cayeron como si hubiesen tenido lepra. Ya en el suelo, los dedos se convirtieron en enormes sanguijuelas. Fue entonces cuando desperté asustada pensando en que todo lo que había visto en el sueño era verdad. Menos mal que al abrir los ojos pude comprobar que Virgilio cuidaba de mí al pie de la cama.
XIII
Love me, love me, say you do/Let me fly away with you/For my love is like the wind, and wild is the wind/Wild is the wind/Give me more than one caress, satisfy this hungriness/Let the wind blow through your heart/For wild is the wind, wild is the wind.

Dimitri Tiomkin.
XIV
El maestro no caía en la rutina. Cuando lo conocí no tenía novia, esposa, amante ni hijos. Nada lo ataba; ni el tiempo ni el espacio ni el dinero ni la religión ni siquiera las estúpidas convenciones sociales -entre otras barbaries-. El maestro escondía muchos objetos extraños en su maleta. Una vez la dejó entreabierta y pude ver varios libros de pasta dura y antigua, documentos con grafías desconocidas, dibujos de algunos nativos americanos y unas botellitas pequeñas con tapas doradas. El maestro era un misterio en sí mismo. Su olor me seducía de tal manera que pude haberle entregado mis fosas nasales si así él me lo hubiese pedido. Su perfume no lo había percibido antes. No era ningún líquido de marca conocida; cualquier perfume comercial hubiese resultado burdo en su cuello. Su perfume era lejano, muy lejano. El maestro me hablaba de princesas del mundo árabe, de tierras prometidas, de eruditos, de poemas desconocidos. El maestro me hablaba del poeta Rumi y de Ibn al Habib, quien era el Sharif Sufi, otro gran maestro nacido en 1295. Este último escribió un diwan que se llama: "El deseo de los murids viajeros y el regalo de los gnósticos caminantes", y un comentario sobre el Hafidha de Shaykh Sidi Muhammad al'Arabi al-'Alawi al-Madghari. El Maestro era mi Maestro. Mi maestro dominaba muchas ciencias, siendo especialmente brillante en Tafsir y Tasawwuf. Mi Maestro se negaba a ser fotografiado, pero no era un caprichito de niñito-quiero-llamar-la-atención; sus razones eran demasiado buenas como para ser entendidas por cualquiera. Mi Maestro podía pasar horas caminando en silencio. Mi Maestro podía pasar noches enteras cantando. Mi Maestro tocaba el úd, el nad y el derbake. Mi maestro me besaba la mano cada noche y me decía al oído: Gracias por todo, mi querida Maestra.
XV
“Gone to the Unseen”

(…)Rising up to the sky
you attained the world of the soul.
You were a prized falcon trappedby an Old Woman.
Then you heard the drummer's
calland flew beyond space and time.

Rumi.
XVI
NYC,x-x-x
My habibti:

You have so much to give the world, to share, to teach and learn from others, let us be partners is this discovery. You must know from the center of your heart that I am your best friend. I feel like a brother in many ways. I want to look after you and make sure that you are able to grow as you should. Let us always be open with each other and share our fears and hopes. We can build a relationship with the foundation of trust and honesty. You are the hidden civilization of the center of the earth. I want nothing more then you. To study your architecture, your streets, and paths, your libraries and houses, your languages and culture, the style of your adobe homes and walls that mud brick made from the clay and water. I want to study your rivers and mountains; your economics and politics; your kings and queens, your priests and sages. You: carlita badillo coronado are the civilization that has called me to her. You are brought me from the cold concrete jungles of the gringo's north, to our home of our ancestors and the ways of old. I pray that over the years to come. I will explore your mystery, and in that journey to the center of the center... we will find each other in sacred reunion… again and again, and again, and 100000000000 times, in each smile an every look, in every meal we share, in every bread we break together, in every person and family we can serve and help, in every rainy day or day of brilliant sun. I will find you new and returned to me after a long millian apart, such is the secret of pain and suffering. By the experience of pain we can know much deeper the joys of happiness. If summer was always the earth would burn from heat; if day was always, man would destroy himself in search of his desires... Oh my love Carla, you have made me.... shaped me from the mud of the Himalayan mountains of Tibet and the Nile river of Egypt. You took me in your hands and formed my chest and placed within it my heart. You made my arms so hat I might hold you. You made my legs so that I may make pilgrimage to you. You made my feet so that I may leave my footprint on the desert sands that I will cross to find you. You designed my lips so that when I fall to the ground and kiss the earth she will remember you. You gave me eyes so that I can envision you. You gave me my nose so that in the garden of flowers I could recognize you. You gave me my hair so that I could count the endless ways. I need you, and you gave me mind so that in this lifetime I would come to know you. There is a time for all things...and this is our time. To you, I send all I am, all I have and all that is within. The word is: love. Reunion.
Green Bird.
XVII
¿Oh dulce bestia, hasta cuando esconderás tus llagas? ¿Hasta qué maldita luna me privarás del sabor de tus heridas? No te preocupes por si al comer la pus yo muero. Total, he de regresar en otro cuerpo, lo más probable es que sea humano, ya sabes, en la repetición está el castigo. Hasta mientras seguiré volando; cayendo al vacío para sentir la plenitud. No tengo miedo de caer. Ya aprendí que la muerte no es más que otra parodia, lo mismo que la vida. Escena cuatro. Acto tercero. Suenan las campanas. Afuera abundan las risas, los aplausos, los elogios. Ya se acabó la función, pero el maquillaje se niega a desprenderse de mi rostro. Las lágrimas lo empujan, pero es inútil. De-ca-den-cia. La realidad se difumina en mis labios. Lóbulos fracturados. ¿Quien no soy?
Hombre-bardo ¿En qué árbol habitas? Ya han pasado cuarenta y nueve días, o fueron meses o fueron años, y soy yo la que olvidó las instrucciones del gran libro. Trato de escuchar tu silencio, pero siempre irrumpe el grito de los cuerdos. Malditos cuerdos que se empeñan en moldearme. Hoy vomito sobre los cuerdos y sobre todo lo que pretenda borrar tu nombre. No quiero más explicaciones que las de mi propio dolor, preciado tesoro que de ti me queda.
Oh Tashi, entender al creador siempre ha sido enfermizo. ¡Asumo mi enfermedad! Y que nadie intente sanarme.
Siento vértigo... y no es eso lo que me mata.

martes, septiembre 11, 2007

A propósito de los 11-Ss

A los que murieron sin saber por qué
y a los que fueron asesinados por soñar.

Hace exactamente un año -y como ya era costumbre- me desperté muy temprano en la mañana, en el departamento de Sara, en Queens, con la radio sintonizada en alguna estación local de Nueva York. A diferencia de otros días lo que sonaba en el obsoleto aparato no era ningún blues del viejo Muddy Waters que con sus gritos enérgicamente melancólicos me dijera: ¡wake up, baby! another world is waiting for you out there, camuflado en alguna de sus canciones. No. Esa mañana, lo único que podía escuchar eran especiales periodísticos para recordar los cinco años de los atentados terroristas a las torres gemelas y el pentágono. Lo mismo sucedía con la televisión. Las impactantes imágenes -con el zoom en su máximo nivel- se repetían una y otra vez mientras la bandera norteamericana flameba, y familiares de las víctimas completaban las trágicas escenas. En los parques se entregaban gratis miles de ejemplares de periódicos con portadas de Osama Bin Laden, como el asesino que próximamente volverá, y de George W. Bush con una expresión de confianza, similar a la de un superhéroe norteamericano, la de un superman con el que todos estarán a salvo. Era como ver la cartelera de alguna película de acción holywoodense. "Estamos yendo por buen camino, pagarán los que tengan que pagar. No descansaré hasta lograrlo." Desde luego, un buen camino para nada bueno, porque en el mismo instante en el que Bush pronunciaba esas palabras, al otro lado, en Medio Oriente, la cifra de muertos por causa de la guerra, aumentaba; y la muerte se repetía una y otra vez, de la misma forma en que las imágenes del 11-S se repetían en el televisor, con la diferencia que las de Baghdad no se mostraban en el noticiero matutino de la CNN, y de hacerlo, apenas eran intermitencias, destellos efímeros, no más.

Decidí visitar la zona cero, a pesar de las múltiples advertencias y consejos de prudencia que venían de familiares y amigos. Necesitaba evidenciar lo que se estaba viviendo justo ahí. Por lo menos eso quería verlo con mis propios ojos, y no que un presentador con sonrisa de Mel Gibson prefabricada me contara la "realidad". Quería caminar por el lugar de los hechos, tomarme mi tiempo, hablar con la gente, sacar mis propias conclusiones. Apagué el televisor, la radio, y guardé mi filmadora y cámara de fotos en la mochila. En la mano, únicamente mi libreta de apuntes. Antes de cerrar la puerta, me acerqué a la ventana y comprobé que afuera hacía un buen día, entonces, tarareando al viejo Waters, salí.
La ciudad exhalaba miedo

Calles, restaurantes, edificios, autos, cualquier lugar podría ser un buen sitio para cometer un crimen -dijo alguien-. No, cualquiera no -pensé- los sitios toman vida por lo que simbolizan, y de la misma forma han de morir. Ingresé al subway. Todos se veían azules. No había mucha gente, lo que resultaba muy extraño tratándose del subterráneo de la que es considerada capital del mundo, pero mayor fue mi sorpresa al llegar a la línea Q, la que lleva a la zona financiera de la Gran Manzana. Éramos poquísimos, casi nadie, los que esperábamos el metro. Ya adentro, nadie conversaba, y el tiempo entre una parada y otra era abismal. Aun así, todo eso era tolerable, digo, el pánico que destilaban los cuerpos sudorosos de los pasajeros, el silencio, la paranoia, todo, pero de golpe el metro se detuvo, y no precisamente en una de las paradas. Por las ventanas se observaba cemento, y se apagaron las luces. Sólo se escuchó la voz del chofer para informarnos sobre un pequeño problema, por el que tendríamos que esperar ahí por un tiempo más. ¡Ah, carajo! -dije- y sentí que la sangre se me heló. Recordé los atentados anteriores, como el de Madrid, que ocurrieron justamente en un metro. Las ideas me pasaban en caliente por mi cabeza. En qué momento estalla, en qué momento estalla, hasta que después de nosecuantotiempo las luces se volvieron a encender y el jodido metro arrancó. El pequeño problema tomó casi media hora, y nunca nadie supo lo que en verdad pasó.

Ya en el WTC, habían grupos de personas con todo tipo de mensajes, desde familiares de las víctimas, organizaciones pro-bush, organizaciones anti-bush, polícias, bomberos y paramédicos, pintores, cantantes y locos, los infaltables mensajeros de la palabra de Dios, y, como siempre, la prensa.

¿De donde salió toda esa gente? No lo sé. El punto es que era increíble ver cómo se iba aglutinando para expresar su terror al terrorismo, y en otros casos -con los que sí compaginaba- les dolía la pérdida de tanta gente inocente; sin embargo, por esa misma razón no justificaban ningun acto terrorista, incluyendo el que su presidente había comenzado en Irak, varios años atrás.

Recordar, pérdidas, suicidios, amor, dolor, terrorismo, combartir, heroismo, "estamos buscándolo",
centro económico, Bush, Irak, terrorismo, Bin Laden,
inocentes, medio oriente,---petróleo---, niños,muerte, mass media, recordar, culpables, fe,
patriotismo, miedo, seguridad, ejército,
estrellas, infantilismo, símbolos, orgullo, bandera, humillación.
fundamentalismo, islam, cristianismo, occidente, paz, oriente, hermanos
Investigar, despertar, cuestionar, actuar,

El enemigo está adentro

A lo largo del día, aparecían nuevas voces que revelaban más datos con respecto al tema. Entre ellas, truthmove.org, una organización cuyos integrantes, quienes lucían unas camisetas negras en las que se leía: Ask questions, demand answers (Haz preguntas, demanda respuestas) o Investigate 9-11 (Investiguen el 9-11), distribuían una serie de documentos interesantes en los que aseguraban que el 9-11 was a inside job, es decir, que el trabajo sucio se había hecho en casa, y que todo había estado previamente maquinado. Aducían que el gobierno sabía que esa sería la excusa perfecta e irrefutable para sus ataques en Medio Oriente. Suena terrible, lo sé. ¿Pruebas? documentos detallados, imágenes, estudios y documentales, en los que prestigiosos investigadores, académicos y expertos en física analizan minuciosamente la caída de las torres, y entre muchos de los resultados se explica que uno de los edificios de la zona se había derrumbado poquísimo antes de que uno de los aviones se estrellara, y que al interior se encontraron restos de explosivos.

En fín, en medio de todo eso -y de tanta bandera yankee- un retrato de un hombre delgado, calvo y sereno se levantó, o mejor dicho, fue levantado por dos jóvenes que venían de Boston. Era el retrato de Gandhi, quien también un 11 de septiembre, hace 100 años, había iniciado con su movimiento de No Violencia. Uno de los chicos dijo: "Deseamos transformar el 9-11 en un mensaje de esperanza. Nosotros queremos recordar a la gente que incluso después de que la violencia ocurra, hay un mundo de posibilidades: no hacer nada o vengarse con más violencia no pueden ser las únicas opciones posibles. Nunca olvidaremos lo que ocurrió el 11 de Septiembre de 2001, pero tenemos la oportunidad de responder de manera que también honre el 11 de Septiembre de 1906. La violencia requiere una respuesta que tenga en cuenta las raíces del conflicto y ofrezca justicia para todos...sin más violencia.

A pocos metros de ahí, otro grupo de jóvenes comenzaba una especie de perfomance, "recordemos también el otro 11-S" -decían- y por ahí se leía ¡Allende, presente! Eran pocos, pero eran, y lo más importante es que esos pocos lograron que otros muchos se detengan por un momento y recuerden, reflexionen o -en el peor de los casos- se enteren de que hace treinta y tres años, en un país llamado Chile, también se atacaron unas torres, unas intangibles, las torres de la ilusión socialista, y que también hubo torturas, torturas por soñar, torturas concientes que duraron muchos años, y que esas muertes inocentes estuvieron apoyadas por el gobierno de su país.
Me senté en la vereda de la calle principal y observé como dos pilares de luces azules se iluminaban hasta el cielo, y por un momento me sentí tranquila porque al menos ese instante gran parte de esa gente que caminaba apurada y tan ensimismada pensó que en otro lado, más allá de su país, más allá de sus tan resguardadas fronteras, en otro 11 de septiembre, alguien también perdió la vida, y que por ese anónimo ...también alguien lloró.

Texto y fotos: Carla Badillo C.

Textos recomendados:

El espíritu del terrorismo. Por Jean Baudrillard

La violencia de lo Global. Por Jean Baudrillard

Represalia. Por Howard Zin

El fin del neoliberalismo. Por Ulrich Beck

Breve entrevista a Noam Chomsky

Y si tienen estómago:

La rabia y el orgullo. Por Oriana Fallaci (las 3 polémicas entregas publicadas por El Mundo)

Reacciones a favor y en contra sobre el editorial de Fallaci

miércoles, septiembre 05, 2007

Volver a la danza: De Tchaikovski, velos y san juanes

Tenía tres años y medio cuando mis padres me inscribieron en una academia de ballet clásico. Era muy pequeña como para poder hoy recordar cómo fue ese primer día en que mis pies comenzaron a arquearse y mis brazos a estirarse como nunca antes lo habían hecho. No lo recuerdo, pero es una de las cosas que más les agradezco. El iniciarme desde muy pequeña en la danza significó despertar frente a la sensibilidad del cuerpo y descubrir la infinidad de mensajes que este puede transmitir a través de la danza. Sorell no se equivocaba al decir que el baile es escultura en movimiento. Es así, es la sutileza de un giro ingenuo para después estallar en el aire en el momento justo en que también estalla la música. Mente-música, cuerpo-música, mente-cuerpo, música-música...dejar de pensar para sólo sentir, sentir la música que se apodera del cuerpo, un cuerpo que se vuelve liviano y que sabe que está listo para volar.

Arriba: en la obra "La Cenicienta" (Prokofiev)

Abajo: bailando "La Tarantela" (Beetovhen)

No, no exagero, alguna vez Jean Cocteau en el estreno de el "Espectro de la rosa" (1911) dijo -refiriéndose a Nijinsky, uno de los grandes de la danza clásica -sino el más-: ejecutaba un salto tan contrario a las leyes de la gravedad, describiendo una trayectoria tan elevada que yo nunca volveré a oler una rosa sin que el espectro aparezca. Y Tamara Karsavina, su compañera de baile, dijo alguna vez: Alguien le preguntó a Nijinsky si era difícil saltar como él lo hacía. Él no entendió bien al principio y entonces, inocentemente, dijo: No, no. No es difícil. Lo único que se necesita es subir y pararse un rato arriba.... a eso me refiero.
El ballet clásico me acompañó durante toda mi infancia, mi niñez y parte de mi adolescencia. Llegué a bailar en escenarios de teatros como el Sucre, el Bolivar y el ya desaparecido Cápitol. Tenía como maestra y coreógrafa a Sabina, una alemana que pasaba los 60 años, de aspecto imponente y de voz estruendosa. Aún recuerdo entre las múltiples presentaciones algunas de mis favoritas: El Lago de los Cisnes y Cascanueces, con la música de Pyotr Ilyich Tchaikovsky; La Cenicienta, con música de Sergei Prokofiev, y El Danubio azul y El Vals del Emperador de Johan Strauss.

En mis zapatillas de punta,

al lado mi hermana, quien también empezó a bailar.

Del tutú a los velos


"Hija de Príncipes,
qué graciosos son tus pasos con esa sandalias,
la curva de tus caderas es un collar hecho por mano de artistas,
tu ombligo es un cántaro donde no falta el vino con especias.
Tu vientre es como una pila de trigo".

Un día tuve que separarme de la danza clásica, y siempre me quedó una especie de vacío. Muchos años después, quise regresar, pero en aquella ocasión me sentí atraída por una de las más enigmáticas y bellas danzas que existen: la danza árabe. Aunque el tiempo que estuve en esta academia fue mucho más corto que el anterior, sobretodo por cuestión de tiempo -ya estaba en la universidad- me enriquecí de los ritmos orientales, del sonido tan particular de la percusión y del misterio de los velos. Fue otro despertar.

La danza árabe o bellydance es muchísimo más que mover las caderas y los brazos. Es una danza milenaria, de una sensualidad muy sutil. Su origen se remonta a lugares como Egipto, Fenicia, Turquía y Arabia, en dónde las mujeres se reunían en pequeños espacios para danzar y así evocar el poder de las diosas de la fertilidad, generalmente con el vientre descubierto para asimilar la energía del Dios sol Ra, y los pies descalzos para recibir la energía de la madre Tierra. Se podía diferenciar dos tipos de bailarinas: Las Ghawazee o gitanas que bailaban al aire libre o en el campo, y las Awalin que eran muy respetadas, pues además de bailar cantaban y recitaban poesía manteniendo el sentido espiritual de la danza. Con las conquistas esta manifestación artística y cultural de Oriente se extendió hasta la península Ibérica, en dónde se produjo una mezcla cultural que dio origen al flamenco.

El grupo con el que aprendí era el grupo oficial de la embajada de Egipto, en Quitu. Sonia, mi profesora, desmitificaba aquello de que para el bellydance se necesita tener una figura delgada. Ella era gordita, sin embargo se movía estupensamente bien realizando cada uno de los centenares de pazos. Aprendí a tocar los crótalos, una especie de castañuelas que dan fuerza al baile, y a utillizar elementos como el velo que, además de simbolizar el viento, representa el misterio que se revela ante el espectador.

De los velos a la fachalina

Tras otro largo tiempo sin bailar decidí regresar a la danza. Y hoy vuelvo a ella, ofreciendo mi cuerpo y mi mente a la que me llena por completo: la danza folklórica. Una danza maravillosa con la que siento una especial pertenencia, la que me da la posibilidad de reencontrarme con mis raíces. En la que no se trata únicamente de colocarse un traje y de mover el cuerpo al compás de un tambor, de una sampoña, de un charango; se trata de revestirse con la piel de nuestros ancestros, de escuchar las voces de los yayas.

Grupo Wallkakuna

Lo interesante es que a pesar de que siempre me gustó nunca había ingresado a ninguna escuela. Un día, mi mamá, otra amante de nuestra música, decidió aprender y comenzó a bailar en la Compañía Nacional de Danza. Luego de un tiempo, su coreógrafo, Bolívar Anchaluisa, y sus compañeras decidieron formar un grupo independiente al que llamaron: Wallkakuna, que en Kichwa significa “collares”. El nombre fue escogido por los integrantes del grupo, al sentirse identificados con la elaboración de un collar. Así, las cuentas (mullus) representan a cada una de las mujeres del grupo, mientras que los hilos y las uniones equivalen a los hombres. En conjunto, las cuentas y los hilos forman una sola wallka y por lo tanto, un equipo de trabajo sólido. La wallka es una de las partes fundamentales en la mayoría de indumentarias indígenas de la sierra y es, además, un adorno que le da el toque sutil y especial a la warmi, la mujer.

Mi mamá colocándose la wallka y Bolívar fajándola.

Hace una mes me integré oficilamente al grupo, y este fin de semana tuve mi primera presentación en el I Encuentro Nacional de Danza folklórica "HUELLAS", organizado por el director del Ballet Folklórico Saruymanda, Darwin Morales. La cita fue el patio cultural del Palacio Arzobispal, en el centro de Quitu. Confieso que estuve muy nerviosa antes de salir al escenario, creo que fue por el tiempo de ensayo -apenas dos semanas-, y como el vestuario es complejo: pesada falda sobre otra falda, blusas, fachalinas, sombreros, pañuelos, etc, me descontrolé. Bolívar se dio cuenta, me tomó del brazo y me dijo: Tranquila, el cuerpo tiene memoria musical, sólo respira y siente la música, disfrútala, entonces sentirás que el cuerpo solito comienza a responder. Y así fue. Salí a bailar sintiendo, bailé cinco coreografías: una bomba, dos san juanes, un fandango y un maldi. Y lo disfruté.

Con el traje típico de una de las comunidades de Otavalo

Mente-música, cuerpo-música, mente-cuerpo, música-música. Hubo un momento en el que únicamente veía colores, luces y a mi madre girando conmigo, entonces bailé con más fuerza que nunca; recordé las muchas tardes en que ella, desde el asiento de la academia de ballet, me observaba bailar de chiquitita, con una paciencia única. Han pasado muchos años y hoy somos las dos las que estamos en el escenario; hoy puedo compartir con ella la pasión que siento por la poesía del cuerpo: la danza.

Yupaichani mamaku. Ñuka taqui, ñuka tushuy, carajo!