lunes, agosto 20, 2007

El Rostro


No cabe duda, uno va tallando -a lo largo de su vida- el rostro que le fue otorgado en su nacimiento; un rostro en bruto al que se va esculpiendo de a poco hasta sentirlo propio. Antes de eso, nuestro rostro no es más que el rostro, masa fría y ajena que la naturaleza nos obliga a cargar en lo más alto de nuestro faro. Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la potestad de darle luz, calor, semblante, vida y, en el mejor de los casos -y si tenemos suerte-, gracia.

Si algo he aprendido de tanto mirarme desnuda en el espejo es que somos los únicos responsables de los defectuosos signos sobre nuestras pálidas superficies, los únicos, porque nuestras marcas, gestos, ojeras, arrugas, no son sino producto del desenfado, de la ironía, del llanto, de la carcajada. Ingenuo sería culpar a nuestros antecesores por las máculas de sumisión en nuestro cuello o por los lunares de servilismo en el lugar más oscuro de nuestro cuerpo. Somos nosotros los que labramos muecas ridículas o, en su defecto, maravillosas obras de arte.

Por eso, hoy asumo la existencia de esta línea verdosa que atraviesa mi cara de polo a polo, dividiendo mis ojos, mi nariz y mis bocas. Sí, he dicho mis bocas; confieso que me he construído otra cavidad bucal, una enorme, monstruosa, y que a pesar de ello me sigo sintiendo incompleta. Podría seguir aumentando elementos en mi rostro, mas no en mi cuerpo. Qué no daría yo por multiplicar mis pies, mis brazos… ¡mis uñas! Qué cortas quedan diez miserables uñas cuando uno quiere aruñarse el rostro para incrustar huellas de desilusión, vestigios de frustraciones, o para rasgar la espalda del ser amado y escucharlo gritar como de siete vidas, y comprobar que aún no las ha gastado todas, que al menos le queda una, tan solo una, y probar que no fue él quien se voló los sesos de tanto hastío, comprobar que a pesar de todo -y de todos- todavía conserva , al igual que yo, su rostro.