miércoles, julio 04, 2007

4 de julio

A mí.

Otra vez
y nuevamente
redundante fecha en que la piel muta
para perpetuar la idea y no la carne.
Hace mucho que dejé de creer
en los calendarios gregorianos
y aborrezco los indicadores de tiempo
me basta con las líneas de mi rostro
y el paso cansado de los viejos en la esquina.
Como escribió Cesar Vallejo:
...amado sea el que no tiene cumpleaños
y el que perdió su sombra en un incendio.

Lo sé, tengo cumpleaños
Pero perdí mi sombra en un incendio.
El nombre del lugar lo ignoro
sólo recuerdo al hombre que me rescató
de la humareda
para luego marcharse dejándome su sombra.
Quizá por eso soy amada a medias
Porque cargo una sombra ajena
que la hice mía.

En todo caso creo en la bestia
y creo en el ángel que habita adentro
y creo en la palabra
aunque a veces yo le mienta
cuando esta se encuentra aislada.

He confundido mis nacimientos
cada vez que he abierto un libro
y me he fulminado en silencio
con la última página
luego de asesinar al personaje
que me acompañó por varias noches
luego de matarlo tras cerrar la tapa
como la metáfora de la muerte cómplice
la del más dulce de los suicidios.

¿Pero cuántas veces he nacido?
¡Cuántas!
22 julios tejiéndome la espalda
caricias como decir piel
como decir carroña.

Otra vez
y nuevamente
la imagen de un cuatro que llevo como estigma.
Si hubiese esperado un poco
para estallar dos días después a la vida
y compartir un seis el mismo llanto con Frida
el llanto de saber que todo ha comenzado
sin haberme preparado para lo impreparable
sin hallar en aquel momento
lugar más calmo que los ojos de mi madre
que me miraban callados
mientras yo cantaba desnuda los primeros versos.

Hoy, 22 años más tarde continúo desnuda
y no es el doctor quien me acompaña en mi cuarto
y sigo cantando aunque esta vez sea en silencio
porque entregué mi lengua a cambio de recuerdos
de los que gran parte ya he olvidado.

Hoy expulso toda culpa de mi cuerpo
y renuncio a un par de riesgos
que es como castrar mis propias ganas
y me aferro a mi pluma
y escucho a mi Chavela
y me bebo un trago
mientras todos están lejos
y me recuesto en el sofá
como alguien que se siente anciana
aunque sólo sea una niña paranoica
para el más joven de los viejos.